ROLANDO LEYVA Y ALGUNAS PRECISIONES NECESARIAS SOBRE “IRREMEDIABLEMENTE JUNTOS”
Hola Juan Antonio:
Para consumo interno. No lo cuelgues en el blog si no lo estimas conveniente. Estoy escribiendo un breve artículo sobre Irremediablemente juntos que luego intentaré publicar en blanco y negro, pero ahora se hacen necesarias algunas precisiones que evitarían, en todo caso, fricciones indeseadas.
Entiendo que me acuses de ligero pero estoy siendo, en el peor de los casos, completamente honesto. No encontré ningún otro adjetivo o serie de ellos, que me permitieran calificar, evaluar el filme, que es mi trabajo, supongo, como crítico y docente universitario que simula que tiene algo que enseñarles a sus estudiantes, en algún sentido.
No me siento incómodo con el tema de la racialidad en el arte, en general, y en el cine cubano contemporáneo, en lo específico. Por el contrario, el privilegio innombrable de vivir en Santiago de Cuba, un gran laboratorio étnico- racial y sociocultural en sí mismo, me concede la oportunidad de hablar con el fundamento y la experticia del cientista social y del individuo “mestizo” que a su modo, aunque no lo creas, también ha sido, y es, en la actualidad, víctima del peor de los racismos posibles, el que se enmascara o solapa tras un velo de condescendencia académica.
Soy un tipo ingenuo y optimista que quisiera que el cine cubano contemporáneo fuese el rostro visible de las transformaciones que debieran suscitarse, para el bien de todos, en el seno de una sociedad cubana cada vez más compleja, de la realidad social de una isla que, detenida en el tiempo, aspira al trance, la metamorfosis definitiva.
Cuando acuso al filme de evasivo, irresponsable y oportunista, me remito, más que todo, vamos a suponer que sea algo aleatorio o casuístico, al hecho de filmar y estrenar la cinta precisamente ahora, cuando se celebra el centenario de la masacre de los independientes de color, que como conoces, se desarrolló con todo su dramatismo en la antigua provincia de Oriente, en territorio de la actual provincia de Santiago de Cuba y zonas aledañas. Me parece demasiado políticamente correcto por no decir conveniente que desde la industria fílmica, “centralizada y democrática”, se filme el triunfo del amor idílico inter étnico de una pareja asimétrica y bicolor como la que habita el filme. No me molesta, en todo caso, que se remita la cinta a una obra teatral (aunque acusa la falta de guiones originales sólidos, síntoma inequívoco de la crisis de la industria fílmica nacional).
El filme se resiente cuando prioriza narrar la historia en clave de drama musical, que no de drama social, mucho más angustioso y urgente como el género cinematográfico, especulo, que podría salvar al cine cubano contemporáneo de la debacle definitiva. La experiencia latinoamericana al respecto, dígase el cine brasileño, colombiano y mexicano, demuestra que mostrar la realidad social desde una perspectiva antropológica, sucia, puede suponer en si un acto artístico de una elemental pero válida justicia histórica y social. Jorge Luis Sánchez tiene una brutal reputación de documentalista “objetivo” como para caer “ingenuamente” en la trampa de filmar una cinta que entiende y expone el racismo como una práctica del pasado que apenas subsiste y que encuentra su solución final en la actitud romántica del sacrificio clasista de la chica blanca y preciosa que renuncia a vivir opulentamente en Miramar para irse a malvivir, en condiciones menos que precarias, en un presumible tugurio en Pogolotti. Lo de West Side Story no se lo quita nadie de encima.
No creo, por otro lado, que haya que caer en los tópicos tropicalistas habituales de mostrar el solar como el micromundo falaz del marginado cubano que disfruta folclóricamnete su estatus de paria, pero el tema podía ser tocado de otra forma. Es lo que hizo que Los dioses rotos casi llegara a ser una película fundamental del cine cubano contemporáneo. La decisión creativa de recurrir al musical desdramatiza y despoja de toda carga socialmente cáustica el mensaje de una cinta que, también a su modo, pudo abrir de nuevo, para drenarla, la herida purulenta del racismo, institucionalizado u oficializado en cuanto el negro, nos duele un mundo, sigue siendo el mismo calesero, atleta o músico, siempre músculo, que no piensa, solo actúa. Le endilgo al filme los calificativos que en mi opinión deben hacer recapacitar al director.
Hay muchas formas de ser consecuentes, y aunque sea en extremo ingrata la profesión de fiscalizar lo artística y estéticamente acabado, no se puede soslayar el componente ético de toda obra humana, tanto crítica científica, como críptica creativa. La propia pertenencia étnica racial del realizador tendría que haberlo obligado a contar una historia donde remitirse al pasado pera atemporizar el filme supone hacerlo inocuo en cuanto muestra los síntomas de las enfermedades que padecemos en carne (piel) propia pero no sus factores causales, humanos e institucionales. Al final no queda nada “claro” por qué apuesta el director, si por confrontar el racismo de un modo abiertamente militante, a sabiendas del costo personal que supone ser un disidente de lo establecido, o simplemente aliarse y facturar su obra desde la postura del observador imparcial comprometido con la postura estática institucional, disfuncional, despojada de la capacidad de solucionar el problema, aunque diga lo contrario.
Por ahora es lo que puedo decirte, en apenas media hora de confrontación, sobre lo que me cuestionas, aunque manejo otros argumentos que pienso volcar en un artículo más enjundioso. Ahora que lo pienso considero que si lo estimas bien, puedes colgarlo en el blog. Al fin y al cabo es el único sitio en Cuba donde se puede discutir y disentir con los amigos sin que eso lesione los afectos y la camaradería debida.
Saludos desde Santiago de Cuba,
Rolando Leyva Caballero (El gato pardo).
P.S. Recuerda lo que decía Lampedusa, una frase que a la vez te resulta familiar pues la has usado de exergo: “Hay que cambiar para que nada cambie.” No creo que la película intente hacer la diferencia y es lo peor de todo, su conformismo o conservadurismo patológico.
Publicado el septiembre 27, 2012 en POLÉMICAS, SOBRE LA CRITICA. Añade a favoritos el enlace permanente. 2 comentarios.
Creo que pudiera apoyar los razonamientos de Leyva desde un punto de vista muy instintivo. Me sentí demasiado incrédula durante la proyección de ese filme y no solo por la ausencia de una estética original y acabada.
Es que la película es un chiste, podrá ser muy buen documentalista, que se dedique a ese género mejor, el director.