SOBRE LA CULTURA CINEMATOGRAFICA Y OTRAS INCÓGNITAS

Hace algún tiempo Arturo Arango nos invitó a “pensar el cine desde lo otro” . Fue a través de un texto lleno de sugerencias discutibles, pero inteligentes, donde el autor proponía un examen de la situación de la crítica nacional de cara al cine cubano y sus espectadores. En uno de los segmentos más lúcidos, Arango se preguntaba hasta qué punto un crítico de cine podía, como su sucedáneo de la literatura, influir en los creadores de la obra; notaba que el crítico de cine en Cuba por lo general prefiere escribir sobre los estrenos extranjeros, a diferencia del literario que sabe que hablando de la literatura nacional, puede encontrar ángulos que miradas foráneas probablemente pasen por alto. El último párrafo resume de manera ejemplar lo que a juicio del autor ha de ser la función principal de la crítica: “no orientar, sino pensar; no imponer, sino comprender”.

Me interesa retener sobre todo esta última idea, porque puede ser reveladora de la tendencia que últimamente se descubre en el ejercicio crítico dominante del país. Esa sola idea hubiese bastado para someter el texto a encontrados enfoques, y enriquecernos mutuamente. Pero como ya va siendo una costumbre insular de triste trascendencia, el debate se postergó, desaprovechándose la posibilidad del diálogo crítico, y de paso, fortaleciendo entre nosotros esa postura con apariencia de ley que David Bordwell detectó, al asegurar que,

“(…) El estudio del cine no ha evolucionado a través del enfrentamiento entre posiciones opuestas presentadas de forma metódica. La historia de la crítica cinematográfica es en gran parte la de antecesores ignorados u olvidados, barcos que se deslizan en la noche, gente que habla sin comprenderse, rechazos categóricos de la obra de autores anteriores y cambios periódicos del gusto. (…) En un congreso de estudios cinematográficos, un trabajo dedicado en su totalidad a revisar la interpretación de otro crítico sería considerado como un ejercicio estéril. En lugar de esto, el intérprete practica una estrategia de exclusión (no mencionar otras interpretaciones) o de sustitución, declarando que, hasta donde alcanza (que nunca es demasiado lejos), cierta interpretación anterior es correcta.”

Siempre resultará un verdadero enigma eso de “la misión cultural” del crítico. Arturo Arango ha sabido insertar en su texto el problema, si bien, como le corresponde a todo prólogo, deja en manos de los autores su desarrollo, y en las del lector las conclusiones. Lo paradójico es que el escrito de Arango era el prólogo de una compilación crítica que nunca salió a la luz editorial, por lo que lamentablemente no podremos saber con exactitud con cuáles puntos de vista discrepa el autor, y con cuales se hace cómplice. Aún así, este es un texto que, en términos de reflexión, se las arregla de manera autosuficiente para funcionar a las mil maravillas. Para ello se insertan preguntas cruciales que, sobre todo hoy, pueden resultarnos útiles en el intento de explicarnos el destino incierto de eso que hoy conocemos en Cuba como “cultura cinematográfica”. Sobre algunas de esas preguntas que propone Arango, me gustaría ensayar algunas ideas y objeciones.

La primera tal vez provenga del hecho de que no me queda claro qué es para Arturo la “cultura cinematográfica”. Por momentos me da la impresión de que comparte ese criterio algo elitista a través del cual esta ha de asociarse con aquello que los críticos ya han canonizado, sobre todo mediante encuestas que no hacen más que reiterar lo que desde los años cuarenta se viene diciendo en los distintos medios (ya se sabe: “El ciudadano Kane”, “La quimera de oro” o “El acorazado Potemkin”). Esta sospecha nace de un par de líneas donde se apela a la antinomia mercado-arte, y se contrapone subliminalmente el Nobel al Oscar, una asociación tan poderosa que difícilmente admita una lectura que no sea la peyorativa.

No es este el espacio para defender o atacar un premio que, hoy por hoy, tengo la impresión de que es invocado por incondicionales y/o detractores más como un modo de exponer posturas ideológicas, que como forma de apreciar un fenómeno cultural con sus luces y sus sombras. Sin embargo, me interesa ahora meditar sobre otros aspectos más sutiles del fenómeno: ¿el hecho de que la Academia entregue sus galardones atendiendo a las exigencias de la industria marca de manera definitiva a esa producción con el estigma de lo comercial?, y luego, ¿aquel espectador que consume “Titanic” o “Gladiador” es menos culto que el que se aproxima a Godard o Tarkovski?.

El primer escollo está en la definición misma del llamado “cine de calidad”. Por suerte todavía no sabemos qué es lo que determina la excelencia cinematográfica. Es cierto que hay un conjunto de normas admitidas a lo largo de la existencia humana, cuyo cumplimiento permite hablar hoy de “estética cinematográfica” o “buen gusto fílmico”. Sin embargo, ha sido precisamente la ruptura con esas normas las que han posibilitado que hoy existan movimientos alternativos al modelo clásico de representación. De allí que no resulte tan desconcertante encontrar en un mismo catálogo a Chaplin y a Bergman. ¿Dónde radica entonces el buen gusto: en la ruptura?.

El ataque sistemático a Hollywood, o a lo que este representa, ha entronizado entre nosotros un par de equívocos bastante graves: el primero es creer que Hollywood es el infierno mismo, algo que al encarnar el Mal cultural (con mayúscula) carece de matices, y el otro, pensar que todo aquel que se entrega al disfrute de una película norteamericana está siendo colonizado en el plano cultural.

Ninguna de estas posiciones explica la perdurabilidad de esta manera de hacer películas, y tampoco por qué casi todas las alternativas que ha tenido la misma, no pasan de ser manifiestos eventuales donde se pone en práctica una nueva forma de organizar producciones puntuales, pero que deja intacto el sistema colectivo de producción establecido por Hollywood. Al final, son contados los “autores” que consiguen llegar al final de sus carreras sin integrarse a la cosmogonía hollywoodense.

En el contexto cubano, este diferendo con el cine de Hollywood tiene sus peculiaridades. Si por un lado la producción realizada a partir de 1959 priorizó el rescate de los valores intrínsecos de la nación, deformados con tanto cine de mulatas y palmeras, por el otro no ha podido evitar que, ahora mismo, ese espectador abstracto que durante buen tiempo aprendió a pensar el cine en diversos idiomas, hoy apenas tenga en el Festival de La Habana verdaderas alternativas.

Siempre habrá razones de sobra para explicar el por qué de estos cambios en la estrategia de recepción colectiva. Entre las más socorridas está la económica, la cual fundamenta el hecho de que con la crisis enfrentada en los noventa, disminuyera el financiamiento para la compra de películas de diversas nacionalidades. Sin embargo, se suele ignorar que a finales de los setenta, en Cuba se hizo popular un género que ninguna enciclopedia del cine registra, pero que aquí es todo un acontecimiento: la película del sábado.

Para nada intentaré demonizar ese espacio, si bien creo que en todos estos años poco ha contribuido a ofrecer una imagen balanceada de lo que puede ser el cine integral de Hollywood. El receptor de “La película del sábado” seguramente no sabe (ni está obligado a saber) quién es Lars Von Triers, pero es probable que esté menos enterado aún de qué ha hecho Woody Allen, uno de los preferidos de la Academia. Cierto que después la propia televisión intentó compensar este vacío con un programa como “Toma Uno”, cuyo innegable impacto sirvió para demostrar que había público para todo, pero ya para entonces se había afectado algo esencial en la política cultural cinematográfica del país: se descentralizó la programación, y con ello, toda una estrategia de emisión y recepción.

Como resultado de ello, hoy pueden detectarse a lo largo de la isla un sinnúmero de puntos de exhibición. No sólo están las películas que emite la televisión, sino también las que programa el ICAIC y las salas de video de la UJC, para no mencionar los bancos de particulares. Debería pensarse que esa proliferación de emisores facilitaría la democratización del gusto (algo que soñó el ICAIC en un inicio), pero el resultado ha sido radicalmente inverso: el gusto mayoritario parece inclinarse por más de lo mismo. Nuestra cultura cinematográfica ya tiene su propio caballo de Troya.

No creo que esta situación sea reversible, porque además, no lo es en el mundo. Hoy el cine es un componente más dentro del mapa del audiovisual, que incluye todas aquellas novedades que a diario nos va regalando la informática. Sin embargo, sí creo que es hora de ir pensando con perspectiva de futuro si queremos defender lo que se ha logrado a lo largo de estos años en cuanto a cultura cinematográfica. Lo primero es rescatar a ese espectador activo que hasta hace poco lucíamos con orgullo. La única manera que existe es ofreciéndole aquello que la televisión no puede. Hasta ahora, todas las estrategias que se han diseñado van dirigidas a resaltar la calidad de las películas que se ofrecen, pero esto no hace la diferencia, pues esas mismas películas se pueden ver en casa, y con mucho más comodidad.

Y es que nos cuesta entender que la “cultura cinematográfica” no es solo tener acceso a una película realizada de manera impecable, sino que incluye a la calidad de ese acceso. Siempre digo que de nada vale poseer en casa un cuadro de Picasso si la iluminación de la sala lo hará lucir ante nuestra mirada como un compendio de sombras chinescas. Ya no hablamos de que el espectador merece más respeto que la película que se esté exhibiendo, por aquello de que este es un ser real y aquella un conjunto de ilusiones, sino de que si queremos realmente afirmar de que nuestro público es ilustrado, tal argumento demanda un contexto de recepción mínimamente decoroso.

Se sabe en todo lo que ahora mismo anda enfrascado la dirección del país, y el Ministerio de Cultura en particular. Sin embargo, no puedo conformarme con la idea de que un proyecto como el que iniciara el ICAIC, un proyecto donde el espectador se sentía partícipe de algo fecundante, está condenado a diluirse. Creo que es preciso repensar esas ideas donde se apela a lo numérico para fundamentar la solidez de un plan: no necesitamos más salas de cines o video, ni más películas de calidad. Necesitamos que cada provincia posea aunque sea una sala decorosa (su propio “Amadeo Roldán” cinematográfico), capaz de restablecer la autoestima de la estancia como ese espacio que aún puede funcionar en nuestro imaginario a nivel de ritual. Desde luego que cuesta, pero como hubiese repetido Doshenvko, “el cine es caro, pero más caro es no tenerlo”.

Juan Antonio García Borrero

Anuncios

Publicado el febrero 25, 2007 en POLÉMICAS. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: