LINO E. VERDECIA SOBRE EL CINE CUBANO MÁS ALLÁ DEL MAR

A PROPÓSITO DEL COMENTARIO DE GARCÍA BORRERO SOBRE EL ARTÍCULO “El cine cubano de la diáspora: la identidad fragmentada”, de J. L. Lanza Caride

Juani:

SABIDO es que el tema de la identidad es harto atractivo a la vez que sumamente complejo y de por sí polémico. Me gusta la polémica, pero la polémica reposada, con pasión pero sin exaltación, con calor pero sin fiebre. Y como ya me “inculpaste” con toda razón y camaradería que no me hubiera sumado a otros momentos donde ha habido controversia, he aquí que –porque además dispongo de un poquito de tiempo- voy a llegar hasta tu blog por vez primera. (La razón para no haberlo hecho antes estriba en que acceder a Internet para mí es, generalmente, casi una hazaña, aunque pueda parecerle muy raro a colegas y lectores en general. Como decía aquel personaje del humorismo radial que encarnaba José Antonio Rivero: “no andes en esa gaveta, que tiene cucarachas”).

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Pero vayamos a lo que me (nos) ocupa. Lamento tener que partir de no conocer el artículo del colega Lanza, pero colijo por tu comentario cuál es la perspectiva con que enfoca su contenido, por lo menos en cuanto a las dos cosas que le objetas –y que me absuelva el joven crítico de otra intención si es que yerro el tiro. 

Sería escamotear aristas a la verdad si negase que durante los años que hace que nos conocemos no recordase las veces que hemos comentado varios de los criterios que has venido argumentando en tus múltiples enfoques sobre el cine cubano -aunque a veces dudo y prefiero emplear, para ciertas obras, hecho por cubanos. Te agradezco que con tus textos hayas sido quien más me ha ayudado a reflexionar al respecto.  Ahora bien, en cuanto a tu primera impugnación casi estoy convencido de que el problema está en que tenemos la tendencia de tratar de encontrar siempre al “malo de la película”, “al lobo”, y es ahí donde nos enredamos y extremamos, o para decirlo con vocablos popularizados en estos tiempos, nos mareamos.

Y que conste, no estoy negando la posibilidad de que exista tal personaje –principal o de reparto-, sino que a veces culpamos solo al río de las inundaciones, cuando en verdad para ello antes tuvo que haber intensas lluvias.

ES del todo cierto que en la política cultural al uso –que tiene profundas raíces como todos sabemos en el archiconsignado documento que es Palabras a los intelectuales- condiciona lo que nuestro Instituto de Cine ha hecho durante sus ya casi cincuenta años de existencia, con altas y con bajas, pero logrando mayoritariamente resultados que realzan el arte cinematográfico y que, aun con las múltiples contradicciones que puedan haber existido y, sin ponerme ahora a calificar décadas con el brillo de un metal o aleación específica, estamos en el sensato deber de agradecer sobre todo si somos capaces de observar y comparar sin miopía ideologizada hacia todo lo que precedió. Valorable sí, pero…

TIENES toda la razón en eso de que el ICAIC no programaría una muestra con ejemplos como los que citas, ni con otros de igual estirpe. Y te confieso: no estoy ni medianamente actualizado en eso de lo producido por cineastas cubanos en la otra orilla; las razones (causas) son varias, con decirte que no hace aún tres meses pude ver con ¿profesionalidad? Azúcar amarga [sic] y Paraíso. De todo eso sé más por lecturas pasivas que por visionadas reales o activas. [Ahora cuando me acoja a la jubilación confío en disponer de más tiempo para darme ciertos gustos, con la ayuda de amigos y cinéfilos].

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Hay, sin embargo, aspectos (matices) en los que no coincidimos terminológicamente. Ya te refería en cuanto al calificativo de cubano para ese audiovisual que como dices:

“incluye al que realizan los cubanos que viven fuera de este espacio físico) [y] es preciso poner fenomenológicamente entre paréntesis esa caótica producción, desterrar todos los prejuicios (se viva aquí o allá), todas las teorías […] sin fiscalizar su origen porque era la filia o la fobia política lo que mandaba, para intentar aprehender las dinámicas productivas sobre un único soporte: la representación en pantalla de una comunidad de cubanos intentando hacer su vida”.

Tienes absoluta razón en eso de que estamos en presencia de una reformulación inmensamente grande aunque nuestra frecuente posición a nivel del mar no nos permita a veces percatarnos con nitidez. Tenemos que convenir que los faros siempre han hecho falta. Pero, amigo, cuánto me hubiera agradado que en los días que convivimos durante el último Festival me hubieras alertado –para esforzarme por ver sus obras- de esa participación de Ernesto Fundora y Lilo Vilaplana representando a otras cinematografías. Ahora bien, ante tus preguntas (y tu respuesta) “¿cómo registrar lo anterior en nuestra historiografía?, ¿no se registra? Pues en lo personal lo registraría como cineastas cubanos que han sabido crecer y hacer cine en el mundo”,  surgen estas consideraciones que hace mucho me acompañan y que no recuerdo haber conversado o “debatido” contigo, y que es un buen momento para exponer.

En eso de “hablar de audiovisual cubano (que incluye al que realizan los cubanos que viven fuera de este espacio físico)” me parece que se sobredimensiona la nacionalidad del resultado artístico; y pienso inmediatamente en que lo que   realizadores no cubanos han hecho en Cuba nos pertenece, pero ¿acaso en sus países lo tendrán como de ellos?  Me explico y, por aquello de evitar que mi mala memoria me juegue una mala pasada, acudo al epígrafe “Certidumbres (en la mirada de los otros)” del libro de Jorge Luis Sánchez, Romper la tensión del arco (2010) me pregunto: ¿lo que filmaron en la Isla el holandés Joris Ivens, el soviético Roman Karmen, el italiano Mario Gallo, el canadiense Harry Tanner, los franceses Agnès Varda y Chris Marker, el polaco Andrzej Wajda, el danés Theodor Christensen, el argentino Alejandro Saderman, el dominicano Oscar A. Torres, el norteamericano Joe Massot y el brasileño Iberé Cavalcanti, son tenidos en cuenta en sus respectivos países como suyos, o sea, de su cinematografía?

ENTONCES la reflexión me hace volver, aunque sea para parafrasearlo, a la definición que diera Pocho Fornet entrevistado por Leonardo Padura sobre su concepto de literatura cubana, cuando dijo que era aquella escrita por un cubano donde quiera que este estuviese, siempre que lo hiciera en español. Con todo lo controvertible, es la suya y para lo que deseo ahora me sirve para estas interrogantes: si un coreógrafo o director cubano monta una obra con cualquiera de las compañías de ballet de los países donde se sabe los hay insertados, ¿esa obra es cubana?; si un músico-compositor nacido por acá en cualquier otro sitio compone y orquesta una pieza suya, ¿es una obra cubana?; si un pintor concreta un cuadro radicado en cualquier parte de la otra orilla, ¿es cubana esa pieza?

Y si lo hacemos desde otra focalización: deMoler, el impactante documental de Alejandro Ramírez –tengo entendido que es guatemalteco- ¿es un documental de la cinematografía de aquel país? [Ello podría aplicarse a muchos de los resultados de la EICTV]º ¿Acaso Crónica cubana (1963), dirigida como bien sabes por el uruguayo Ugo Ulive, aparecerá registrada como obra de aquel país? ¿O es que tiene que estar referida a una problemática del país en cuestión para merecer el gentilicio?

INSISTO en que no he leído lo que Jorge Luis Lanza escribió y solo me atengo a tus objeciones, así como que no soy lo que podría calificarse de un conocedor de lo que han hecho los cineastas cubanos de la diáspora; la complejidad del tema radica en que puede avizorarse desde focos distintos y con diversas intenciones –y por tanto con tolerancias, prejuicios y esquematismos disímiles. Por otro lado es más que saludable que los diques que frenan el pensamiento sigan quebrándose para dejar fluir las aguas que nutren nuestras esencias. Los aprietos cognitivos a los que aludes son parte del condimento necesario para continuar debatiendo, razonando, infiriendo para que la identidad sea cada vez más un asunto de la nación.

 Lino E. Verdecia Calunga.

A 11 de enero y 2013, desde Holguín.

º Y como eso es algo que me ha ocupado en investigaciones literarias, te observo: ¿de dónde considerar la obra de cualquier autor nacido en una provincia y radicado joven o adulto en otra? ¿De la que lo vio nacer y crecer o de la que lo vio convertirse en escritor (sin descartar que puede haber creado en ambas)?

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Publicado el enero 14, 2013 en CINEASTAS EN LA DIÁSPORA. Añade a favoritos el enlace permanente. 2 comentarios.

  1. El asunto es bien complejo;para mí,Fundora,es Fundora,aquí en México y en China(como ejemplo citado). Su obra lo deberá trascender,creo.¿A qué lugar “pertenecerá su obra”?No sé,aunque considero que todo lo que haga va a tener el sentido de lo que alguien ha llamado “Huella antropológica”.Lo que pasa también que un emigrado siempre será eso,un emigrado (lo llamemos cubanos que viven en otro lugar o de otro modo,que a nosotros nos encantan los eufemismos).Y hace mucho,pero mucho,en palabras sencillas Facundo Cabral y otros lo han cantado.”No soy de aquí no soy de allá”.

  2. Juan Antonio
    Amigo mío. Sigo tu blog como siempre y te deseo un fértil 2013. Por favor desearía me escribieses a mi correo escribanode@gmail.com

    un saludo desde la soleada Santiago de Cuba
    Reinaldo Cedeño Pineda

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