EL CINE CUBANO COMO RELIGIÓN

Hace un par de días un amigo, no sin algo de ironía, me aseguraba que en mi caso el cine cubano se había convertido en una suerte de religión. Dedicarle tanto tiempo a su investigación, a su promoción, le parece a todas luces un exceso.

Más que reprocharme la creencia en una divinidad fílmica que nos trasciende, esta persona asocia mi obsesivo interés por el cine cubano con lo religioso, quizás por ese conjunto de prácticas rituales a través de las cuales el creyente fervoroso afianza su fe y contribuye a multiplicar el culto.

Cada post que cuelgo, de acuerdo a su interpretación, sería algo así como una oración que reverencia hasta el infinito al cine cubano. Y en el fondo no podría defenderme de ese cargo, en tanto, ¿quién asumiría en esta vida el estudio de aquello que íntimamente no le apasiona? Ni siquiera el método fenomenológico escapa de esa propensión humana que vincula el conocimiento al interés. Solo que en mi caso, esa pasión por el cine cubano me empuja a buscar más en lo que ha quedado en la sombra historiográfica, en lo que se ha dejado de decir (que es mucho más de lo que se ha dicho), que en lo que han repetido hasta la saciedad los periódicos, y sobre todo, “la Historia oficial”.

En este sentido, hago mía con plena energía lo que en su momento Einstein apuntara:

“Lo más hermoso que podemos experimentar es el misterio. Es la fuente de todo arte y toda ciencia de verdad. Aquel para quien esta emoción es desconocida, aquel que ya es incapaz de detenerse para maravillarse y sentirse transportado por un sentimiento reverente, vale tanto como un muerto: sus ojos están cerrados. Esta vislumbre del misterio de la vida, bien que unida al temor, ha dado también origen a la religión. El saber que lo que es impenetrable para nosotros realmente existe, manifestándose como la más alta sabiduría y la más radiante belleza, que nuestros torpes sentidos sólo pueden captar en sus formas más primitivas: este conocimiento, este sentimiento, está en el centro de la verdadera religiosidad. En este sentido, y sólo en este sentido, pertenezco a las filas de los hombres devotamente religiosos”.

Pero, ¿qué podría perdurar de misterio en el cine cubano a estas alturas?, preguntará todavía con sorna mi interlocutor. Hablamos de una cinematografía con un número reducido de películas, si se compara con la producción de países que cuentan con una industria audiovisual muy desarrollada. Y la cantidad de libros que se están encargando de revisarla corre el riesgo de triplicar la cifra de películas que componen el corpus. Con tantas investigaciones que se han diseñado, publicado y discutido, ¿qué quedaría aún por estudiar?

Pues mucho, diría yo. Entre nosotros apenas se ha estudiado a la audiencia, por ejemplo. O los cines, como espacios inconscientes de intercambio cultural, siguen siendo verdaderas incógnitas. Tampoco nos hemos preocupado demasiado por rastrear la génesis de las ideas que en cada caso originaron a las películas mismas, y que por lo general, hay que localizar fuera del contexto fílmico. “Las películas de cine”, apuntaba Bergman en su libro de notas, “son documentos de historiador para guardar en los archivos: cómo se interpretaban la comedia, en 19… el señor X o la señorita Y”. Muchos de nosotros, sin embargo, todavía nos damos el lujo de creer que una película cubana es algo que se hizo para pasarla bien (o mal) un rato, y al instante olvidarla. Eso garantiza que si se intentara borrarla de la memoria colectiva, no quedaría remordimiento alguno.

Pero volviendo a esto del cine como religión. El comentario de este amigo me hizo recordar también aquel texto de Miguel de Unamuno titulado precisamente “Mi religión”. Porque allá el filósofo español debía defenderse de los embates de quienes le demandaban al pensador una definición más transparente en cuanto a sus ideas religiosas, y sobre todo, le exigían que aportara soluciones con aquellos textos polisémicos que con regularidad escribía.

Y yo, para concluir”, decía Unamuno en ese texto”, “les diré que si quieren soluciones, acudan a la tienda de enfrente, porque en la mía no se vende semejante artículo. Mi empeño ha sido, es y será que los que me lean, piensen y mediten en las cosas fundamentales, y no ha sido nunca el de darles pensamientos hechos. Yo he buscado siempre agitar, y, a lo sumo, sugerir, más que instruir. Si yo vendo pan, no es pan, sino levadura o fermento”.

Y eso es lo que viene significando el cine cubano para mí: no pan ya hecho, sino levadura intelectual.

Juan Antonio García Borrero

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Publicado el enero 21, 2013 en REFLEXIONES. Añade a favoritos el enlace permanente. 1 Comentario.

  1. Guislaine Mesa Ruz

    Hola Juani, sabes que me parece genial tu adicción, digamoslo así, sana por cierto, hacia el cine cubano, los que tenemos el gusto de conocerte sabemos que en ti encontramos el comentario inteligente sobre el llamado septimo arte, y si en tu espacio Ciudad Simbólica, invitas a disfrutar de una película, por lo menos se bien que no por llenar la sala, tu comentario e invitación son la mejor opción. Pero imaginate que estabas fuera de la provincia y este fin de semana viendo en la televisión imagenes de la película cubana ” Cecilia Valdés” pensé, que bueno ver a Juani, para onversar de la producción tan impresionante, que como en tantas otras peliculas cubanas, sin recursos, han hecho nuestros creadores cubanos. En fin sigue así, porque amigo pienso que para hablar de cine cubano y de espacios dedicados a ese fin, hay que contar contigo, y ha pasado el tiempo, pero lo demostraste en esa asamblea de la UNEAC, donde tu intervención sobre el cine camagüeyano fue tan acertada. Gracias amigo, muchas gracias. Esperamos otra invitación a disfrutar del buen cine que recomiendas.

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