ANTONIO ENRIQUE GONZÁLEZ ROJAS SOBRE “EL ALMACÉN DE LA IMAGEN” (1)

Alarmas perentorias para la joven documentalística cubana. Apreciaciones sobre la XXII Muestra Audiovisual El Almacén de la Imagen, en Camagüey (1ra. parte)

Por: Antonio Enrique González Rojas

Con dos cimeros jalones anuales cuenta el audiovisual independiente cubano concebido por jóvenes realizadores en su totalidad o en concepto, eventos que permiten apreciar y pensar de conjunto los principales temas, tendencias, estilos, poéticas, discursos y géneros abordados, dígase la Muestra Joven del ICAIC y su precedente no capitalino, “El Almacén de la Imagen”, que en 2012 arribó a una edición veintidós preocupante, no por cuestiones de concepción del certamen, sino por lo que reveló el exhaustivo visionaje de las sesenta y seis obras en concurso, que en lo personal hube de acometer disciplinadamente como parte del jurado, al cual agradezco me hayan convidado a integrar los organizadores de la filial AHS Camagüey, junto al realizador Alfredo Ureta y el teatrólogo Jaime Gómez.

Con una eterna preeminencia del documental como género y el cortometraje como extensión fundamental, dadas las evidentes dificultades de producción que impiden una consolidación de una verdadera línea de largometrajes alternativos, esta muestra delató una alarmante estereotipación estético-conceptual y deprimida creatividad, como las detentadas por los materiales generados desde la academia, sea la Escuela Internacional de Cine y Televisión (EICTV), de San Antonio de los Baños, o las diferentes filiales de la Facultad de Medios Audiovisuales (FAMCA), del Instituto Superior de Arte (ISA), en La Habana, Holguín y Camagüey, donde los creadores suscriben una línea de no-ficción digamos que contemplativa, adscrita a los añejos presupuestos del cinéma verité galo, el free-cinema inglés o el Direct Cinema estadounidense, de los cuales el clásico cubano PM (Sabá Cabrera y Orlando Jiménez, 1961) es también tributario y la Televisión Serrana frisa con su singular pero contundente tratamiento de la otredad montañesa, desde una postura más sociológica y antropológica, sin abandonar nunca la importancia de las historias registradas, verdaderos pivotes de la obra fílmica.

Igualmente sucede con precedentes piezas de sino escatológico pero comprometidamente críticas, como De-moler (Alejandro Ramírez, 2004), Existen (Esteban Insausti, 2005), De buzos, leones y tanqueros (Daniel Vera, 2005), Buscándote Habana (Alina Rodríguez, 2006), Zona de silencio (Karel Ducasse, 2007) y Revolution (Mayckell Pedrero, 2010), visceralmente deslindados del mainstream ideocultural cubano, por su manifiesta voluntad indagativa de zonas ciegas de la contemporaneidad nacional, coherencia discursiva y verdaderas búsquedas formales, sobre todo el caso de Insausti.

Marcan así la prestigiosa productora “comunitaria” de San Pablo del Yao y los autores mencionados, la diferencia respecto a las obras participantes en Camagüey, de muy reciente factura, abundantes de bucolismo formal y con pretensiones más epatantes que críticas, signadas además por una postura narrativa anti-aristotélica casi virulenta, en tanto negación de anécdotas claras y el consecuente desdibujamiento o disolución de los temas, tramas e historias, apostando casi todo por la lírica de las imágenes puras, resultantes del registro “verista” de sucesos como en La niña mala (Jorge de León), Cuerda al aire (Marcel Beltrán), Exhumaciones (Omar Cruz) y Verdadero Beach: playa de pueblo (Eliécer Jiménez), casos donde muchas veces la desaliñada crudeza “anti-artística” (para citar a Dalí) de la cámara en mano, disimula impericias técnicas, finalmente reveladas por la definitivas pobrezas expresiva y semiótica de estas obras, abundantes en planos nulos, tautológicos y sobre todo el débil desarrollo de leiv motiv, tan sugerentes como puedan ser los trasiegos exhumatorios referidos por el holguinero Cruz, desde unos impresionantes planos iniciales de cadáveres corrompidos por el tiempo, atemperados y disueltos por las subsiguientes imágenes.

Igual suerte corren las grandes posibilidades generadas por las personalidades testimoniantes o sometidas a estudio y deconstrucción visual. Seres casi todos de rala abstracción y sórdidos pasados, como el caso del pescador expresidiario Malyebao (Marlene Guibert, Eliécer Jiménez, Fabio Monteiro y Mario Piche); el sincero  indigente homicida en De agua dulce (Damián Saínz), donde se desaprovecha el pausado y terrible testimonio con forzados planos del desollamiento de una claria como metáfora explícita de los instintos asesinos aún latentes, cuando el contraste con otras facetas de la vida del protagonista más elaboradas fílmicamente hubieran enriquecido la obra; el ermitaño residente en un destartalado vagón de ferrocarril, registrado en El último tren de mi vida (Giselle Fuentes & Yadniel Padrón); el pintoresquista acercamiento al intérprete negro de Un aria rusa (Daniel Kvitko); de la cumplidora auxiliar de limpieza, despedida por reducciones de plantilla en la fábrica de cerámicas blancas en Compacta y revolucionaria (Claudia Alves); los ancianos campesinos de “dura” militancia revolucionaria, de Mudanzas (Daniel Kvitko) obra reconocida como Mejor Documental en el evento y el transexual católico de El Evangelio según Ramiro (Juan Carlos Calahorra), definitivo ganador del único premio Luces de la Ciudad y triunfador en el
apartado de Guión.

Estas tres últimas obras mencionadas destacaron por encima de los demás documentales pseudo-intimistas, debilitados por el raquitismo de los propios temas escogidos que casi en ninguno trasciende la curiosidad o lo excéntrico. Prevalecen las propuestas de Alves, Kvitko y Calahorra sobre todo por apelar a historias bastantes contundentes, explotando certeramente los resortes, sucesos y contrastes necesarios para erigir narraciones sólidas, aunque en el caso de Compacta… la parsimoniosa elongación de la trama conspira contra la efectividad expresiva, para un desbalance de las temáticas. Definitivamente, cuando se hace esta suerte de reality-TV, no pueden esperarse las cuotas de espontaneidad en quienes se saben filmados y esto resiente por momentos hasta a la Suite Habana (2003) de Fernando Pérez, así que…

Afectado por iguales circunstancias, igualmente rústico y ríspido, Mudanzas consigue vadear la seductora extensión del metraje y concentra en apenas doce minutos los sucesos, algo también logrado por Solar del 11 (Duniesky Cantón & María Elisa Pérez) en sus ágiles cinco, mas debilitado desde la propia historia a contar, concentrada en un final más efectista de “reafirmación revolucionaria” a pesar de los pesares. Pues el cartel propagandístico retocado en el muro ruinoso de una de las peores ciudadelas capitalinas, no compite con la historia de los ancianos campesinos de luengo historial político, protagonistas de una simpática controversia de fe con predicadores cristianos. Cada uno tiene sus dioses, y desde 1959 tengo los míos, afirma la protagonista.

Por su parte, El Evangelio según Ramiro, realizado en medio de esta suerte de revolución sexual institucionalizada que experimenta el país a buena pero tardía hora, consigue trascender el panfletarismo militante de filmes fictivos como el desafortunado Verde Verde (Enrique Pineda-Barnet, 2012), el almodovariano madrugado Chamaco (Juan Carlos Cremata, 2011) o el retorcido morbo y el artificio efectista del documental En el cuerpo equivocado (Marilyn Solaya, 2010), para indagar mesuradamente en aristas realmente peculiares, sensibles y humanas del universo LGBT: en este caso, un transexual de existencia muy-muy modesta que es todo un activo feligrés de la iglesia católica en Guanabacoa y vive una feliz relación amorosa con un custodio, porteador de la Virgen de la Asunción durante sus festejos y procesión. El joven realizador Calahorra, con escasos recursos a mano, consigue articular una coherente e interesante
historia de no-ficción, donde cada plano no carece de significación ni de orgánico engarce con el siguiente, sobre bases muy discretas que no buscan escandalizar ni enarbolar banderitas de arcoiris militantes, sino registrar un suceso donde el adjetivo humano se connota positivamente, en circunstancias tan poco asertivas ante las diversidades sexuales como la ortodoxia religiosa.

Entre los documentales más convencionales, en tanto alternancia plano-entrevista, aprecié redundancias como Materia Prima (Maryulis Alfonso), suerte de retorno de los “buzos y leones” referidos por Daniel Vera; desbalances temáticos extremos como En un paquete de spaguettis (Eliecer Jiménez), donde el regodeo en la descripción del contexto, peligrosamente cercano al remoto pero contundente …Y todavía el sueño (Humberto Padrón, 1998), afecta el texto definitivo que aparece más allá de la mitad de la trama; convencionalismos reporteriles como La Lavandería (Rolando González & Yadniel Padrón); o registros un poco ingenuos y desmañados de acciones artísticas, como Brigada intramuros (Claudia Alves). Salva un tanto la honrilla Tierra de San Benito, de la venezolana Desirée Rondón, donde se estructura una curiosa investigación casi detectivesca alrededor de la añosa muerte de uno de sus tíos en circunstancias equívocas, que ocultan zonas de terror en medio de la pesquera sencillez del lugar.

Extraer de las realidades y contextos la máxima expresividad sin elementos cosméticos que acusen una puesta intencionada o la impostura, es un principio que se remonta casi a los orígenes de la documentalística mundial, con obras como El hombre de la cámara (Dziga Vertov, 1929), cuyo realizador ya abogaba por registrar “fragmentos de energía real que, mediante el arte del montaje, se van acumulando hasta formar un todo global”, algo conseguido por creadores contemporáneos suyos como el alemán Walter Ruttmann con Berlín, sinfonía de una gran ciudad (1927) y el holandés Joris Ivens con Lluvia (1929). A pesar del carácter pendular del arte, el cual, víctima del eterno retorno, apela a fundacionales fórmulas una y otra vez, tampoco se pueden asumir añejos modos desde la ingenuidad creacional, como si se descubrieran por primera y real vez. Trascender la timidez o comodidad artística (ya que muchos de los materiales resultan tesis de graduación, ergo obras validadas por una jerarquía profesoral que fomenta tales estéticas y poéticas) y reacomodar la voluntad experimental por sendas firmemente ancladas en los ABC de la creación audiovisual, en pos de una verdadera autenticidad fruto de la ruptura y redimensionamiento de bien aprehendidas reglas, es el reto al que se enfrentan los muy jóvenes realizadores de documentales cubanos, almacenados por vigésimo segunda vez en el Camagüey en 2012.

Importante la existencia de eventos como éste para poder otear con mayor precisión las cumbres y depresiones del bisoño panorama fílmico criollo.

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Publicado el octubre 31, 2012 en AUDIOVISUAL JOVEN EN CUBA. Añade a favoritos el enlace permanente. Dejar un comentario.

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