TERENCE PIARD

He leído tarde la emotiva nota que Jorge Molina ha escrito para el Bisiesto Cinematográfico sobre Terence Piard, ese prometedor cineasta cubano, desaparecido en plena juventud. El hecho de que tenga el sitio de Molina en mi Blogroll, como otros blogs que son de mi interés, no significa que pueda consultarlo de modo sistemático. Por lo general la conexión en la UNEAC es tan lenta, que apenas me permite postear los textos; pero hay días felices en que puedo darle la vuelta al mundo en ochenta clicks, y entonces es una fiesta asomarse a esos universos amigos.

No he podido leer los otros artículos porque en Camagüey es difícil encontrar el Bisiesto, pero la evocación de Molina sugiere que hay allí un dossier, ya no solamente merecido, sino necesario por renovador de las ideas más comunes que tenemos del audiovisual en Cuba. Con Terence Piard hablé muy poco, pero fueron conversaciones colmadas de complicidades, y eso siempre ayuda a retenerlas con más intensidad. En nuestro caso, asocio el primer intercambio a su documental En vena (2002), que a mí me había impresionado muchísimo, y que quería incluir en un ciclo que organizábamos para el Festival de Huesca (España), como complemento del libro “Rehenes de la sombra (Ensayos sobre el cine cubano que no se ve) que dicho evento (a través de Pepe Escriche, su director entonces) me encargó.

No sé qué absurdo escollo impidió que ese material figurara junto a La época, El Encanto y Fin de Siglo (1999), de Juan Carlos Cremata, Video de familia (2001), de Humberto Padrón, Más de lo mismo (2000), de Esteban García Insausti, Molina’s Culpa (1992), de Jorge Molina, Un pedazo de mí (1989), de Jorge Luis Sánchez, o En la noche (1988), de su padre Tomás Piard, por mencionar algunos de los filmes que incluimos en aquella breve muestra. Creo que el propio Terence me pidió que gestionara con “alguien” de la Escuela de Cine el permiso de exhibición, y al final, ese alguien nunca apareció.

Hace tiempo que no veo En vena. No sé si me seguirá estremeciendo del mismo modo que en su momento lo hizo. Pero hay que situarse en el instante concreto en que aparece ese material. Los seres humanos tenemos la mala costumbre de pensar en el pasado con los ojos del presente. Eso trae como consecuencia que cuando tropezamos con una de estas piezas inquietantes para sus fechas, no consigamos entender el por qué de la conmoción. Le restamos importancia al asunto, y nos azoramos de la ingenuidad de quienes nos antecedieron, sin saber que mañana otros se azorarán de la nuestra con esas películas que hoy llamamos “escandalosas”.

Por otro lado, si en las historias del cine latinoamericano abundan las lagunas y las ausencias, es porque hay una tendencia bastante tenaz al reciclaje de ese paradigma europeo que ya ha dictaminado lo que es excelso y merece figurar en el catálogo de “lo histórico”. Con aquel ciclo que organizamos para el Festival de Huesca intentamos romper con esa rutina clasificadora, y mostrar a través de estas imágenes a veces desaliñadas, las partes menos visibles de un país que es mucho más que una postal turística.

En vena figura en lo mejor de esa tradición documental donde lo que nos estremece no es la pretensión estética, sino la sinceridad de su planteamiento. No son muchos los cineastas que deciden llevar hasta sus últimas consecuencias las historias que filman. En nombre de un sospechoso respeto a la sensibilidad común, suelen apelar a la elipsis con tal de que sean los espectadores los que arriben a sus propias conclusiones, o se representen en su mente ese abismo que sus personajes habitan. Los planos finales de En vena resultan para algunos insoportables de ver, y hay quien percibe allí cierto regodeo con el morbo. Es la típica reacción de quien sabe que la realidad es dura, pero prefiere que no se lo recuerden, y mucho menos que lo inviten a tomar conciencia de esa dureza. Para mí esos planos aún resultan reveladores de una dimensión no sospechada de la Cuba que todavía vivo; lograron poner frente a mí el drama de uno de los tantos compatriotas que pasan por el infierno de las drogas, en un impecable y perturbador ejercicio de “cine directo”.

De eso le hablé la última vez que coincidimos, precisamente en Huesca, al año siguiente de que se hubiese organizado el ciclo “Rehenes de la sombra”. Ya él andaba enredado en otros proyectos, y sentados en uno de los bares que encontramos en el Coso Bajo, me hablaba sin parar de lo que pretendía fuese su primer largometraje.

Aquella mañana nos despedimos como suelen hacerlo los cinéfilos en cualquier festival de cine: con la sensación de que estábamos condenados a repetir una y otra vez el famoso bocadillo de Bogart en Casablanca sobre el principio de una gran amistad. Cada cual siguió su rumbo en aquella España donde íbamos a permanecer unos días más. Y fue en Málaga donde me enteré de su muerte.

Creo tener una idea bastante clara de que la vida es trágica por naturaleza, que no hay ley alguna que obligue a que dentro de un rato todavía sigamos vivos. Es duro de asumir, pero es preferible a vivir en el autoengaño. Como único podemos encontrar libertad frente a ese inevitable y azaroso destino humano es vivir de modo intenso lo que nos toca, ocupándonos de algo que nos apasione de veras.

Tengo la impresión de que Terence Piard vivió con intensidad aquello que le apasionaba (el cine); vivió de acuerdo a lo que aconseja en estos versos de lujo Fina García Marruz: “Sé sabiendo que cuando nada seas/ de ti se ha de quedar lo que quisiste…”.

Juan Antonio García Borrero

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Publicado el noviembre 8, 2012 en AUDIOVISUAL JOVEN EN CUBA. Añade a favoritos el enlace permanente. 1 Comentario.

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