POST-CONGRESO: NOTAS PARA UN DEBATE SOBRE EL INTELECTUAL Y LA CULTURA CUBANA EN EL SIGLO XXI

Desde la guagua que todas las mañanas nos conducía del hotel donde estábamos alojados al Palacio de las Convenciones en el cual se celebró el VIII Congreso de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba, podía advertirse cómo la vida fluía lentamente y en silencio en esa Habana de ahora mismo. Un par de veces los agentes del tránsito detuvieron la circulación para que los autobuses en que viajaban los delegados no tuviesen interferencia alguna. Solo en esos casos la gente que a esa hora se movían en las calles (ya fuera como peatones o dentro de algún automóvil) reparaba en nosotros.

Tal vez alguno consiguió asociarnos a ese Congreso de artistas y escritores que tanta publicidad recibió en los medios cubanos, generando un sinnúmero de expectativas. Tal vez. Entonces quizás se preguntaran, escépticos, cuánto podrían influir en sus vidas los debates que podrían sostener ese grupo de personas que dedican la mayor parte de su tiempo al mundo espiritual, y a lo que por lo general no tiene una utilidad práctica inmediata. O tal vez defendieron la posibilidad de esa reunión, pensando que no solo de pan vive el hombre, aunque el pan sea imprescindible. Creo que, sin embargo, la mayoría ni se tomó la molestia de pensar en nada de esto debido al peso que tenían en esos instantes las ocupaciones puntuales que los movilizaban.

Lo que sí seguramente fue común en todas esas vidas que coincidieron con el paso de nuestros autobuses es que, menos de un minuto después de aquellos cruces casuales, ya nos habían olvidado. La vida siguió su curso natural, impredecible, y seguramente mientras el grupo de artistas y escritores cubanos que fuimos al Congreso discutíamos cosas importantes relacionadas con “la cosa pública”, en la vida real (esa que está más allá de las ventanillas de un bus, o de un salón climatizado de reuniones) acontecieron eventos que, para bien o para mal (eso poco importa en términos fenomenológicos) siguen movilizando a la gente de a pie, y van diseñando (sin que muchas veces lo advirtamos a tiempo) el perfil de nuestras cotidianas existencias.

En este punto recuerdo que mucho antes de que en “Ser y tiempo” Heidegger describiera con una minuciosidad todavía no superada las modalidades de nuestro cotidiano convivir, distinguiendo las diversas manifestaciones de la existencia auténtica y no auténtica, José Martí había apuntado en uno de sus cuadernos esta inquietante observación: “Las convenciones creadas deforman la existencia verdadera, y la verdadera vida viene a ser como corriente silenciosa que corre dentro de la existencia aparente, como por debajo de ella, no sentida a las veces por el mismo en quien hace su obra sigilosa. (…) La tierra es hoy una vasta morada de disfrazados”.

Cuando Martí habla en su apunte de “la verdadera vida” y más adelante anota eso tan tremendo de que “La tierra es hoy una vasta morada de disfrazados”, uno no puede dejar de preguntarse cuánto de responsabilidad no ha tenido lo que hoy llamamos cultura en esa incesante construcción de mascaradas colectivas. Habrá, entonces, quien se sienta tentado de renunciar a la cultura, por mistificadora, y se pronuncie por regresar a la vida como es ella en su sentido más primigenio: la vida entendida como un canto a la lucha despiadada por sobrevivir en el día a día; una lucha donde, por cierto, hoy no sobrevivirían los más fuertes en el plano físico o espiritual (falacia manipulada en más de una ocasión por grupos humanos que dicen hablar en nombre de la humanidad y su bienestar), sino los que más riquezas materiales han conseguido acumular en todos estos tiempos.

¿Será entonces que la cultura no es más que otro dispositivo a través del cual se consigue domesticar lo más originario de la existencia, que es en todo caso, lo que habría que asociar a lo auténticamente creativo? ¿No es real que, como el Derecho, la Cultura (con mayúsculas) vendría a articular en términos sospechosamente armónicos aquellos disensos y pugnas físicas y simbólicas que están en el fondo de nuestras existencias? ¿No sería acaso la cultura algo que lejos de empujarnos a mirar la vida como es nos hace adictos a su constante maquillaje?

Si nos guiáramos por aquel aforismo de Nietzsche donde este afirma que no existen fenómenos morales, sino en todo caso interpretaciones morales de los fenómenos, entonces tendríamos que asumir que ninguna cultura será más moral o menos inmoral por lo que muestra o deja de mostrar, sino por lo que nuestras humanas interpretaciones intentan resaltar o dejar de resaltar de ellas, según nuestros intereses más íntimos. Es en la interpretación que hagamos del fenómeno cultural que evaluamos donde se pondrán en evidencia los intereses particulares o grupales de quienes defienden o se oponen a determinados valores o anti-valores culturales. O dicho por lo claro: que muchas veces cuando hablamos de la cultura, en realidad no estamos hablando de ella como es, de sus valores intrínsecos y contradictorios (que los tiene), sino de nuestras fantasías más particulares, nuestras aspiraciones en función del mundo que quisiéramos imponer, no del mundo que es.

Reconocer esto no significa en modo alguno dejarnos seducir por ese postura relativista que pretende obviar las indiscutibles jerarquías, y los valores adquiridos a lo largo de tantos siglos, valores que han permitido que, a pesar de todo lo que falta por conquistar, los humanos de hoy gocen de derechos que hace menos de sesenta años parecía cosa de literatura utópica (estoy pensando, por ejemplo, en los derechos conquistados por los negros que vivían en los Estados Unidos de los años sesenta del siglo pasado). Reconocer lo anterior, insisto, significa ganar conciencia de la complejidad de los fenómenos culturales, y con ello, aceptar el desafío martiano que llamaba a reparar también (o quizás, sobre todo) en ese conjunto de acciones, prácticas, que operan más allá de las convenciones creadas y terminan perfilando a la existencia profunda, que al decir de Martí, sería la verdadera.

Debo confesar que algo de eso fui buscando al Congreso que recién acaba de finalizar, y debo confesar también que, al margen de escuchar diversas intervenciones valiosas por provocadoras (incluyo en ese grupo las de Abel Prieto y Díaz-Canel), no encontré como conjunto eso perturbador que tanto ansiaba. Más bien sentí que, a ratos, otra vez era presa de esa incómoda sensación de déjà vu que nos hace creer que ya hemos vivido en otra época el instante que experimentamos en el presente.

Quizás sea porque para mí el Congreso empezó mal, con esa forma arbitraria y anti-democrática en que la Comisión de Candidatura decidió elegir loscandidatos al Consejo Nacional de la UNEAC, obviando la voluntad de aquellos que, en la base, hicieron sus propuestas. No cuestiono a quienes quedaron finalmente dentro, pero sí me inquietan los misteriosos parámetros utilizados para excluir, porque exclusión al fin, en el fondo ello ha respondido a una estrategia trazada de antemano, estrategia que en este caso no se discutió de modo transparente (como hubiese correspondido en un foro como fue el Congreso), sino que se impuso sobre bases jamás aclaradas del todo. Y me preguntarán: ¿es importante eso? A mi modo de ver las cosas, sí, porque estamos hablando de debatir con transparencia, de redefinir políticas culturales que estén en consonancia con lo que está pasando actualmente en el mundo. Y estamos hablando de concederle al socialismo cubano un carácter mucho más participativo y democrático, prescindiendo precisamente de métodos como los utilizados por la Comisión encargada de elaborar los listados finales.

En la primera sesión plenaria del Congreso, el presidente Miguel Barnet leyó unas palabras de las cuales cito este segmento que me parece esencial: “En el periodo que concluye comenzamos a aplicar una política de exigencia, que se deberá reforzar para que la UNEAC represente efectivamente lo más avanzado del movimiento intelectual del país y para que, con propiedad, podamos definirnos como una vanguardia. Una pregunta que debemos hacernos cada día es si somos verdaderamente esa vanguardia o no. Para ello tendremos que dar prominencia en nuestros foros y debates a los temas de la creación, al análisis de las tendencias estéticas contemporáneas y al reflejo de estas en nuestra labor cotidiana”.

En lo personal pienso que la UNEAC ahora mismo no se encuentra en esa posición de avanzada intelectual. No basta con que la organización cuente con más de nueve mil miembros, y que muchos de ellos tengan una obra artística relevante. Ya se sabe que un equipo donde todos sean “estrellas” no necesariamente garantiza la obtención de un campeonato, o la revolución de los escenarios donde participa. Para estar en la avanzada, en la vanguardia, se necesita respirar a tono con la época.

¿Puede decirse que la UNEAC respira en consonancia con una época como la nuestra, marcada por la proliferación de saberes informales y a su vez, consumo informal de esos saberes, por la multiplicación casi infinita de pantallas, dispositivos móviles, e innumerables herramientas electrónicas? No lo creo, y tomaré como ejemplo para mi argumentación algo que apuntaba el vicepresidente Díaz-Canel en su intervención de la clausura:

Debemos evaluar con rigor el impacto de las nuevas tecnologías en el consumo cultural, en la creación y la distribución. No puede verse ese impacto como algo negativo, sino como un reto inédito para la relación de las instituciones con los creadores, que debe reforzarse sobre reglas de juego diferentes. Tenemos que usar las nuevas tecnologías para promover lo mejor del talento con que contamos

¿Pudieran los más de nueve mil miembros que actualmente conforman la UNEAC asumir ese desafío? Pienso que no, porque no basta con que se tenga acceso a Internet (como lo tienen los artistas y creadores de este país, quienes pueden navegar en las salas de navegación que existen en todas las provincias, pagando apenas cinco pesos por la hora), para hacer un uso verdaderamente creativo de esas herramientas. Otras veces hemos comentado y debatido en el blog acerca de la necesidad de que impulsemos en Cuba una segunda campaña de alfabetización, en este caso de corte funcional y tecnológica. Pues bien, esa campaña debería comenzar por casa, toda vez que si entre los ciudadanos de a pie ese neo-analfabetismo pudiera entenderse debido al precario acceso que tienen los cubanos a la red, en el caso de lo que llamamos vanguardia intelectual (la que se supone que esté en la avanzada) no podría entenderse el escasísimo interés que ponen el grueso de los miembros de la UNEAC (incluyo también a sus dirigentes) en la actualización de esos conocimientos.

De hecho, si se hubiesen aprovechado mucho mejor estas tecnologías, el propio Congreso se habría beneficiado con los debates previos. ¿Por qué, por ejemplo, no pudo circularse entre los delegados cada uno de los dictámenes, si casi todos tienen correos electrónicos?, ¿no habrían ganado en calidad las intervenciones si se hubiesen estudiado los temas desde antes?, ¿no habríamos tenido propuestas concretas para solucionar muchos de los problemas que allí se plantearon?; ¿no hubiese sido una manera diferente de comenzar a pensar críticamente los desafíos que nos rodean?

Ahora bien, dije que la UNEAC no es actualmente una organización de vanguardia y lo mantengo. Pero a ello tendría que añadir que no lo es por lo que cada uno de los miembros dejamos de aportar para que lo sea. Desde el momento en que me meto en mi torre de marfil para hacer mi trabajo intelectual alejado de las mediocridades, estoy cediéndole espacio precisamente a la mediocridad y al inmovilismo intelectual. Nadie legitima más la mediocridad y ya de paso la multiplica, que aquel que renuncia a enfrentarla. Así que la crítica que pueda percibirse aquí la asumo también como autocrítica.

Por último, quisiera comentar algo que tal vez resulte más controvertido que lo anterior. No soy ingenuo. Sé que siempre estaremos en medio de una guerra ideológica subordinada a los intereses de grupos que pugnan por el control político de nuestras vidas. Tocqueville, a mi juicio, sigue teniendo razón con aquello que apuntó en algún momento: “A los hombre no lo dividen las ideas, sino los intereses”. Y los intereses de aquellos que han conseguido la hegemonía cultural siempre tendrán más posibilidades de pasar ante los ojos de la sociedad como intereses nobles, altruistas, libertarios. En tal sentido, coincido en la necesidad de que defendamos un pensamiento crítico que sea capaz de desenmascarar las falacias que albergan buena parte de esas retóricas “libertarias”.

Sin embargo, creo que los problemas que los cubanos confrontamos con la cultura deben ser examinados en espacios que trasciendan la simple oposición de “oficialistas” y “opositores”. Y aquí traería a relucir nuevamente una observación de Jorge Mañach que siempre me ha parecido muy lúcida: “Yo creo que uno de los males de Cuba es que tendemos demasiado a ver las cosas públicas en función de la política. Se reducen los problemas a simples conflictos de partidos o de gobiernos y oposiciones… Nuestros problemas vienen de más abajo y de más hondo. Nacen en la raíz misma de la ciudadanía”.

Creo, efectivamente, que una cultura donde predomine la banalidad, y la simple imitación de valores importados, estarán condenando a la nación a devenir un simple albergue de disciplinados epígonos. Y como por nación entiendo a algo que va más allá de la isla física, o del Estado, como en su momento apuntó en un ensayo sobre la identidad Cintio Vitier, entonces me queda la impresión de que estaríamos perdiendo todos. Estarían perdiendo los socialistas, pero también aquellos que teniendo una visión diferente de nuestros modos de convivir, lamentarían que los nietos de nuestros nietos hagan del desarraigo más radical algo común.

De allí la importancia que tendría para todos proteger la cultura cubana, que es a la larga la que nos ha permitido y seguirá permitiendo exponer nuestras más humanas y a veces irreconciliables diferencias, pero también, reconocernos en ellas y conservarlas para la memoria histórica en forma de identidad. Una identidad que por suerte, permanece en construcción.

Juan Antonio García Borrero

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Publicado el abril 20, 2014 en Uncategorized. Añade a favoritos el enlace permanente. 2 comentarios.

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