POR UNA CRÍTICA IMPERFECTA EN TIEMPOS DE WEB 2.0
Debo comenzar argumentando cuál es el tipo de crítica que me interesa ejercer. Esta confesión de índole personal no tendría otro valor que revelar cuáles suelen ser, en definitiva, las motivaciones que me empujan a escribir en el blog sobre una película o determinados asuntos.
Por otro lado, ayudaría a definir un poco mejor que es lo que persigo con el ejercicio crítico en este sitio, hijo directo de la era de la Web 2.0, esa que promueve la cooperación entre usuarios en la red, la generación efervescente y simultánea de contenidos, y la superación de ese papel distante que antes (en la primera versión de Internet) tenía el consumidor de las nuevas tecnologías, cuando debía atenerse a leer lo que otros (legitimados en el rol de críticos intocables) escribían para los distintos medios.
En la era de la Web 2.0, la crítica tradicional de cine (para hablar de lo que, en lo concreto, nos interesaría ahora), ha recibido un golpe perturbador. Eso no quiere decir que en un futuro tenga que desaparecer, pero sí necesariamente tendrá que transformarse, ajustarse a los nuevos tiempos, y, como si empezara de cero, explorar sin prejuicios estos nuevos escenarios si de veras quiere llegar a su público.
Antes, en el todavía cercano siglo XX (pero que ya luce remotísimo) el crítico era un informador por excelencia. Ahora la información es la que sobra en la red de redes. Hay tanta divulgación, tantas fuentes reiterando lo que se da por sabido aún sin fiscalizar el origen, que muchas veces esa profusión informativa no nos deja ver lo que pudiera resultar esencial, lo que tal vez merezca la pena retener y discutir porque allí, no obstante el caos, se adivina lo fundamental, lo que perdura, o lo que amerita investigarse con serenidad.
Si algo debería entender el crítico que se desenvuelve en los tiempos de la Web 2.0, es que no vale la pena reciclar los hábitos adquiridos en un siglo que ha quedado definitivamente atrás. El crítico de esta época tiene al alcance de sus manos mundos audiovisuales absolutamente inéditos que claman ser examinados de un modo diferente.
Por supuesto que el crítico está en todo su derecho de seguir opinando de acuerdo a los moldes mentales heredados de épocas ya arcaicas, y consolidados por la rutina. Pero en lo personal, opto por ejercer un tipo de crítica que, antes de juzgar y dictar sentencia, intente entender (y aprehender) el fenómeno audiovisual como tal. Entenderlo en la misma medida que lo vivo como algo que va a seguir estando allí, indiferente a mi aprobación o rechazo, pero sabiendo que existe en función de una construcción intelectual que he heredado. Eso me estimula a ensayar trueques en ese sistema de oposiciones (bueno/ malo, por ejemplo) que nos ha llevado a creer en la existencia de jerarquías autónomas, ajenas a los intereses grupales que dominan o pugnan por dominar en la sociedad.
Sé que corro el riesgo de que vean en mí no a un crítico, sino a un benefactor. Si así fuera, tampoco me sentiría demasiado sobresaltado con ello. Aún sabiendo las manipulaciones de las que ha sido objeto Martí, veo en su conocida confesión a su amigo Manuel Mercado algo muy parecido a lo que experimento en lo personal:
“A mí, por supuesto, me gusta más alabar que censurar, no porque no censure también yo, que hallo en mi indignación contra lo injusto y lo feo mi mayor fuerza, sino porque creo que la censura más eficaz es la general, donde se censura el defecto en sí y no en la persona que lo comete. (…) La crítica no es censura ni alabanza, sino las dos, a menos que sólo haya razón para la una o la otra”.
Sabemos que lo anterior de Martí se ha usado también como coartada para no “ejercer el criterio” allí donde arrojar un señalamiento crítico podría acarrearnos numerosas enemistades, o ponernos en situaciones de riesgo. En mi caso, la conciencia queda tranquila viendo el elevado número de polémicas que han tenido lugar en el sitio, lo cual no quiere decir que, en algún que otro momento, no haya tenido que desaprobar determinada contribución o comentario, negándome a publicarlos.
No me gusta ejercer el papel de censor. Pienso que la vida se estanca allí donde solo hay unanimidades artificiales, y se reprime la inspiración crítica, que es la sal de la vida. Tampoco soy ingenuo. Sé que siempre vamos a escribir desde un estado de ánimo que nos abre al mundo y condiciona nuestras reacciones emotivas. Nuestras filias y nuestras fobias. Eso me parece lo más natural. O digamos que lo más común.
Pero en el blog me ha interesado superar esa tendencia natural a la exclusión feroz y estéril, para intentar construir un sitio donde la pasión por el cine cubano sea capaz de crear complicidades intelectuales, sin que ello implique una adicción al elogio, que entre nosotros cobra a ratos el rango de pandemia. Y sobre todo, me ha interesado que el alcance de nuestras discusiones tenga un mínimo de rigor académico. O si se quiere, menos de la opinión por la opinión. Por eso he hablado de la necesidad de fomentar en el mismo, no “la escuela de un crítico” (como si un crítico, por lúcido que sea, pudiera llegar a tener toda la verdad en sus manos), sino de la convivencia y pugnas de diversas “miradas críticas”, capaces de familiarizarnos lo mismo con el feminismo de la Mulvey que con las teorías de Kracauer, Bazin, Susan Sontag, u otros.
Mas, y aquí regresamos a lo que apuntábamos al principio, ¿cómo podría lograrse eso en la era de la Web 2.0, que, de haberla vivido Heidegger, habría visto confirmadas con creces sus reflexiones en torno al papel de las habladurías, la incesante curiosidad que todo lo pone viejo al instante sin llegarse a conocer verdaderamente nada, y la ambigüedad como modalidades existenciales del ser cotidiano? ¿No es acaso esta Internet que ahora mismo consumimos el paradigma perfecto de ese hablar por hablar que caracteriza a muchos de nuestros simulacros de debates y encuentros?, ¿no se ha incrementado aquí nuestro desarraigo existencial?
Heidegger en su monumental Ser y Tiempo (1927) apuntaba esto que, por referirse a algo más originario que esas películas a las que ahora mismo podríamos estar aludiendo, aún puede hacernos reaccionar:
“El mismo fundamento existencial tiene esa otra posibilidad esencial del discurrir que es el callar. El que en un diálogo guarda silencio puede “dar a entender”, es decir promover la comprensión, con más propiedad que aquel a quien no le faltan las palabras. No por el mucho hablar acerca de algo se garantiza en lo más mínimo el progreso de la comprensión. Al contrario: el prolongado discurrir sobre una cosa la encubre, y proyecta sobre lo comprendido una aparente claridad, es decir, la incomprensión de la trivialidad”.
El nuevo crítico podría, pues, callar en cuanto a lo que en apariencia ya está demasiado claro, para dirigir su mirada (y sus oídos) hacia lo que ha quedado encubierto detrás de lo esclarecido, detrás de lo que hoy casi nadie se atreve a discutir, porque ya las autoridades dictaminaron que no había nada nuevo que discutir (aquí no puedo dejar de recordar aquel diálogo de Rossellini con Truffaut, donde el italiano aseguraba: “Hoy los hombres quieren ser libres de creer una verdad que les ha sido impuesta; ya no hay hombres que busquen su propia verdad y esto me parece extraordinariamente paradójico”).
Este nuevo crítico, por ejemplo, podría preguntarse: ¿qué es lo que se esconde detrás de todo eso que ha llegado a nosotros y damos por sentado como jerarquías culturales, concediéndole un sentido casi sagrado?; y sobre la jerarquía misma, ¿qué es lo que está dejando de privilegiar?, ¿qué es lo que está excluyendo y por qué?, ¿quiénes son los que están operando con esos criterios de valor y a qué intereses están respondiendo?, ¿o será que vamos a creernos de que las jerarquías culturales gozan de una soberanía que las hacen inmunes a los dictados del Poder de turno? En el caso específico del cine, ¿puede el crítico cubano conformarse con ser portavoz y repetidor de un canon que desde “Sight & Sound” nos resumirán cuáles son “las mejores películas” de todos los tiempos, o es su deber enriquecer las perspectivas en una época donde cada vez gana más descrédito el afán de totalidad en los planteamientos del experto de antaño?
Antes hablé de que no me resulta atrayente ejercer la censura en el blog y lo mantengo. Prohibir, poner límites, controlar el pensamiento de los demás, es algo que lejos de curarnos espiritualmente nos mutila, y hace definitivamente cierto este otro apunte de Heidegger:
“En medio del convivir originario, lo primero que se desliza es la habladuría. Cada uno se fija primero y ante todo en el otro: cómo se irá a comportar y qué irá a decir. El convivir en el uno no es de ningún modo un estar‐juntos acabado e indiferente, sino un tenso y ambiguo vigilarse unos a otros, un secreto y recíproco espionaje. Bajo la máscara del altruismo, se oculta un estar contra los otros”.
Si esto es inevitable, lo ideal será, desde mi punto de vista, cultivar espacios donde las ideas compitan públicamente entre sí, de modo transparente, y donde los sujetos puedan explorarse a la luz de sus realidades, y a partir de ellas, proponer una Crítica que las mejore. Las habladurías (que no hay que confundir con la mera charlatanería) seguirán existiendo, desde luego, en tanto forman parte de la existencia en su sentido más originario, pero en estos espacios a los que aludo sobrevivirían aquellos argumentos que de veras contribuyan a alcanzar una mayor lucidez colectiva, en franco olvido de los que apenas disimulan la búsqueda de un protagonismo efímero, o no pasan del testimonio de una euforia o una amargura individual que apenas trascenderá.
Porque no otra razón de ser tiene la Crítica, con mayúsculas, que no sea explorar en sus múltiples dimensiones la realidad que le ha tocado vivir a sus contemporáneos. Y ese tipo de episteme necesita el esfuerzo de muchos aspirando a un punto de vista superior, en vez de muchos pensando desde y para sus respectivas y angostas trincheras.
Juan Antonio García Borrero
Publicado el octubre 17, 2012 en POLÉMICAS, SOBRE LA CRITICA. Añade a favoritos el enlace permanente. Dejar un comentario.
Dejar un comentario