Archivos diarios: marzo 2, 2007

XV TALLER NACIONAL DE LA CRÍTICA CINEMATOGRÁFICA EN CUBA (Del 13 al 17 de marzo del 2007)

Ya se han dado a conocer las primeras noticias de las que serán las principales actividades del XV Taller Nacional de la Crítica Cinematográfica, a celebrarse en la ciudad de Camaguey, Cuba, del 13 al 17 de marzo. No intentaré disimular el extraño desconcierto que me embarga mientras escribo esto: será la primera vez en la que no pueda participar en un evento que ha sido, con sus momentos felices y sus abundantes angustias a la hora de organizarlo, una especie de adicción personal.

Los temas centrales alrededor de los cuales se propone giren el grueso de las discusiones esta vez son las que siguen:

1) Aniversario 110 del arribo del cinematógrafo a Cuba. 2) Centenario del natalicio de Ernesto Caparrós. 3) Aniversario 70 del primer largometraje sonoro realizado en Cuba (“La serpiente roja”, precisamente de Caparrós).
Está previsto que el evento se inicie con la premiére de “Madrigal” (2006), el filme más reciente de Fernando Pérez. Habrá también un homenaje a uno de los creadores del cine cubano que seguramente más perdurará en la memoria de los espectadores de la isla: Juan Padrón, el creador de Elpidio Valdés. Paralelo a ello se presentarán libros relacionados con el cine, entre estos “Carpentier en el reino de la imagen”, de Luciano Castillo, y “Diez años que estremecieron la crítica”, de Armando Pérez Padrón, la persona que a lo largo de estas quince ediciones se ha encargado de organizar el evento.

De hecho, su libro es hasta ahora la memoria más exhaustiva que podamos tener de esta zona de la cultura camagüeyana (y ¿por qué no?, cubana) que, como bien nos sugiere el excelente título de su investigación, lograron estremecer y sacudir a veces de una manera bastante violenta a la crítica de cine en Cuba. Aunque no solo han sacudido estos años a los críticos, sino también a los espectadores. Por cierto, que esas sacudidas menos ilustradas son las que no menciona Víctor Fowler en la breve nota que escribiera a propósito del libro. Intentaré no pecar de apasionado en algo que me toca muy de cerca, pero a los Talleres no creo que haya que mirarlos solo como ese nicho que supuestamente debió proyectar el pensamiento sobre cine a la altura que todos aspiramos.

En verdad, estamos aún muy lejos de hablar de un pensamiento similar al que se ha alcanzado en los debates sobre literatura o plástica, en tanto sigue existiendo entre los miembros del gremio una fobia bastante marcada a usar la teoría, y ejercitar la reflexión hereje e innovadora a la hora de estudiar el fenómeno cinematográfico. Pero la real importancia habría que buscarla en otros terrenos, ese que nos permite advertir que la propia crítica ganó conciencia de lo insuficiente que resultaba el modo de mirar el cine, y la necesidad de modernizar el contenido de los debates (no solo en el sentido de lo que se discutía, sino cómo se discutía).

Todavía recuerdo aquella primera cita, en pleno “período especial”, con funcionarios escandalizados de que en un país donde no se sabía qué se podía comer en casa esa noche (hablamos del año 1993), alguien se presentara con la idea de organizar un evento para “un grupito de críticos”. Y es que esa visión nefasta de la cultura que las recientes discusiones en torno al “pavonato” han sacado a relucir, nunca dejaron de estar presentes en el país, si bien en ciertos períodos se han notado más dominantes que en otros. Hoy de aquel funcionario azorado con la propuesta de Armando Pérez ya nadie recuerda ni siquiera el nombre, mientras el evento ha calado cada vez más en el imaginario del público camagüeyano (y no solo del grupito de críticos que asistieron a aquella primera cita).

Creo que esos estremecimientos internos son los que muchas veces los estudiosos perdemos de vista, en nuestra tendencia a asociar lo eficaz de una acción cultural con los cambios percibidos en las élites, y para ser honesto, a veces tengo la impresión de que con los Talleres de la Crítica en Camaguey, los que más han ganado no han sido ni siquiera los críticos, sino los espectadores, que han aprendido a hacer de cada marzo un mes raro, inusual, donde se ven películas que normalmente solo se podrían apreciar en el Festival de La Habana, o se vive un clima de festividad colectiva a pesar del agobio que implica ir a un cine sin un mínimo de confort.

De aquel primer encuentro recuerdo sobre todo la ponencia de Wilfredo Cancio Isla, desnudando las carestías de un ejercicio crítico que a veces rozaba con la indigencia. Y también puedo recordar los desencuentros que se protagonizaran en la quinta edición, cuando a propósito del centenario de la llegada del cinematógrafo a Cuba pretendiéramos reunir en un mismo espacio a críticos y cineastas, desembocando aquello en una de las peores trifulcas intelectuales que puedan recordarse en la isla. Peores por inútil, quiero decir.

El evento se propone reconocer a aquellos críticos fundadores del espacio que pueden asistir físicamente al Taller, y que serían Luciano Castillo, Carlos Galiano, Mario Naito, Frank Padrón Nodarse, Antonio Mazón Robau, Jorge Yglesias, José Rojas Bez, Walfredo Piñera y Humberto González. Solo faltarían Wilfredo Cancio Isla (hoy residente en Estados Unidos) y el historiador Raúl Rodríguez (fallecido).

Vale la pena apuntar que si el Taller de la Crítica de Camaguey se ha mantenido tanto tiempo se debe en buena medida al apoyo del ICAIC, en primera instancia, y luego del Ministerio de Cultura, en particular Abel Prieto. Suena a lugar común casi obsceno, pero esto más cierto no puede ser. Omar González llama “el closet” a ese cuartico donde cada año seis o siete personas se amontonan, como en la famosa película del camarote de los hermanos Marx, para organizar ideas, generar proyectos, e invitar personalidades (y no solo relacionadas con el cine), en lo que parece más un acto de tozudez que de sentido común.

Seguramente este año no habrá sido menos angustiosa la organización del evento, pero eso no hace más que confirmar la dichosa regla: son los sueños los que todavía siguen moviendo al mundo.

Juan Antonio García Borrero.