JORGE LUIS LANZA SOBRE EL AUDIOVISUAL JOVEN EN CUBA
El audiovisual joven en Cuba: una zona de silencio
Por: Jorge Luis Lanza Caride
Resulta difícil realizar un balance crítico sobre la producción audiovisual joven en Cuba si tenemos en cuenta que trascurrida más de una década de existencia de espacios como “La Muestra de Nuevos realizadores”, el “Festival Internacional de Cine Pobre” en Gibara, el “Festival Internacional Santiago Álvarez in Memóriam”, “El Almacén de la Imagen”, el “Festival Internacional de Video Arte”, entre otros espacios, es bastante lo que se ha producido en materia de cine en los últimos años, amen de que el ICAIC continúa siendo la institución rectora en la producción cinematográfica en nuestro país, aunque no la única. Es una realidad que el acceso de los jóvenes realizadores a las tecnologías de la información ha dinamizado y reconfigurado el proceso creativo dentro de este complejo universo.
El objetivo que justifica estas páginas estriba en contribuir al debate sobre la visibilidad del audiovisual joven en Cuba así como todos aquellos factores que determinan que dicha zona del audiovisual haya recibido el sugerente calificativo del crítico de cine Juan Antonio García Borrero de ser un cine sumergido, alternativo, prácticamente invisible en nuestros medios, destinada meramente al interior de eventos que escapan al control hegemónico de los circuitos de exhibición oficial, sin desestimar los esfuerzos realizados para promover la producción de los jóvenes cineastas cubanos a través de espacios televisivos como Nuevos Aires, Secuencia, ISATV, Hurón Azul y Nuestra América.
Muchas personas, tanto dentro como fuera de la isla, se cuestionan cómo en un contexto de globalización cultural, donde el universo audiovisual adquiere tanta relevancia en nuestra vida cotidiana, influyendo en nuestra cosmovisión del mundo, por qué su exhibición continúa resultando limitada en el contexto cubano, qué elementos definen la manera en que se ejecuta la política de exhibición para esta zona del audiovisual.
Resulta difícil y tentador responder a tales interrogantes que sobrepasan de alguna manera los límites del presente texto, intentaré al menos ser sincero y no herir sensibilidades al responder a ellas.
Hay que reconocer que el principal factor que influye en la invisibilidad de la producción audiovisual joven hoy en día se debe a aspectos extra cinematográficos, debido al tratamiento de determinadas zonas de nuestra realidad, ausentes de la gran pantalla por mucho tiempo.
El carácter transgresor de la mayoría de las obras audiovisuales trasciende el aspecto formal para transitar a la ideología, lo cual nos conduce a un aspecto indisolublemente ligado al tema objeto de análisis: la censura que ciertos funcionarios del ámbito cultural e institucional ejercen sobre esta forma de la producción artística.
Precisamente esa visión sobre nuestra realidad se convierte en la razón principal por la que muchos jóvenes creadores son vistos como artistas incómodos, incluso algunos burócratas los tildan de disidentes, porque amén de las pretensiones que puedan animar a muchos a la hora de concebir sus proyectos, a la gran mayoría de ellos los mueve su compromiso por el bienestar de la sociedad en que viven.
No encuentro algo más revolucionario que la aspiración sana de ese deseo, como diría Ernesto Ché Guevara en aquel trascendental ensayo que es El socialismo y el hombre en Cuba (1965)cuando nos advirtió sobre los peligros nefastos que puede ejercer la burocracia para el socialismo: “No debemos crear asalariados dóciles al pensamiento oficial ni becarios que vivan al amparo del presupuesto, ejerciendo una libertad entre comillas.” (1)
Aunque reconozco que esa mirada crítica sobre la realidad determina en gran medida la visibilidad del discurso audiovisual de los jóvenes, lo estético desempeña un rol crucial en este sentido, dado el afán de estos realizadores por establecer rupturas en el orden narrativo, al revelarse contra todo lo visto como convencional, conservador o políticamente correcto.
En nuestro caso diría que los novísimos cineastas no desestiman el aporte de sus maestros, todo lo contrario, son continuadores en muchos aspectos del legado cultural de clásicos de nuestra cinematografía como Memorias del subdesarrollo (1968), sin el cual Miguel Coyula no hubiese emprendido la osadía que significó filmar Memorias del desarrollo, prolongación del conflicto del Sergio literario de Edmundo Desnoes inmortalizado posteriormente por Tomás Gutiérrez Alea en la gran pantalla, favorecida con el premio a la mejor ficción en la Décima Muestra de Nuevos realizadores celebrada en La Habana en el 2010.
Memorias del desarrollo es uno de los filmes más renovadores e irreverentes dentro del panorama cinematográfico cubano de los últimos años, verdadero laboratorio semiótico que replantea desde una poética fílmica de esta era digital, factura anti convencional y su postura en el tratamiento de algunos hechos del pasado reciente, sobre todo el éxodo del Mariel en 1980, el dilema del intelectual dentro de la Revolución, y el conflicto del propio sujeto en una sociedad como la nuestra, sitúan la cinta, amén de otros factores vinculados al espacio geográfico donde fue producida, en una posición bastante marginal dentro de los espacios de exhibición, pues ni tan siquiera se le otorgó la posibilidad de concursar en la 32 edición del Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericana, y lo más aún, el ICAIC no la ha exhibido en sus circuitos oficiales.
Para caracterizar esta generación de jóvenes realizadores no encuentro mejor calificativo que el utilizado por Juan Antonio García Borrero al llamarles la generación del desenfado, “pues más allá de un saldo estético que nunca podremos medir de inmediato, ese desenfado puede medirse en el plano temático, pero también formal y sobre todo narrativo.” (2) Cuando García Borrero hace alusión al saldo estético que resulta prematuro medir en estos momentos se refiere a que es insuficiente una década para arribar a conclusiones sobre cuán iconoclasta y rupturista hayan podido ser determinadas obras, en dependencia de la perspectiva que hayamos tomado en cuenta para su análisis.
En algunos aspectos coincido con lo esgrimido por García Borrero pues reconozco que la ruptura estética no ha sido la tendencia predominante en el audiovisual joven cubano, amén de las irreverencias formales que ha significado las poéticas de Juan Carlos Cremata con su rupturista La época, el encanto y fin de siglo (1999),el Miguel Coyula de Clase Z tropical (2000), Esteban Insaustí con su Existen (2006),a mi juicio, uno de los documentales más renovadores e iconoclastas realizado en la primera década del Nuevo Milenio, Susana Barrriga con The Illusion (2009), Arturo Sotto con Bretón es un bebé (2008), entre otras.
En algunas de las obras mencionadas ha prevalecido mas el afán de sus realizadores por sumergirse en aspectos de nuestra realidad inéditos o poco abordados ya sea por la censura real o la autocensura que a veces nos imponemos, que la voluntad de trasgredir en el orden estético o narrativo, y si resulta difícil establecer un balance crítico sobre cuán iconoclasta han podido ser determinadas producciones a lo largo de estos diez años de producción audiovisual joven tampoco se puede negar el aporte de estas al panorama fílmico de la isla
Tanto en los documentales Existen como en La época, el encanto y fin de siglo, se aprecia ese matiz apocalíptico que le ofrece su realizador, al devenir de alguna manera un reflejo de la esquizofrenia social de una sociedad en crisis, sometida a la influencia del espiritual cultural de la era postmoderna, en un contexto internacional marcado por crisis de todo tipo, donde se cuestiona hasta el paradigma occidental de civilización con sus monumentos del pensamiento.
Sin embargo, detrás del caos visual que exponen ambas obras se advierte ese afán por invitarnos a reflexionar sobre nuestra existencia en un contexto signado por la necesidad de supervivencia en todos los órdenes de la vida, además de la necesidad de replantearnos la posibilidad de alcanzar utopías históricas.
En audiovisual joven en Cuba continua sorteando los riesgos que su realidad le impone, pero aun así se advierte una premisa común que mueve la voluntad creativa de estos jóvenes cineastas, la coexistencia de un pensamiento crítico en el tratamiento de nuestra realidad con una representación estética irreverente e iconoclasta, además de cultivar la tradicional vocación de vanguardia que han heredado de sus predecesores. Estamos ante una generación de realizadores que parafraseando una vieja frase, se parecen más a su tiempo que a sus padres.
Notas:
(1) Navarro, Desiderio. Las causas de las cosas, Editorial Letras Cubanas, La Habana, 2006 pp. 14
(2) García Borrero, Juan Antonio. Otras maneras de pensar el cine cubano, Editorial Oriente, Santiago de Cuba, 2009 pp. 23
Publicado el octubre 17, 2012 en AUDIOVISUAL JOVEN EN CUBA. Añade a favoritos el enlace permanente. Dejar un comentario.
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