UNA ISLA PARA MIGUEL (1968), de Sara Gómez

Una isla para Miguel es uno de los tres documentales que Sara Gómez (1943-1974)  filmó en la entonces Isla de Pinos (los otros dos serían En la otra isla/ 1968 –a mi juicio el mejor-, y La Isla del Tesoro/ 1969).

En ese documental, lo primero que se lee es la siguiente cita de Frantz Fanon: “Esos vagos, esos desclasados van a encontrar por el canal de la acción militante y decisiva el Camino de la Nación”. La cita es extraída de uno de los libros más conocidos de Fanon (“Los condenados de la Tierra”), prologado en su momento por Sartre. Al colocarla en el frontispicio de su filme, Sara Gómez estaba haciendo una declaración explícita de militancia política, lo cual para la fecha no era raro. Pero en su caso, Sarita (al igual que Fausto Canel con Desarraigo, Gutiérrez-Alea con Memorias del subdesarrollo, o Nicolasito Guillén Landrián con Coffea Arábiga) nos estaba mostrando, aún desde el campo revolucionario, la parte menos fotogénica de esa ansiedad colectiva que entonces crispaba y polarizaba a la nación. O por lo menos, su documental tiene el mérito de permitirnos dudar de tanto exceso de triunfalismo en un ambiente en el cual el escepticismo tenía todas las trazas de un pecado capital.

¿Quiénes son esos sujetos que figuran en Una isla para Miguel? A mi juicio, en este documental Sara está hablando con los hijos de la gente que aparece en PM (1961), los hijos de la que la cinematografía de esa década se desentendió muy pronto, en nombre del esperado Hombre Nuevo guevariano. Sara introduce en nuestro cine, con su mirada tan singular y provocadora, un par de sensibilidades que en la actualidad goza de un gran reconocimiento académico: la sensibilidad de una mujer cineasta (oficio que casi siempre ha estado en manos de los hombres, para no decir machos), y la sensibilidad de una mujer negra con conciencia de su negritud.

Pero en Sara Gómez ese registro de la realidad estaba bien lejos de cualquier pretensión “teoricista”. Para ella la realidad exige ser examinada desde una posición donde la vida se adivine como lo que es: como un hervidero constante de acciones. A ella le importa lo fáctico. De allí que al responder a un cuestionario que le hace llegar Marguerite Duras escriba:

“Es necesario considerar que todas las preguntas de su cuestionario parten de premisas que yo estoy obligada a aceptar antes de responder, lo cual me intranquiliza de cierta forma… Usted me dice ¿qué pasó aquí con…? Yo diría que aquí, en el terreno del individuo no pasó nada, sino que “todo está pasando”, y está pasando por medio de una larga y dolorosa “disolvencia”, para hablarle en términos cinematográficos. Yo pienso que si bien en lo que se refiere a los cambios revolucionarios en la base económica, éstos se producen “por corte”, no ocurre así en la escala de los valores éticos individuales. El arribismo, el espíritu de competencia están ahí, aquí, presente, y eso no me preocupa demasiado. Lo que sí creo es que el cambio básico de estructura tiende a canaliza este sentimiento individualista en función de la sociedad y de hecho a transformarlo”.  

Esto lo dice Sara en una época donde la revolución cubana seguía imantando la atención de buena parte de la izquierda, pero comenzaban a sobresalir fisuras a la hora de interpretar la violencia como el motor de cambio fundamental. El entusiasmo unánime que caracterizara el inicio del proceso cedía ante lo que la vida, en su dimensión más original, nunca abandona: la complejidad. En el plano interno, ganaba poco a poco hegemonía un pensamiento burocrático donde, obviamente, era más importante la observancia del reglamento que los resultados que la libertad creadora propicia. Y “la juventud descarriada” era un blanco demasiado tentador.

El documental de Sara en un principio pareciera que va a participar de esa voluntad que se limita a enjuiciar. Pudiera hasta pensarse que se ha limitado a observar desde la distancia el comportamiento de esos personajes que habitarán su filme. Y, sin embargo, Sara se encarga de romper con toda ilusión maniquea. Allí están “los re-educadores”, hablando de los planes trazados, de los resultados y problemas, de las características de los muchachos que fueron conducidos allí, pero tan o más elocuente que la verbosidad altruista, lo será la gestualidad que, como en el caso del joven que habla con Miguel en la escalera, lo muestra con las mismas marcas de marginalidad que probablemente lo llevaron allí, aún cuando en ese instante ocupe un lugar más acorde a lo que se esperaba de él.

Aquel 1968, que en Cuba se nombró “Año del Guerrillero Heroico” fue el año que alguien nombró como el de “la rebelión de los estudiantes”. Ser joven (e irreverentes, al extremo de provocar numerosas revueltas a lo largo del planeta) parecía el único modo de demostrar que se estaba vivo. Fuera de la isla se hablaba de lo que sucedía con los hippies, con “el mayo parisino”. Dentro, con sendos discursos pronunciados el 13 y 15 de marzo, Fidel daba inicio a “la ofensiva revolucionaria”, y todos los esfuerzos colectivos se encaminaron a radicalizar aún más el proceso.

Los documentales de Sara Gómez filmados en esa fecha consiguen exponer con precisión la dialéctica de aquellos años en que, lo individual y lo colectivo, marcó buena parte del imaginario cubano de entonces. Pero a diferencia de los que sólo miraban el cono de luz sobre el escenario, la realizadora se preocupaba por escrutar en lo que quedaba en las sombras, en los márgenes. Y es por eso que la lección de cine diferente parece impartida ahora mismo.

Juan Antonio García Borrero

 

FICHA TÉCNICA:

Una isla para Miguel (1968)/ D: Sara Gómez/ Producción: Jesús Pascau/ Guión: Tomás González y Sara Gómez/ Fotografía: Luis García/ Montaje: Caíta Villalón/ Música: Chucho Valdés/ Sonido: Germinal Hernández y Arturo Valdés.

Sinopsis:

El proceso de reeducación de adolescentes que por su extracción social y económica estaba en estado de pre-delincuencia.

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Publicado el noviembre 15, 2012 en DOCUMENTALES CUBANOS. Añade a favoritos el enlace permanente. 1 comentario.

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