LA HISTORIA SIN ACONTECIMIENTOS

Es difícil imaginarse una Historia sin “acontecimientos”.  ¿No nos han enseñado acaso que la Historia es el relato de esos “hechos” que merecen ser salvados del olvido?, ¿y no son esos hechos relevantes los que determinan los puntos de giro de la vida pública?, ¿cómo concebir entonces una Historia que prescinda de estos eventos trascendentales, y por lo general, traumáticos?

La historia del cine cubano revolucionario está lleno de “grandes acontecimientos”. O acontecimientos a secas. Tenemos por lo menos una media docena de ellos que juegan el papel de relumbrantes luces de orientación dentro del mapa audiovisual de la nación. Lo mismo si se le mira desde el ángulo de las efemérides, que de las conmociones sociales a los que se les asocia. De allí que una y otra vez hablemos de “El caso PM” (1961), “El caso Cecilia” (1981), “El caso Alicia” (1991), o “El caso Guantanamera” (1998), por mencionar apenas algunos. Pareciera que todo lo que tenga que ver con el audiovisual realizado por cubanos ha girado, en cada época, alrededor de estos pocos acontecimientos.

Pero si nos guiáramos por Nieztsche, en todo acontecer lo único que se pone de manifiesto es la habilidad interpretativa del que evoca. “No existe el acontecimiento en sí”, nos dice el filósofo, y añade: “Lo que sucede es un grupo de fenómenos seleccionados y resumidos por un ser que interpreta”.

El acontecimiento vendría a ser entonces una suerte de instantánea fijadora de eso que ha estado todo el tiempo en constante transformación. Es la extrema simplificación de lo que, a la larga, resulta irreductible: el perpetuo devenir. Dicho con otras palabras: que todo acontecimiento, en el fondo, nos regala una imagen falsa de lo que en verdad ha estado sucediendo.

¿Cómo podría a estas alturas el historiador del cine cubano librarse de la metafísica de los grandes acontecimientos?, ¿cómo estimular la escritura de una Historia que nos devuelva a sus protagonistas como parte de la Vida, en toda su complejidad, y no de relatos que, desde la distancia histórica, apenas descubre estatuas que pugnan por no perder el privilegio de la visibilidad?

Habría que regresar a ese lugar en que los acontecimientos todavía no eran acontecimientos. Examinarlos con la inocencia de quien va observando el paisaje por primera vez, pero sabiendo de que tras el engañoso reposo está el constante cambio, y la interacción de los humanos que entonces habitaban esas fechas. Sobre todo será importante redescubrir a los protagonistas en la multiplicidad contradictoria de sus vivencias, y no solamente en la que un intérprete, a posteriori, describe de acuerdo a sus intereses.

Juan Antonio García Borrero

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Publicado el noviembre 19, 2012 en REFLEXIONES. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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