COMENTARIOS DE ANTONIO ENRIQUE GONZÁLEZ ROJAS A “OTRA CRÍTICA TAMBIÉN ES POSIBLE…”

Estimado Juany:

Si poco propicio es el contexto intelectual cubano para la construcción colectiva de significados y fomentar desde un sistemático debate dialógico (cual “brainstorming” perenne) nuevos modos de analizar las fenométicas y circunstancias diversas que consiguen expresión en el Arte, más distante aún estamos de un real redimensionamiento epistemológico del acto crítico en sí, que coloque a sus cultores al umbral de una auténtica evolución preceptiva tras la cual se asumirá orgánicamente la “transtextualidad” referida por Noa y que tú ratificas, a la hora de deconstruir un audiovisual, una puesta teatral, una pieza plástica, danzaria, literaria o musical. Tú mismo afirmas que “en Cuba las condiciones para esa revolución copernicana de la crítica audiovisual aún están por madurar”.

La obra artística e intelectual es resultante de la intrínseca necesidad humana de comprender, aprehender y explicar la metarrealidad circundante, cuyas cabales dimensiones escapan a nuestra percepción, muy limitada, además de las causas biológicas, por la singular confluencia y ausencia de circunstancias, saberes y sucesos que conforman la personalidad de cada sujeto, prefigurándose así la criba cognitiva mediante la cual le llega el mundo. ¡Las más básicas concepciones sobre el Bien y el Mal, lo Sagrado y Profano, la Justicia y la Iniquidad, la Calidad y lo Mediocre, son construcciones convenientes de quienes están en la posibilidad de dictar jerarquías! Luego de una práctica sostenida son consensuadas por las mayorías y consolidadas como ordenes naturales, tradiciones, costumbres, ideologías. El homo sapiens es producto de tal entorno sociocultural que intenta perfilarlo como reproductor en el tiempo de postulados canónicos, que décadas o siglos después terminan siendo trascendidos, ya sea negados tajantemente o transformados, por estos sucesores que buscan validar su percepción por encima de las precedentes o coexistentes. Y comienza otra vez el proceso de creación-sedimentación.

Entonces, toda creación es, en gran medida, la validación del modelo cosmovisivo del autor ante los congéneres, bien con ánimo hegemónico, bien con más nobles pretensiones de compartir la ardua labor de discernir realidades de conjunto o al menos provocar el interés en los receptores por valores ajenos a sus esferas vitales.

La crítica, como toda obra humana, no escapa entonces de ser una práctica subjetiva, signados sus preceptos y jerarquías por la más absoluta relatividad que llega a reducir el ejercicio del criterio al mero y astuto sofismo: explicamos el mundo desde nuestra construcción personal de él, lo “reducimos” a nuestra imagen y semejanza. Echamos
mano a las teorías (propias o ajenas) afines, descartamos arbitrariamente otros prismas igualmente válidos, por muy heterodoxos y liberales que pretendamos declararnos. Paradójicamente, la única verdad transcendental resulta la relativa naturaleza de esta.

La existencia humana deviene entonces en una eterna contienda cosmovisiva por la prevalencia de las respectivas “verdades”, válidas todas si se analizan como resultados lógicos de dialécticas muy singulares. Como el Norte Magnético terrestre, los septentriones intelectuales se desplazan de una localización a otra, más aún, se multiplican según los diversos núcleos gnoseológicos que se erigen como generadores contundentes de sentidos, rompiendo lanzas a su favor. Sobre estos temas me viste discutir acaloradamente con otro colega y amigo holguinero durante aquella memorable madrugada del pasado junio en el parque Calixto García, cuando prácticamente amanecimos hablando de filosofía y cultura, durante el X Festival Nacional del Audiovisual Por Primera Vez, evento hábilmente matizado por la AHS para favorecer el
debate teórico sobre cine.

Abajo se viene el endiosamiento del crítico, poco acostumbrado a someter su carne al mismo escalpelo con que saja a diestra y siniestra el quehacer ajeno, muchas veces desde la intitucionalización dictatorial de su criterio. Juany, lo que solicitas es casi un sacrilegio, ¡a buena hora! Tú mismo escribiste en uno de los ensayos de “Otras maneras de pensar el cine cubano” que a la hora de mesurar el arte, la ruptura con inercias procesuales y conceptuales es casi el único indicador más/menos concreto.

De repente, el vértigo: todo resulta válido y factible, pues debidamente colimado, cualquier creación, incluida la obra crítica, es lo suficientemente legítima, si es valorada como expresión de determinadas realidades, experiencias y cosmovisiones cuya conjugación determinó la acción creativa de esa y no otra manera. Súbitamente, al crítico se le plantea despojarse de sus paradigmas más arraigados para identificarse con los del creador y la pieza analizados, develar las lógicas otras y las diferentes connotaciones adquiridas por la obra en su diálogo con el contexto inmediato, mediato o global, puramente artístico o extra artístico. ¡Es la heterodoxia casi anárquica!, dado que cualquier orden jerárquico es, al final de la historia, un acto arbitrario de discriminación y censura de una preceptiva necesitada de desenvolverse en una esfera estable de sentidos so pena de abrazar en el caos. Se difumina así toda regla con ínfulas de universalidad y perennidad, multiplicándose los axis mundi. Pero a la vez se acerca el analista a un sentido casi divino de justicia, ya que todos podrán ser medidos según las proporciones más acordes con su contexto y serán salvos de alguna manera.

¿Es algo así, Juany, a lo que convocas cuando indagas cómo “lograr entre nosotros una crítica que sea capaz de superar el juicio impresionista y voluble, una crítica que sepa poner a un lado la vivencia particular para rastrear en los filmes determinadas lógicas disimuladas por las más diversas tramas y efectos visuales” y además “más allá de los lenguajes tradicionales que hablan a través de nosotros y modelan la realidad de acuerdo a esos intereses de antaño (casi siempre patriarcales y racistas), retroceda hasta ´las cosas mismas´. O en el caso que nos ocupa, una crítica que retroceda hasta los filmes mismos, pero explorados en sus múltiples y complejas dimensiones”?

Precisamente, amigo, ¿cómo lograr ser realmente trascendentales y no soberbios aspirantes a deidades omniscientes, sino conscientes a plenitud de lo imposible de esta aspiración, para dialogar con las obras y sus creadores como entes iguales e irónicamente acercarnos a la legítima sabiduría? ¿Hay que dejar atrás todos los ropajes vanidosos del aldeano crítico que piensa que el mundo entero es su aldea y seguir una iluminación mayor para al menos atisbar los abismos que nos separan de la “cosa en sí” kantiana? ¿No tomar la sombra en la cueva platónica por un perfil cierto sino torcer el cuello lo más posible hacia la entrada? ¿Deben seguir existiendo los críticos como salvaguardas de qué jerarquías? ¿No estarían mejor como garantes de la libre expresión creativa, la pluralidad de discurso y forma, limitados sólo por la convivencia ética? ¿Analizar y no juzgar? ¿Qué crees?

Un gran abrazo
Tony

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Publicado el octubre 1, 2012 en POLÉMICAS, SOBRE LA CRITICA. Añade a favoritos el enlace permanente. Dejar un comentario.

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