Archivo de la categoría: CORTOMETRAJES CUBANOS

LAVADORA (2012), de Yoel Infante Corbacho

Paul Ricoeur ha anotado en alguna parte que “una memoria privada de su dimensión crítica sólo satisfaría el imperativo de la fidelidad”.

En Lavadora (2012), el cortometraje del joven Yoel Infante Corbacho (1974), hay una voluntad de concederle a la memoria una dimensión crítica que trascienda el mero inventario de males sociales y miserias humanas (que sería otra manera de mostrar fidelidad, aunque en su vertiente negativa). Su trama está habitada por seres comunes que deben lidiar con esa situación límite colectiva que, por entonces, nadie esperaba: el llamado “Período Especial en Tiempos de Paz” que se viviera en Cuba en los años noventa del siglo pasado.

Esos noventa cubanos han sido ampliamente representados en el audiovisual de la nación. Algunas veces desde una perspectiva donde el “realismo sucio” se hace hegemónico, y en otras, como en la invaluable Madagascar (1993), de Fernando Pérez, con voluntad de impregnarle a la mirada una pretensión crítica que sobrevuela las circunstancias más puntuales, para revelarnos al individuo en su agonía más común y universal, esa que pone a prueba sus fuerzas para sobrevivir en el día a día, vívase donde se viva. Lee el resto de esta entrada

CAMIONERO (2012), de Sebastián Miló

Estoy recordando mi primer día en la Vocacional“Máximo Gómez”, de Camagüey (año 1976). Han pasado más de tres décadas y solo alcanzo a percibir el recuerdo difuso de una multitud de uniformes azules que lo inundaba todo.

Era la primera vez que me separaba de mi madre, y aún no había cumplido los doce años. El hijo único dejaba el seno sobre protector de su progenitora, para enfrentarse a un mundo absolutamente nuevo, en el cual debería aprender a lidiar con esos “otros” que jamás había visto con anterioridad. Para algunos (y así debieron señalárselo a ella en algún momento), aquello era un exceso: ya no solo sacaban a relucir lo que siempre ha sido mi frágil constitución física, sino las secuelas que desde el punto de vista sicológico podía acarrear la separación a nuestro estable orden familiar.

Todo esto viene de súbito a mi mente después de ver el impactante cortometraje Camionero (2012), de Sebastián Miló. La película me ha dejado en shock, porque el retrato que ofrece de eso que hasta ahora conocíamos de un modo más bien amable como “la beca”, resulta cualquier cosa, menos complaciente.

Al principio de la historia podemos encontrar a modo de exergo lo siguiente: “Durante la década de 1970 comenzó en Cuba un régimen de enseñanza interna en el que los alumnos debían compartir sus jornadas entre el estudio y el trabajo agrícola”. A mi juicio este texto, lejos de informar, encubre el sentido más inquietante de su propuesta. O lo que es peor, corre el riesgo de empobrecer de modo involuntario el alcance de lo que en realidad está examinando el corto.

Porque Camionero, si bien ubica la trama en un momento puntual de nuestra historia nacional (la Cuba de los años 70), en realidad se está refiriendo a un fenómeno absolutamente contemporáneo: el bullying escolar. Ese es el primer gran acierto de este cortometraje que trascenderá no por lo que denuncia del pasado reciente, sino por las abundantes inquietudes que sabe insertar alrededor de esos momentos inevitables en que los humanos se aglomeran (o son aglomerados) por las razones que sean. Tal vez no estemos conscientes de ello, pero Camionero pasará a la historia del audiovisual cubano como el primer filme que se enfrentó a este asunto del abuso escolar de manera frontal y sin eufemismos.

Y si afirmo que se trata de un asunto absolutamente contemporáneo es porque hoy el abuso puede ocurrir en una beca, mañana en una corporación donde todos usan smoking, y pasado mañana, en las situaciones más límites, una cárcel (llegado a este punto siempre recomiendo leer una de mis novelas favoritas: “Hombres sin mujer”, de Carlos Montenegro). En todos estos espacios se pone de manifiesto lo mismo: el individuo que “cada cual es en cada instante” lidiando con esos extraños que conforman al mismo tiempo ese mundo que a diario se construye y reconstruye, y del cual formamos parte mientras estemos vivos. Pues detrás de esa realidad aparentemente armónica que a diario percibimos (todo está en calma, y, sin embargo, “este mundo, tal como lo vemos, está sucediendo”, diría Pablo de Tarso), siempre estará la sorda hostilidad enmascarada con las más sofisticadas normas sociales.

Mi anterior observación, aún cuando despida ese hálito existencialista que incomoda a algunos porque no habla de la vida como algo solidario o lírico por naturaleza, sino en todo caso conflictivo (todo el tiempo conflictivo), en modo alguno se deshace del recuerdo casi eglógico que conservo de mis seis años en la Vocacional MáximoGómez. Mis recuerdos de entonces parecieran estar encadenados sin remedio a ese enfoque bucólico donde reaparecen una y otra vez los amigos que por primera vez me quisieron y protegieron con sus afectos, o la novia que nunca se enteró que fue mi novia, pero que a ratos sigue rondando las fantasías más privadas (como si el tiempo detenido fuese el real), o los profesores que terminaron siendo no solo mis camaradas, sino otra suerte de padres que supieron iluminar con sus consejos (más allá de las aulas, más allá de lo estrictamente académico) el camino que debía seguir. Pero una cosa es defender la autenticidad de eso que se recuerda (pura y legítima subjetividad), y otra creer que la dimensión de nuestro recuerdo puede convertirse en la medida de las cosas: que en nuestro recuerdo cabe todo lo que ha existido.

Lo que me impacta de Camionero es que se esfuerza en eludir ese afán mesiánico que no pocas veces domina nuestros discursos, nuestras maneras de comunicarnos con “los otros” (esos discursos que desde la cumbre espiritual que creemos encarnar, nos hace pensar que deberíamos ser una obligación para el prójimo). Interpretar Camionero desde lo lo que nuestra experiencia única percibe y dicta, por supuesto que es legítimo. Y de hecho será lo que con más regularidad se haga. Pero Camionero no es una foto de familia. Quiero decir, no es algo que puede reducirse a lo que nuestra experiencia sensible ha alcanzado a conocer.

Camionero es cine del bueno, de ese que nos sumerge en los abismos de la condición humana, y nos proyecta hasta nuestros propios límites individuales, única manera de reconocer el sentido recóndito del efímero tránsito por este mundo. Pero es excelente no solo porque se ocupe del individuo y la angustia que supone vivir, sino porque en términos narrativos es impecable, y visualmente deviene un ejercicio inmejorable de aciertos sustentados por lo mejor de la tradición cinematográfica.

Sebastián Miló se muestra convincente a la hora de construir la creciente tensión del filme. Asombra la destreza con que va combinando los momentos en apariencia ociosos con la violencia explícita. Desde luego, nada de eso hubiese sido posible si Miló no hubiese contado con un equipo de realización tremendamente inspirado. El trabajo fotográfico de Luis Najmías Jr., la dirección de arte, el diseño de la banda sonora, la edición que no permite que el relato caiga en tiempos muertos, las actuaciones donde se sortea de modo magistral lo caricaturesco (un riesgo que este tipo de película tiende a fomentar), contribuyeron a ese saldo tan positivo que ahora estamos apreciando.

Juan Antonio García Borrero   

 

OTRA ENTRADA RELACIONADA EN EL BLOG: 

Crítica de Antonio Enrique González Rojas

DOLLY BACK (1986), de Juan Carlos Tabío

Este post pudiera ser la segunda parte de aquel que publiqué en el blog con el título de “Esa escandalosa mentira que es la realidad”. Digamos que entonces, a propósito de la revisión de Dolly Back, se me quedaron en la cabeza algunas inquietudes relacionadas con la propuesta que Juan Carlos Tabío hace en el corto. Inquietudes relacionadas, en este caso, con la parte formal.

La tesis de la película parece resumida en lo que el personaje que interpreta Frank González (el director ficticio del filme dentro del filme) confiesa al final a su entrevistadora: “Esta película pretende que el espectador reflexione acerca de los engañosas que pueden resultar las apariencias. La película, el filme, trata de demostrar cómo cualquier juicio superficial, cualquier visión esquemática de la realidad conduce a un fracaso, a un escache, vaya”.

Sin embargo, aunque lo conceptual tiene aquí una indiscutible importancia, es lo formal (la manera en que se ha escogido narrar esa historia) lo que en el fondo estimula el interés. Se trata de un ejercicio de “cine dentro del cine”, donde es ese movimiento de la cámara que conocemos por dolly back lo que va diseñando nuestro horizonte de expectativas.

El cine producido por el ICAIC hasta ese momento más bien se había caracterizado por el anti convencionalismo. Lo cual no está mal, si se toma en cuenta aquella reflexión de Emerson: “¿Por qué, estando como estamos rodeados por esta Naturaleza que todo lo crea, suave y fluida como una nube o como el aire, hemos de ser unos pedantes tan obstinados y ensalzar unas pocas formas? ¿Por qué hemos de dar cuenta del tiempo, o de la magnitud o de la forma?”

De los cineastas cubanos, Tabío ha sido uno de los que más ha combatido ese empobrecimiento expresivo. En sus películas, que suelen ser “realistas”, podemos encontrar una y otra vez acciones imprevistas que buscan arruinar la identificación pasiva del espectador con aquello que le están contando. Como si de repente el mago le describiera a su público cómo es que consigue asombrar a todos con sus trucos.

Pero no se trata de una experimentación a secas. Tabío apela todo el tiempo al humor. Y puede decirse que, en este sentido, ni siquiera se toma demasiado en serio su particular cruzada contra la solemnidad que otros han tratado de imprimirles a sus estilos. Tabío es, definitivamente, un maestro del choteo ilustrado.

Juan Antonio García Borrero

NICANOR DEL LLANO, QUÉ BUENA GENTE…

Nicanor del Llano, qué buena gente…

Por: Antonio Enrique González Rojas

La sátira y parodia social son prácticas comunes en el arte mundial durante milenios, como primado modo catártico de las comunidades humanas para purgar de su conciencia los demonios del desmán político, el abuso de poder, la injusticia, la miseria, el control excesivo; modo muy seguro de disentir, sin riesgos reales de represiones violentas y/o censuras severas. Utilidad esta última apreciada por los núcleos de poder, como sutil modo de control del descontento: leve grieta en el muro, que evita la acumulación de excesivas masas acuosas, cuyo volumen constreñido termine por derruir la presa. Si bien muchas de las obras y personajes ficticios adscritos a esta tendencia han sufrido igualmente el silenciamiento forzoso, cuando acorde las circunstancias derivan de meros bromistas ácidos, a promotores virulentos de inminentes revoluciones.

Los títeres europeos Guignol, Kásperle, Punch & Judy, Polichinela; los cubanos Liborio, El Bobo, El Loquito, Pucho, y más recientemente el televisivo Profesor Mentepollo, han devenido en cada momento espacio-temporal, icónicos representantes de la conciencia multitudinaria, cuya rebelión latente engrosa en los acervos, con cada frustración de no encontrarse representado, de no escuchar su propia voz. Devienen personajes plurales hasta la locura, donde siempre cabe una faceta epocal, social, personal. Son populares a ultranza, atalayas atentas a toda vuelta de tuerca practicada por los engranajes del poder, para levantar enseguida la nueva esquina de la alfombra donde se acumulan los detritos y cuitas.

Emprenden tales entidades acres críticas contra todo lo sacralizado, contra todo símbolo investido de autoridad o instrumentalizado por la autoridad para justificar y fomentar sus estrategias y objetivos. Se comienza a escribir la historia de la estupidez humana, a derribar pilares del fundamento, quebradizos estos por soplar sobre ellos los resecos vientos de la gloria. Todo se delata susceptible de relativización, empalados todos los amables fantasmas del pasado (y del presente), con varas afiladas de sorna y chanza, azotados con denuedo entre los tintineos de cascabeles furibundos. Reveladas quedan sus vergüenzas, desaparecido el acato, al menos de las mentes, si no de las voluntades.

En la época postmoderna que toca vivir, todos los paradigmas con ínfulas de perdurabilidad estallan, para bien y también para mal. Para mal, cuando se articulan discursos hueros, que desdibujan todo significado (incluso progresista, de rebelión), a favor de perpetuar el stablishment desde la alienación de todo. Estallan para bien, cuando se erige una nueva prédica, nacida de entre las cenizas de la hoguera, donde ardieron cánones y vanidades. Resulta un alegato del cambio perpetuo, a favor de la revolución perenne, con ciertos matices anárquicos, alertas ante todo lo que amenace quiste. Del desafío han emergido siempre las vanguardias y las corrientes alternativas (contraculturas), desde la desconstrucción de las mamparas kitsch que ocultan y hasta niegan toda fetidez, delatora de imperfección. Del desenfadado y lúdico cuestionamiento emerge gran parte de la obra audiovisual del también escritor, dramaturgo, guionista y actor cubano Eduardo del Llano (Moscú, 1962), realizador, entre otras obras, de la decena de cortos protagonizados por su alter ego continuamente pluralizado, Nicanor O´Donnell.

Del Llano se ha definido dentro del humor escénico y literario nacional, desde finales de la década de 1980, por su participación decisiva en el grupo Nos y Otros; por libros como Aventuras del Caballero del Miembro Encogido, Tres, Cuentos de Relaxo, Los doce apóstatas, Un libro sucio, Basura y otros desperdicios; por los guiones de filmes que han marcado de alguna manera la faz de la cinematografía cubana, como Alicia en el pueblo de Maravillas, Kleines Tropicana (Daniel Díaz Torres, 1991 y 1997), La vida es silbar, Madrigal (Fernando Pérez, 1998, 2006), y Perfecto amor equivocado (Gerardo Chijona, 2004), filme donde su icónico personaje de O´Donnell, encontró adecuado recipiente en el actor Luis Alberto García (Hijo), para encarnarse definitivamente en este mundo desde su universo bidimensional de papel, tras un primer intento no consolidado con Carlos Cruz, en Kleines

Aunque el escritor del filme de Chijona no se adscribió directamente al nombre del personaje, a diferencia de los sempiternos Ana y Rodríguez, sí se definieron a cabalidad sus principales rasgos caracterológicos, volcados ya en el primero de los diez cortometrajes realizados hasta ahora: Monte Rouge (2004), ácida sátira sobre el pragmatismo maquiavélico del poder, más allá de la referencia socarrona e irreverente a los servicios secretos de la seguridad estatal. Es suerte de ardiente girasol sesentero, sembrado en el cañón del tenso fusil.

Inspirada en un cuento, casualmente escuchado por mí hace más de un lustro en la Facultadde Comunicación de la UH, donde del Llano leyó y habló de su obrar, la pieza en cuestión delata signos estéticos que en lo adelante también definirían la factura de los audiovisuales “del llanianos”: preeminencia del diálogo, muy literario, pletórico de referencias cultas, caústica ironía, en consecuencia total con la obra impresa protagonizada por Nicanor, redundante esto a veces en cierto acartonamiento de las interpretaciones, constreñidos los actores por parlamentos muy largos, o no lo suficientemente orgánicos, aunque los guiones ganan en agudeza hasta llegar a la casi sublimada Brainstorm (2009), suerte de cúspide (hasta ahora) de la franquicia, legitimado con varios galardones a escala nacional e internacional, que consiguieron remontar el silencio mediático cernido sobre estas obras y este obrar.

Común es la participación del director, encarnando personajes secundarios: ya sea el escueto técnico de Monte…, el agrio padre de Photoshop (2006), el apocado dirigente de Intermezzo (2008), el obtuso Rojas de Brainstorm, o el incauto funcionario de Exit (2011), que no sabe pronunciar Pompidou. Sigue la senda de los ingeniosos cameos hitchcockneanos, o las más extensas presencias de Tarantino, sin llegar al ególatra protagonismo de W. Allen. El tema compuesto por Frank Delgado, originalmente interpretado por el cantautor en el piloto Monte Rouge, ha variado en la voz y arreglo de otros músicos como William Vivanco, Dionisio (Zeus), Fernando Bécquer, Carlos
Varela…

No busca del Llano una regularidad formal; varía mucho acorde los propósitos dramáticos y de experimentación de un cineasta en ciernes, desde la casi amateur cámara de Monte…, hasta el estatismo subjetivo de Homo Sapiens (2006), y el minimalismo de Pas de Quatre (2009) y Pravda (2010).

El elemento absurdo o fantástico, irrumpe algunas veces en los cortometrajes como chispazo delator del más grande absurdo de la situación presentada, dígase es la invasión alienígena que concluye Brainstorm, o el policía que emplea jerga de las novelas de Emilio Salgari en Pravda. Al igual que en la literatura, deviene constante el travestismo de Nicanor, la extrema flexibilización de su carácter, contexto epocal y familiar, ascendencia, oficio, hábitos, filosofías de vida, sin violar su naturaleza de (anti)héroe casi trágico, hombre común, intelectual, filántropo iluminado incomprendido, obrero, trabajador de Cultura, pululantes todos por igual entre las masas anónimas, mudas, de a pie, concomitante con Josef K., Gregorio Samsa, Yuri Zhivago, Sergio Garcet, vapuleados, arrollados por cada bandazo de la sociedad.

Comulga con estos personajes, por lo generalmente frustrante de su existir, sin abandonar el gracejo que lo acerca al más popular y mediático Profesor Mentepollo, devenido ícono pop, ente catártico que refleja “el (real) sentir del pueblo”. Nicanor es mucho más íntimo, deudor de otras maneras de hacer humor, al chocarrero estilo de Monty Python y Les Luthiers. Pero deviene igualmente personaje crítico, conciencia malditamente lúcida de la sociedad, que busca mil y un intersticios para participar y validar sus opiniones divergentes, desacralizando rancias posturas, algoritmos rígidos, atacando los cimientos de la sociedad: la paranoia del poder (Monte… y Pravda), la anulación de la voluntad participativa real, cimiento de la amoralidad mal calificada como doble moral (Intermezzo), el analfabetismo funcional/conservador (Homo Sapiens, 2006), la reiterada represión de la bondad humana espontánea y sincera (Pas de…).

Nicanor O´Donnell, divulgadas sus venturas y desventuras desde la alternatividad a veces sobrelegitimadora (prohibir o soslayar algo es su mejor promoción), ha definido a Eduardo del Llano como uno de los nombres claves dentro de la cinematografía “independiente”, definida no tanto por la producción no oficial, sino en cuanto a estética, frisando la categoría de “autor”, con bastante acierto, sin llegar al sello ideoestético alcanzado por otro creador underground como Jorge Molina. Definido queda del Llano por la autenticidad del personaje axial de la franquicia y sus sólidos secundarios, como la némesis y antípodas que es Rodríguez (Néstor Jiménez) y los más circunstanciales Ana, Rojas y otros involucrados.

Definido está el Nicanor audiovisual por la consecuencia con el resto de la obra literaria y teatral de Eduardo, con su actitud desafiante del intelectual que cumple a cabalidad la tarea de inquietar, también de epatar, ¿por qué no?, y sobre todo de engendrar muchas preguntas, sin malograrlas con respuestas y fórmulas, pues cada receptor de las andanzas de este ente pluridimensional, deberá responderlas a su medida, imagen y semejanza. Engrosado queda el definido por Juan Antonio García Borrero como “discurso de la duda”, pletórico de personajes cuestionadores, pesimistas, devotos del Nihil, desesperanzados, descolocados, que ya dejaron hasta de buscar hombres con sus lámparas, entre la multitud.

ESA ESCANDALOSA MENTIRA QUE ES LA REALIDAD

Hace poco vi otra vez “Dolly Back” (1986), corto de Juan Carlos Tabío, que es uno de mis preferidos del cine cubano. Preferido no sólo porque sigue siendo una de las historias más divertidas que se han filmado por el ICAIC, sino porque además de eso, inquieta. Y cuando el humor se encarga de inquietarnos, de revelarnos la parte cómica que tiene toda pretensión de solemnidad, y nos enseña nuevos ángulos de la existencia, puede decirse que no se ha perdido el tiempo.

No son muchas las películas que en el cine cubano se plantean un enfoque escéptico ante la realidad. Casi siempre predomina la confianza ingenua en el poder de captación de la cámara. Como si un simple aparato pudiese aprehender todo lo que acontece ante nuestros ojos, y revelarnos la naturaleza última de esos procesos y circunstancias siempre dinámicas en que vivimos sumergidos, apresados.

Tabío, con su corto, ha sido pionero entre nosotros de esa voluntad de desenmascarar tal falacia fílmica. En “Dolly Back” está el germen de un enfoque suspicaz que el propio realizador reutilizará en “Plaff” (1988) y “Aunque estés lejos” (2003). Creo que sólo en “Madrigal” (película que no es exactamente la que más me gusta de Fernando Pérez) se retoma este grito de guerra contra la ingenuidad del espectador común, y nos invitan a mirar con actitud crítica ya no solo la realidad, sino los mecanismos que utilizamos para construirla.

Por el momento, la construcción de “mundos propios” dentro del cine nacional no resulta una faena tan popular. Hay demasiada obstinación en describir los mundos que ya nos han dicho que existen, los que nos han impuesto o pretenden imponer a diario, por lo que va a demorar que aparezca una película en la que pueda apreciarse aquello que Reinaldo Arenas exaltaba en su momento de “Pedro Páramo”: “La obra, partiendo de una realidad particular, recrea un paisaje que no es el cinematográfico o el que podría ofrecernos un indigenista apasionado, sino el que solamente le está permitido contemplar al poeta”.

Desde luego, habrá que cuidarse de ese frecuente equívoco que suele confundir lo poético con lo bonito. Lo poético tiene que ver con aquello que Novalis apuntaba: “Todo lo visible reposa sobre un fondo invisible; lo que se entiende, sobre un fondo que no se entiende; lo que es tangible sobre un fondo impalpable”. El creador de audiovisuales tendría entonces que tener conciencia de que aquello que se asoma a su visor es apenas una máscara de algo todavía indescifrable y embustero.

Y es su deber dar un paso atrás. Y otro. Y otro. Y otro. Hasta que en ese interminable retroceso parecido al dolly back cinematográfico, los seres humanos alcancen por fin su dimensión real: la dimensión de hormigas locas corriendo sobre un gigantesco escenario donde todos los días ponen una obra mayor, de cuya trama y sentido nunca alcanzamos a enterarnos.

Juan Antonio García Borrero

Ficha técnica:

DOLLY BACK (1986)/ 11’/ Director y guionista: Juan Carlos Tabío/ Fotografía: Adriano Moreno/ Edición: Roberto Bravo/ Sonido: Marcos Madrigal/ Actúan: Alejandrito Díaz, Filiberto Romero, Luis García, Mirtha Ibarra, Samuel Claxton, Ramoncito Veloz, Roberto Fernández, Luis Celeiro, Nicolás Reynoso, Rodolfo Beltrán, Reina Cueto, Oscar Alvarez, José Hernández, Luis Alberto García (hijo), Albertico Pujols, Orlando González, Frank González, Hilda Rabilero.

A través de situaciones aparentemente reales, este corto intenta decir que las apariencias pueden ser engañosas y que una visión esquemática de la realidad conduce al fracaso.

PREMIOS: Premio (compartido) al mejor corto de ficción en VIII Festival de La Habana (1986); Colón de Oro al mejor corto en XIII Festival de Cine Iberoamericano de Huelva, España (1987).

EL UNICORNIO (1988), de Enrique Colina

Ficha técnica:

EL UNICORNIO
(1988)/ 18’/ Dirección: Enrique Colina/ Guión: Enrique Colina y Amado del Pino, según el cuento de Stanislav Stratiev “Una mañana”/ Fotografía: José M. Riera/ Música: Silvio Rodríguez y Oriente López/ Edición: Gloria Argüelles/ Sonido: Raúl García, Leonardo Sorrell/ Actúan: Ana Viña, Rogelio Blaín, Amado del Pino, Erick Yaca, Laritza Ulloa, Verónica López, René de la Nuez.

Sátira social que denuncia a través del absurdo la ausencia de una coherencia ética entre la conducta pública y el criterio propio.

El Unicornio es mi primera incursión en el cine de ficción. A mí no me gustó el resultado de este trabajo. En realidad “El Unicornio” era una idea bastante compleja y no pude impedir que cayera en la caricatura. De todos modos, reivindico la intención porque aborda una parte de nuestra realidad de una forma bastante descarnada: el dirigente oportunista acomodado que otrora fue combativo y polémico, pero perdió su criterio e identidad personal. En ese aspecto sí cumple un cometido.” (Enrique Colina).

“(…) retrato hilarante de un burócrata que debe participar en una asamblea, pero no logra encontrar en casa su “opinión” por escrito, sin la cual ya no sabe qué decir o qué hacer… Colina utiliza una canción de Silvio Rodríguez, “El Unicornio”, sugiriendo así que el funcionario desprovisto de ideas personales encierra sus ilusiones perdidas: la burocracia no representa pues una maldición moral, caída no se sabe de dónde, sino la excrecencia de una sociedad revolucionaria que abandonó una parte de sí misma por el camino.” (Paulo Antonio Paranagua).

Fuente:

Paranagua, Paulo Antonio. “Nuevos desafíos del cine cubano”. Separata de revista Encuadre (Venezuela) 7 ’91, p 15 (Panorama del cine cubano post ochenta).

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