Archivos diarios: febrero 27, 2007

DIEZ PELÍCULAS QUE ESTREMECIERON A CUBA (1) (Prólogo)

Si dos individuos están siempre
de acuerdo en todo,
puedo asegurar que uno de los dos
piensa por ambos.

Sigmund Freud

La foto es de finales de marzo de 1959. O tal vez principios de abril. El ICAIC recién se había creado, y la instantánea recoge ese momento en que unos amigos, algunos familiares, y directivos del Instituto, acompañan a Titón al aeropuerto, quien partirá a Hollywood con la misión de comprar equipamiento técnico. Es una hermosa instantánea donde casi todo el mundo luce a su vez hermoso. En el extremo izquierdo aparece un elegante Alfredo Guevara, de traje y corbata. Al centro emerge Gutiérrez Alea, también de chaqueta, y un bigote que recuerda a galanes tipo Clark Gable. A su lado, de guayabera, Fausto Canel sonríe con toda la suntuosidad latina de su juventud. En el lateral derecho, se adivina medio rostro de Guillermo Cabrera Infante (entonces vicepresidente del ICAIC) enfundado en sus inconfundibles gafas negras de entonces.

Es una foto hermosa, que transmite una sensación de armonía muy acorde con el espíritu colectivo que la Revolución naciente se esforzaba por inyectarle a la nación. La presencia del barbudo del Ejército Rebelde (trabajador también del ICAIC) no desentona en el conjunto. Arte y política parecían haber encontrado ese raro tiempo común en el cual las vanguardias de ambas expresiones se reconocen idénticas en sus intereses más inmediatos. Todo es armónico en esa foto. Todavía nadie sospecha que en pocos meses las diferencias con los Estados Unidos provocarán conmociones de alcance internacional, y los equipos comprados carecerán de piezas de repuesto. Ese grupo de amigos tampoco sospecha que vivirán crisis internas que terminarán por anular afectos, marcar odios, o propiciar exilios en los cuales morirán algunos (Caín, por ejemplo) o levitarán de país en país otros (Fausto Canel). En esa foto aún las diferencias individuales se supeditaban a las ilusiones colectivas. Cabrera Infante aún no había desaparecido del todo, ya no de la foto, sino del espacio público, Titón no había renunciado al bigote estilo Clark Gable, y Guevara ni siquiera imaginaba su futura práctica de tirar despreocupadamente las chaquetas sobre sus hombros, dado su notorio desprecio a todo tipo de corbata.

Dicha foto me sirve para imaginar el inicio de esa manera inédita de organizar la vida que, desde hace algo más de cuatro décadas y media, ha marcado el acontecer cubano. La Revolución triunfante en 1959 marcó un punto de giro bien radical en el modo que hasta entonces se creía debía ser la convivencia social, pues lo que en un principio parecía la suma de un conjunto de ansiedades nacionalistas con diversas ideologías, muy pronto terminó adoptando el ideario socialista como doctrina oficial del Estado. Ese punto de giro contó con un innegable respaldo popular, no así con el visto bueno del gobierno de los Estados Unidos, que no tardó en hacer pública su animadversión en la misma medida que se profundizaba el proceso revolucionario.

La categórica oposición Habana/Washington cobró un imprevisto simbolismo mundial en medio de un contexto idóneo para convertir esta lucha en algo más que una simple escaramuza regional: estaba en pleno apogeo la llamada “Guerra Fría”, y Estados Unidos y la Unión Soviética pugnaban por obtener la hegemonía ideológica. La cercanía geográfica de la isla a lo que, más claro ni el agua, sigue representando en el imaginario público el poder más imponente que se conozca en los últimos cien años, levantó una oleada de simpatías a nivel mundial a favor de ese pequeño país, capaz de desafiar al imperio y proponerse un proyecto donde la independencia nacional y la justicia social se adivinaban como las grandes prioridades.

Sobre todo el período que va de 1959 a 1969 significó para la Revolución una etapa de adhesiones y defensas a ultranza por parte de una izquierda que encontró en ella un paradigma inmejorable para sus aspiraciones de siempre, además de percibirse como una alternativa posible al modelo “stalinista”. No importó que ya en 1961 el consenso de las principales fuerzas que propiciaron la derrota de Fulgencio Batista comenzara a quebrarse, luego que la heterogeneidad inicial del movimiento se viera afectada por la elección socialista: intelectuales del renombre de Jean Paul Sartre abrazaron la causa cubana de manera incondicional, y de paso contribuyeron a fomentar el temprano equívoco de que criticar los errores naturales que toda revolución acarrea implicaba darle armas al adversario.

Las conocidas “Palabras a los intelectuales” pronunciadas por Fidel en un momento histórico muy concreto pasaron a convertirse en la regla de oro de la política cultural del país. “Dentro de la Revolución, todo; contra la Revolución nada” significó entonces mucho más que estimular la simple apología del régimen, y las mejores pruebas de ello están en todas esas obras literarias y cinematográficas que aún hacen pensar en una supuesta “década prodigiosa”, gracias a la diversidad de buenos resultados. Fue también un período donde se prorrogó una “cultura de la polémica” que tenía en Fernando Ortiz, Jorge Mañach, Raúl Roa, Gastón Baquero, Juan Marinello o Virgilio Piñera notabilísimos antecedentes. De los sesenta pueden recordarse varios debates, pero con relación al cine siguen resultando paradigmáticos los protagonizados por Alfredo Guevara y Blas Roca, ambos representantes del ala comunista de la sociedad.

¿Cuándo comenzó a perderse en Cuba esa tradición de someter a la discusión pública problemas que en cualquier parte del mundo mantienen ocupados todo el año a un intelectual que se respete? ¿Cuándo comenzó a postergarse en nombre de un interés nacional y político ese conjunto de dudas que conforman la existencia de cualquier individuo? ¿Cuándo las reafirmaciones comenzaron a parecer más primordiales que las preguntas? Habría que remitir la decadencia de esa práctica especulativa hacia finales de los sesenta, coincidiendo con la muerte del Che en Bolivia y esa acometida ideológica que por entonces comenzaba a tejerse contra el gobierno de La Habana. Sobre ese período en el cual el hechizo colectivo mostrara sus primeras fisuras, llegaría a escribir con dolorosa lucidez Tomás Gutiérrez Alea:

(…) la Revolución ha dejado de ser ese hecho simple que un día nos vio en la calle agitando los brazos, desplegando banderas, gritando nuestros nombres y sintiendo que se confundían en uno solo. Ahora empieza a manifestarse, como la vida misma, en toda su complejidad. La nueva libertad se hace confusa, difícil de ejercer. Empiezan a confundirse las categorías. Las relaciones entre política y cultura son superficialmente amables, pero profundamente contradictorias. Aparecen los primeros actos de exorcismo, aunque no se llega a practicar ningún auto de fe. Hay escaramuzas que se resuelven en una tregua, en una especie de coexistencia pacífica. La transformación radical de un país subdesarrollado saca a la superficie otros problemas de más urgente solución. Los problemas de la cultura quedan en un segundo plano, lo cual no quiere decir que sean menos importantes: son menos urgentes. Y quizás más complejos. Es necesario darles un tiempo. [1]

Este libro intenta aproximarse a algunos de esos momentos en que las relaciones entre la política y la cultura en Cuba han mostrado sus más agudas diferencias, pero desde la perspectiva que ofrece el cine. Sin embargo, tampoco he querido ceñirme solo al cine, porque los debates que se han originado al calor de este, en realidad fueron síntomas de algo más complejo que exige un enfoque mucho más ambicioso.

De allí que me haya interesado en cada caso exponer la mayor cantidad de puntos de vista posibles (declaraciones de artistas, críticos, funcionarios, prensa oficial) en el intento de cultivar una mirada rashomonesca que tome en cuenta a la cinta en sí (o más bien “en mí”), pero también (orteguianamente hablando) sus circunstancias. O dicho de otro modo, tomar en cuenta el contexto histórico en que esa película se forja, destacando las diversas fuerzas presentes en la producción del hecho cultural. Aún así, queda claro que es imposible conseguir un repaso neutral. Ya el hecho mismo de distinguir solamente diez películas, excluyendo otras que en su momento también levantaron resquemores, deviene de por sí un gesto de alta subjetividad. Por tanto, me gustaría dejar en claro que no hay en la selección que conforma este decálogo de la polémica audiovisual en el país ningún interés canónico: es, me apresuro a destacarlo, el resultado de un criterio absolutamente personal, si bien ha sido obligatorio partir de unas cuantas evidencias, como es la recepción exaltada que han tenido cada una de estas películas.

En tal sentido, dicha selección no esconde su interés de ser rebatida, cuestionada, enriquecida. En realidad se hubiesen podido incluir veinte, treinta o cuarenta y dos películas. Pero diez me parecía una cifra prudente tomando en cuenta que la idea en cada caso era partir de un filme puntual, para promover una perspectiva de conjunto que permitiera examinar los períodos, conectar la producción cinematográfica con el resto de la producción cultural de la etapa, así como con el estado de cosas que a nivel internacional podía influir en las reacciones oficiales. Se trata de poner en práctica un tipo de crítica que se asome al contexto y no al filme en particular, siguiendo aquella recomendación realizada por Desiderio Navarro cuando abogaba por “la crítica literaria como crítica de la cultura literaria en su conjunto y no exclusivamente de las obras literarias”.

Juan Antonio García Borrero

“OBLIVION”, UN CORTOMETRAJE DE ERNESTO FUNDORA

El debut de Ernesto Fundora como director del cortometraje de ficción “Oblivion” (México, 2006) es una buena noticia por varias razones. La primera está relacionada con ese prejuicio que asegura que todo el audiovisual realizado por cubanos fuera de la isla se alimenta de lo que pudiéramos llamar una suerte de pornocastrismo crónico. La cubanía, de acuerdo a quienes argumentan esto, solo existirá en la misma medida en que se haga explícita la aproximación al problema cubano, ya sea a través de un paisaje repleto de palmeras, los diálogos que subrayen el realismo contemporáneo, y sobre todo los conflictos claramente trazados que sirvan para enfatizar una posición política. Siempre a favor o en contra, jamás percibiendo los términos medios. O lo que es más difícil de ver: la realidad sumergida.

Es cierto que el cine cubano de la diáspora está lleno de este tipo de pretensión donde el interés artístico se subordina al imperativo ideológico. Y no es que la posición política invalide el saldo de un filme, pues la indiscutible propaganda a favor de la revolución que podemos encontrar a través del documental innovador de Santiago Álvarez, por ejemplo, propició más de un hito a la creación cinematográfica de la isla. Todavía hoy, Santiago Álvarez sigue siendo un referente de la mejor escuela documental cubana, hágase esta donde se haga.

“Oblivion” no teme enfrentarse a esa corriente que solo cree en el realismo más grosero. Su punto de partida es “Miss Amnesia”, un formidable relato de Mario Benedetti que ya ha conocido más de una versión para la pantalla, dado el indiscutible tono cinematográfico que hace suyo desde su memorable arranque: “La muchacha abrió los ojos y se sintió apabullada por su propio desconcierto. No recordaba nada. Ni su nombre, ni su edad, ni sus señas”.

El argumento es ideal para que Fundora explore las posibilidades mesiánicas que puede aportar el olvido. “Si los humanos hemos sobrevivido tantos años es porque somos capaces de olvidar”, dice en uno de los parlamentos el protagonista. Hermosa reflexión que el propio Fundora ha desarrollado en algún otro texto suyo cuando afirma que “es gracias a que tiene la capacidad de olvidar, que el hombre sobrevive a su desgracia cotidiana, al holocausto de su infelicidad”.

Los que conocíamos su exitoso desempeño como realizador de video clips seguro que teníamos motivos para experimentar ciertos temores ante su debut en la ficción. Se recordará que a principios de los años noventa, su nombre comenzó a escucharse con bastante asiduidad en el contexto audiovisual cubano. Todavía no existía en la isla la tradición de videos clips que hoy puede apreciarse, pero Fundora ya comenzaba a despuntar como uno de los más creativos realizadores del medio. De hecho, en aquella primera edición de los hoy conocidos “Premios Lucas”, el video clip realizado a David Torrens (“Sentimientos ajenos”) se convirtió en el gran ganador de la cita.

En la actualidad su obra es bien reconocida en el plano internacional, y no son pocos los artistas que se han beneficiado de su talento. Así, pudiéramos mencionar los videos realizados a Adalberto Álvarez e Isaac Delgado (“El chévere de la salsa y el caballero del son”), Carlos Varela (“Monedas al aire”), Santiago Feliú (“Bs. As. muerte del 92”), Gerardo Alfonso (“Los lobos se reúnen en la esquina”), NG La Banda (“La Bruja”), Oscar D’León (“Mírala como se menea”), Francisco Céspedes (“Se me antoja”), Olga Tañón (“Hielo y fuego”), Amaury Pérez (“Encuentros”), Willy Chirino (“Cuba libre”; “La jinetera”) y Celia Cruz (“La Negra tiene tumbao”).

La buena noticia es que con “Oblivion” Fundora no se ha dejado apabullar por su talento para manipular el discurso caótico del clip. Su corto, en cuanto a imagen, no prescinde de esa factura que suele enunciarnos a través de la belleza de los planos, el vicio de seducir a primera vista, pero es, al margen de esa planificada fotografía de Eduardo Verti, un relato que sobre todo se preocupa por llevar a buen puerto lo principal, que en este caso es esa historia cargada de ambiguedades y laberintos circulares, con personajes asfixiados en su propia suerte.

“Oblivion” es un buen momento para el cine hecho por cubanos. Gracias a esos personajes que encarnan los intérpretes María Aura y Alberto Estrella, los espectadores de cualquier latitud pueden sentirse motivados a adentrarse en esos debates que ahora mismo se tejen en torno a la memoria individual, y ya de paso, a la memoria colectiva. Náufragos como somos de ese inmenso océano que es el olvido en su variante más radical (La Historia), los seres comunes (esos de los que mañana ya nadie recordará ni su nombre, ni su edad, ni sus señas) tienen en este pequeño filme un madero al cual aferrarse.

Juan Antonio García Borrero