Archivo de la categoría: TOMÁS GUTIÉRREZ ALEA

FRESA Y CHOCOLATE Y EL OSCAR

Fresa y chocolate, la película co-dirigida por Tomás Gutiérrez Alea y Juan Carlos Tabío, basada en el famoso cuento de Senel Paz, está cumpliendo veinte años de estrenada. Comparto con los amigos del blog el capítulo de la biografía de Titón que aún escribo, dedicado a examinar lo sucedido con la cinta tras ser nominada al Oscar.

JAGB  

FRESA Y CHOCOLATE Y EL OSCAR

La extraordinaria repercusión de Fresa y chocolate en el Festival cinematográfico de Berlín propició que varias distribuidoras internacionales se interesaran en el filme. Una de las que mayor interés mostró fue la norteamericana “Miramax”, la cual consiguió cerrar el acuerdo dos meses después, mientras se celebraba en México el Festival de Guadalajara (28 de marzo-3 de abril de 1994).

El pacto comercial que posibilitó la distribución y exhibición del filme dentro de los Estados Unidos, como era de esperar, levantó opiniones encontradas. Cabrera Infante escribió un ácido artículo cargado de descalificaciones personales contra Titón. Paralelo a ello, una “carta fantasma” (como la llamaría el periódico español “El País” en su edición del 4 de mayo de 1994), desató las más agrias polémicas y desmentidos, como el de Andy García, quien tras aparecer como firmante se apresuraría en declarar: “No reconozco ni he visto ninguna carta contra la película”.

Fausto Canel, quien fue uno de los promotores de la misiva, esclarece parte de lo sucedido, al recordar que,

“(…) a los cubanos que vivíamos en California (Orestes Matacena, Camilo Vila, Rubén Rabasa, etc.) se nos ocurrió escribir una carta en la que invitábamos a los votantes de la Academia a leer aquella polémica sostenida por Néstor y Titón en el Village Voice y a ver Conducta impropia, para tener la información necesaria antes de emitir el voto. Lee el resto de esta entrada

TITÓN SOBRE FLOR LOYNAZ Y LA CASA UTILIZADA EN “LOS SOBREVIVIENTES” (1978)

“Encontrar esa casa era el problema más grave de la escenografía y estuvimos buscando algo parecido durante un buen tiempo. Pasé frente a ella casualmente y vi que tenía la atmósfera y el misterio que necesitaba; estaba rodeada de vegetación que acentuaba el clima de decadencia. La dueña era Flor Loynaz, una señora de edad avanzada que vive sola.

(…)

Entrar en contacto con Flor fue difícil, vivía aislada en la casona con más de cuarenta perros; cuando lo conseguimos llegamos a un acuerdo y le alquilamos la casa durante el tiempo de rodaje. Después que trabamos conocimiento vimos que era una personalidad extraordinaria.

Era poetisa, tenía un gran sentido del humor y una historia de vida apasionante. Su padre había sido general de la Guerra de Independencia, sus hermanos eran artistas, ella había sido amiga de García Lorca y tenía el manuscrito de Yerma. Era una mujer de gran imaginación y con recursos para desarrollarla. Cuando García Lorca estuvo en La Habana vivió en su casa, hacían locuras y hay anécdotas fantásticas de esa época.

Siento mucho no haber hecho algo en cine con ella, no haber dejado el testimonio de ese personaje tan rico de nuestra realidad. Realmente me frustra no haberlo hecho cuando tenía la oportunidad; sus anécdotas eran de una riqueza extraordinaria. Era un placer sentarse con ella y escucharla”.

Tomado de “Tomás Gutiérrez Alea: los filmes que no filmé”, de Silvia Oroz

EL DOLOR DE QUERER SER UNO MISMO

¿Y esa necesidad de mostrarme “tal cual soy”, de ser sincero plenamente, de desnudarme no es una necesidad de encontrar una ayuda y una comprensión a mi soledad”? (1)

Ésta es la pregunta angustiosa que se hacía Tomás Gutiérrez Alea aquel 12 de noviembre de 1963, en uno de sus cuadernos de apuntes privados. Otra vez sentía sobre él la angustia del individuo. Angustia no por la existencia, sino por la co-existencia. Angustia por su propia singularidad y finitud dentro de lo indiferente y eterno. Angustia de saberse solo en medio de una inmensa multitud, embriagada de utopías, consignas, e ilusiones colectivas. Angustia de querer ser uno mismo, y no lo que los demás esperan que uno sea.

Por esos días en La Habana había ganado intensidad esa polémica “en la que están mostrando su verdadera cara algunos dogmáticos”. (2) Titón no teme en exponer en público sus argumentos. Polemiza. Apela a la ironía y en ocasiones al sarcasmo. Pero sabe que nada de ello curará el otro dolor: el interior. Sabe, con Unamuno, “que las razones no son nada más que razones, es decir, ni siquiera son verdades”.

Y las verdades interiores son las que nos acompañan y calcinarán por siempre, sobre todo cuando se han apagado las luces del escenario público, y quedamos a solas con nuestras contradicciones más íntimas, con nuestra profusa soledad.

Ya en aquella fecha comenzaba a notarse en la prensa nacional la desaparición del hombre común, el hombre de carne y hueso, reemplazado por un sujeto abstracto (el sujeto revolucionario), en teoría curado de conflictos interiores, e incapaz de vacilar ante el deber colectivo. Detrás de la reconstrucción supuestamente objetiva de aquella realidad idealizada, seguía existiendo la vida real, con los seres humanos experimentando sus bajas y altas pasiones. Que la prensa, o los políticos, no quisieran enterarse de ello, no quitaba que fuera menos intensa y vital.

La soledad a la que Titón se refiere en su pregunta íntima es la misma a la que Pascal aludía en su momento cuando hablaba del hombre como “algo comprendido entre el todo o la nada”. En las revoluciones ese sentimiento de soledad suele quedar enmascarado con el formidable empuje de las masas aspirando a destruir todo aquello que se asocia a un pasado opresor. Pero ni siquiera ese brío mortífero consigue anular el dolor de querer ser uno mismo en medio de una identidad extraña. Y es ese el momento en que la exhortación poética de Gastón Baquero se hace más entendible: “Hay que morir, amigo, para unir los extremos/ de este cotidiano alambre/ tendido sobre el abismo de estar vivo”.

Juan Antonio García Borrero

NOTAS:

1)     Tomás Gutiérrez Alea. Volver sobre mis pasos, p 397.

2)     Tomás Gutiérrez Alea. Volver sobre mis pasos, p 128.

CABRERA INFANTE Y TITÓN: DOS ARGUMENTOS ESCRITOS A CUATRO MANOS

He intentado poner la mente en función de imaginar cómo hubiesen sido finalmente las películas, de haberse llevado a la pantalla los sendos argumentos concebidos por Guillermo Cabrera Infante y Tomás Gutiérrez Alea a mediados de la década de los cincuenta.

Conociendo la personalidad de ambos creadores, cuesta un poco de trabajo adivinar dónde estuvo el aporte de cada cual. Stella parece más cercano a Caín, con esa historia melodramática ubicada en un cabaret que se sugiere en el breve argumento “podría ser el Rumba Palace, donde toca el Chori”, y que recuerda a ciertos clásicos norteamericanos del gusto del cronista de la revista “Carteles”. Por otro lado, el estudiante que se enamora de la rumbera es “del interior”.

Por su parte, en El premio gordo hay más del humor grueso de Titón, quizás más en la cuerda del estilo de trabajo que desarrollaría por esos mismos años en “Cine Revista” (por cierto, que a ratos la trama me recuerda la que desarrolló su discípulo y camarada Juan Carlos Tabío en El cuerno de la abundancia).

Los entonces jóvenes amigos por esas fechas habían mostrado sus complicidades afectivas, pero también sus diferencias en el orden de lo estético. Titón recién acababa de regresar de Roma, y llegaba entusiasmado con la posibilidad de promover en Cuba un cine de corte neorrealista, donde el acento de denuncia social estuviese en primer plano. A Caín le desvelaba el cine como espectáculo, que a su vez le permitía poner en práctica libertades literarias que terminarían por renovar de forma decisiva el panorama crítico de la época.

Pero en ambos operaba una misma vocación, la cual se pone en evidencia en los argumentos que menciono: había un profundo rechazo a ese cine lleno de tópicos que por entonces se cultivaba en la isla. Incluso en Stella, cuya trama se desenvuelve en ese escenario tan común para entonces, que es el cabaret, se adivina el deseo de construir una trama en la cual las peripecias de los protagonistas tuviesen más presencia que la música y el baile que por entonces exigían, sin siquiera leer el guión, los productores de la fecha.

Juan Antonio García Borrero

UNA CÁMARA AZUL PARA GUTIÉRREZ ALEA

Acabo de regresar de Holguín, tras ser invitado a participar en un homenaje que se le hizo a Tomás Gutiérrez Alea en el marco de la décima edición del evento “Cámara Azul”. Se trata de un encuentro organizado por la Asociación Hermanos Saíz y el Centro Provincial del Cine de Holguín, como parte de las célebres Romerías de Mayo que se celebran en el territorio. Por eso también estuvieron allí Mirtha Ibarra, Miguel Coyula y Jerónimo Labrada, director académico dela EICTV.

El evento quedó inaugurado el día 3 en la Casa Iberoamericana con la exposición “Titón en persona”, conformada por un conjunto de fotos seleccionadas por Mirtha Ibarra, a través de la cuáles se puede acceder a varios momentos de la vida de Gutiérrez Alea. Luego nos fuimos al café “Las 3 Lucías” y Mirtha presentó su emotivo documental Titón, de La Habana a Guantanamera.

Yo nunca había estado en el local Las 3 Lucías, y he de confesar que sentí por dentro una sana envidia. Desde hace nueve años he estado soñando con un espacio parecido en Camagüey, aprovechando las características e historia de la Sala Nuevo Mundo (primera de su tipo creada en el país). Pero por paradójico que parezca (Camagüey, desde los tiempos de Luciano Castillo al frente de un montón de cine-clubes, se ganó la fama de ser una de las capitales del pensamiento fílmico en la isla), acá no se ha conseguido concretar nunca un proyecto así, no obstante las múltiples ideas presentadas.

En Las 3 Lucías hablamos durante un par de jornadas del Titón cineasta, pero sobre todo, del Titón intelectual. Y más claro aún, del intelectual crítico. Este es un asunto que cada vez me obsesiona más. Vivimos una época en la cual el antiguo paradigma de intelectual público ya no funciona del mismo modo, entre otras cosas debido a la proliferación de “los expertos”, o el fomento de “profesionales”. Si antes se entendía por intelectual a alguien que ponía todas sus energías en función del debate de asuntos que atañen a la comunidad, a lo público, hoy puede asumirse como una postura intelectual la promoción que hace un cantante en televisión de su último disco.

Lo que más me gustó de los conversatorios de Las 3 Lucías es que estuvieron repletos de jóvenes. A Titón le hubiese encantado ese privilegio. No sé si lo logré, pero desde un principio intenté que se creara un ambiente donde predominara la discusión de temas contemporáneos, y no la simple celebración del pasado, encarnado en la figura de Titón. Y eso era posible porque con sus películas, sus escritos, sus entrevistas, Gutiérrez Alea supo anticipar muchas de las discusiones que hoy tenemos pendientes en este país.

Me siento feliz por haber participado en esta décima edición del “Cámara Azul”, y por la oportunidad que me ofrecieron de compartir mis inquietudes con ese grupo de jóvenes inquietos que se empeñan en pensar el cine cubano.

Juan Antonio García Borrero

POSTDATA: 

Acá les dejo con un texto escrito por Jorge Ribaíl Reyes, a quien le debo la invitación a ese evento, cuya génesis y evolución en estos diez años, él explica de modo inmejorable. 

CUMPLE DIEZ AÑOS “LA CÁMARA AZUL”

Por Jorge Ribaíl Reyes

Las Romerías de Mayo son como las buenas películas,  tan cautivadoras que tendemos a olvidar que no son una flor o un asteroide, sino una creación humana. Detrás y alrededor de   cada una  de los invitados de lujo y de las  interesantes propuestas artísticas  que podemos encontrar por esos días en  las calles y parques holguineros han germinado muchos sacrificios, no pocas ansiedades y claro está, humanos equívocos. Con el   pasar de  los años, al proyecto inicial de las Romerías de Mayo, Festival de Juventudes Artísticas  se le han sumado ideas, iniciativas, proyectos que le  hacen más  diverso, más representativo y  también  más caótico,  más delirante.  Tal es el caso del evento audiovisual  La Cámara Azul  que en  este año 2012 arriba a su  Décima  edición. Lee el resto de esta entrada

LA FOTO

Han pasado muchísimos años desde que fue tomada esa instantánea. Hablo del durísimo 1994, cuando Titón estuvo por Camagüey en pleno “período especial” con el fin de rodar algunas secuencias que jamás figurarían en Guantanamera. Creo que fue la segunda vez que anduvo por allí buscando locaciones para una de sus películas, pues antes, en los sesenta, el periódico de la ciudad anunció su presencia, a propósito del inminente rodaje de Cumbite, y el interés del cineasta por aprovechar los asentamientos de haitianos.

Mirando aquella foto tuve la impresión de que, no obstante el tiempo transcurrido, nada había cambiado. Allí estoy yo con Titón, igual de flaco, tal vez aceptando con resignación que lo mío no son las libras, sino los libros. Allí está de fondo una ciudad donde la arquitectura colonial pareciera condenarnos a vivir por siempre en una pecera de aguas viscosas, recicladas desde hace cinco siglos, que es la edad que le impusieron los españoles cuando la conquistaron y exterminaron a sus aborígenes, y la llamaron Santa María del Puerto del Príncipe. Todo parece igual que antes, como congelado en el tiempo, y sin embargo, uno sabe que nada de aquello siguió siendo lo mismo. Bergson mediante ya sabemos que una foto “no es más que una instantánea tomada sobre una transición”.

Es de ese fluir silencioso, inocente en su devenir devastador, que me gustaría ocuparme en la biografía que escribo. Lo cual me permitiría retomar, como si no hubiese existido transición alguna, las mismas preguntas que acosaban a Titón, y que en definitiva cada individuo puede hacerse de modo independiente: ¿cómo hemos llegado hasta aquí? ¿qué se ha hecho de nuestros sueños?

Algo raro sucedió con aquella foto porque de repente la imagen terminó intrigándome, como si de pronto observara a dos extraños que hasta ayer me fueron familiares, pero que nunca alcancé a conocer bien. Y de pronto sentí que no era yo quien espiaba aquel retrato, sino que un tercero (tal vez el Sergio de Memorias del subdesarrollo con el mismo telescopio que utiliza en la película) fiscalizaba cada uno de nuestros movimientos. Peor aún: nuestros pensamientos más íntimos. Y me vino a la mente Lezama con aquella enigmática confidencia: “Es como si al avanzar por el aire que cubre la tierra, mirásemos hacia atrás y al encontrarnos con su mirada se nos diese ya el fragmento que nos falta para llegar a donde se comienza”.

Entonces surgió la idea de éste relato biográfico donde asumo este imprevisto rol de detective de esas emociones intocables que terminan por configurar las arquitecturas de las épocas (en esta oportunidad, mi época); el rol de alguien empeñado en rastrear las huellas secretas de ese fluir (sigiloso, devastador, e indiferente) de los acontecimientos que nos sacuden sin nosotros notarlo, en este caso tomando como punto de partida a Gutiérrez Alea, y ese grupo de amigos al cual pertenecía, dividido de modo brusco porla Revoluciónde 1959.

Juan Antonio García Borrero

 

LA ÚLTIMA FIESTA*

En el conmovedor relato sobre los últimos meses de vida de Tomás Gutiérrez Alea, su compañera y actriz Mirtha Ibarra nos cuenta que el 11 de diciembre de 1995 le preguntó al cineasta si quería que, como era habitual, festejara su cumpleaños.

Aquella celebración se había convertido en una costumbre, pues como coincidía con las actividades del Festival de Nuevo Cine Latinoamericano de La Habana, aprovechaban para reunirse en la casa de ellos conocidos cubanos y extranjeros. “Me respondió que le alegraría muchísimo poder despedirse de todos sus amigos”, anota Mirtha, y añade, “(…) estaba consciente de que iba a ser el último. Y fue una fiesta muy concurrida y él estaba feliz a pesar de todo su dolor”. (1) Lee el resto de esta entrada

EN LAS ARENAS MOVEDIZAS DE LA BIOGRAFÍA (2)

Al final, escribir una biografía es como escribir una novela policíaca. “Porque, no se dude”, nos decía Ortega y Gasset, “toda vida es secreto y jeroglífico. De aquí que la biografía sea siempre un albur de la intuición. No hay método seguro para acertar con la clave arcana de una existencia ajena”.

El gran problema que le veo a la biografía más tradicional (esa que suele acumular anécdotas basadas en lo documental y el recuerdo de testigos), es que prescinde del carácter dinámico de la vida. En casos así, el biógrafo se esfuerza en describir en una sucesión de fotos fijas la parte exterior de lo que ha sido y sigue siendo secreto devenir.

El desafío, a mi modo de ver, estaría en describir la posible grandeza de ese individuo que es capaz de ponerse por encima del horror de lo sucesivo, para decirlo como Borges, y trascender. Y perdurar en el enigma.

Juan Antonio García Borrero

EN LAS ARENAS MOVEDIZAS DE LA BIOGRAFÍA

Estoy empantanado en la biografía de Tomás Gutiérrez Alea. Hace ya unos seis o siete meses terminé lo que me parecía una versión decente, de más o menos setecientas cuartillas. Y de pronto han bastado dos o tres documentos encontrados en el archivo personal del cineasta (gracias a la infinita confianza que me brinda su viuda Mirtha Ibarra), para darme cuenta de que, en realidad, no he escrito nada.

Titón, lo he dicho otras veces, antes que cineasta se sentía intelectual. Y esto lo complica todo, porque ya no se trataría de escribir un libro que comente las particularidades estéticas de sus filmes, sino que nos impone un rastreo en el mundo de sus ideas, del cual su filmografía sería apenas un segmento.

Y aquí es donde viene la dificultad técnica. A mí en lo personal no me motiva escribir uno de esos volúmenes llenos de chimes y alusiones a la vida íntima del biografiado, porque lo que me importa estudiar y someter a debate es la contribución intelectual de Gutiérrez Alea al contexto social en que vivió. Pero, ¿cómo separar al hombre que vivió en vigilia existencial y luchando todo el tiempo por la vida (como un humano más) de ese hombre público que tanto nos ha puesto a pensar y discutir? ¿Éstas prevenciones mías hacia lo íntimo no tendrán que ver con lo que Perrot nos dice de que, el historiador, ha vacilado en incursionar en el terreno de la vida privada: “por el respeto del sistema de valores que hacía del hombre público el héroe y el actor de la única historia que merecía la pena contar: la gran historia de los estados, las economías y las sociedades”?

Se supone que una biografía intelectual (que es lo que en este caso me importa), se encargue de describir las ideas defendidas en público por aquella persona que es objeto de estudio. En el caso de Titón, parece algo más bien fácil, dada su vocación a la polémica pública. Sin embargo, ninguna idea es autónoma, ni crece al margen de las pasiones humanas. El hombre público es, en realidad, una simplificación de ese conjunto de contradicciones íntimas que toda persona porta dentro de sí.

¿Cómo escribir entonces una biografía que se aleje de los estereotipos y de lo dócilmente hagiográfico? ¿Una biografía que hable del ser vivo, y no de esa imagen congelada que solemos retener a la hora de iniciar los debates? No lo tengo todavía demasiado claro, aunque tomo en cuenta aquello que anotaba Marcel Schwob:

El arte del biógrafo consiste, justamente, en la selección. No debe preocuparse por ser verdadero; debe crear, dentro de un caos, rasgos humanos (…) Desgraciadamente, los biógrafos han solido creer que eran historiadores. Y nos han privado así de retratos admirables”.

Juan Antonio García Borrero

LAS IZQUIERDAS PELIGROSAS (Fragmento de la biografía inédita de Tomás Gutiérrez Alea)

A pesar de la declaración del carácter socialista de la Revolución cubana en 1961, aquel campo tan heterogéneo de simpatizantes extranjeros que en un principio apoyó de modo unánime el liderazgo de Fidel Castro, en sentido general siguió respaldando los cambios impulsados por el gobierno de Cuba. Al dejarse establecido que era “el imperialismo norteamericano” el gran responsable de los males que agobiaban a los pueblos del Tercer Mundo, los integrantes de esa izquierda híbrida veían en aquel conjunto de medidas el preámbulo de una revolución mayor que permitiría, al fin, fomentar la justicia social.

Alrededor de Cuba existía una suerte de consenso, y como bien apunta Jorge Castañeda en su famoso ensayo “La utopía desarmada”,

En los sesenta, cuando se aisló totalmente a la Revolución Cubana de la oficialidad hemisférica, los intelectuales del continente sustituyeron en gran parte a gobiernos y embajadas. Todo intelectual latinoamericano digno de su pluma, su lienzo o su cancionero hizo su peregrinaje a La Habana en un momento u otro.[1]

Intelectuales como Mario Vargas Llosa, quien en el plano político con el tiempo devino uno de los más implacables objetores del gobierno de La Habana, recordaría que:

A finales de los cincuenta y principios de los sesenta estuve comprometido políticamente con causas e ideales de extrema izquierda. Como muchos latinoamericanos, mi entusiasmo por el triunfo de la Revolución Cubana fue muy intenso. Cuando Fidel Castro entró en La Habana fue algo sumamente importante para la izquierda en Latinoamérica…Yo estuve muy cerca de los ideales de izquierda; la idea del socialismo me resultaba sumamente atractiva.[2] Lee el resto de esta entrada

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