OTRA CRÍTICA TAMBIÉN ES POSIBLE…
Al principio pensé que esto no sería más que el típico intercambio de ideas entre dos individuos que piensan diferente. Intercambios que por lo general devienen diálogos de sordos, o pasarelas en las que los contrincantes anteponen el lucimiento de la retórica efectista al debate efectivo de los argumentos. Por fortuna, antes de que Antonio Enrique González Rojas respondiera la carta pública original, Gustavo Arcos, Rolando Leyva Caballero, Pedro Noa, y Justo Planas, se encargaron de demostrar que aquí hay algo más que un diferendo entre dos.
Creo que se han estado aportando ideas interesantes, las cuales (sumadas a las de la anterior polémica, también asociada al ejercicio crítico) pueden ayudar a perfilar mucho mejor ese Taller de la Crítica Cinematográfica que quisiéramos hacer en Camagüey en el venidero mes de marzo. O a lo que señalaba en esa primera misiva: pensar entre todos en cómo contribuir a fomentar entre nosotros verdaderamente una nueva crítica.
Yo insistiría en esto porque, en algunos momentos de nuestros intercambios, pareciera que lo que estamos cuestionando es el estado de salud del cine cubano o de la industria, cuando en realidad lo que me interesa someter a debate esta vez es el anquilosamiento de nuestras prácticas críticas. En este sentido, cuando hablo de “la crítica” no me interesan los nombres propios. Yo iría más lejos aún: no me interesa esa versión menor de la Crítica nacida en el siglo XX con el apellido de “crítica de cine”. Me interesa el fenómeno mismo de la Crítica, pero entendida como esa operación intelectual que en cualquier época y latitud permite juzgar a través de las opiniones, y que por tanto, parece atada a determinadas reglas y limitaciones humanas, ya estudiadas en diversos períodos por sabios como Kant o Husserl, por citar apenas dos.
Entre nosotros, ese debate de fondo está todavía pendiente. No es que no se haya debatido el tema de la crítica de cine en nuestro país. Diría que cada diez o doce años ocurre esto que ahora estamos reviviendo. Y ocurre precisamente en esos momentos en que la producción cinematográfica pareciera dar síntomas de cansancio. Recuerdo que algo de eso sucedió a finales de los ochenta, cuando los críticos de entonces acusaron a los cineastas de la fecha de “populistas”, y los cineastas no fueron menos hostiles en sus réplicas, a juzgar por el planteamiento público que Ambrosio Fornet (entonces asesor de guiones del ICAIC) hiciera en uno de esos (des)encuentros, al afirmar:
“La crítica dominante no parece estar ni profesionalmente ni éticamente, a la altura de su función, porque no ha tenido la aptitud ni la profundidad necesaria para convertirse en interlocutora legítima y activa de nuestros cineastas a lo largo de todo el proceso de existencia del cine cubano. Éticamente esta crítica presenta rasgos francamente oportunistas”. (1)
¿Cómo lograr entre nosotros una crítica que sea capaz de superar el juicio impresionista y voluble, una crítica que sepa poner a un lado la vivencia particular para rastrear en los filmes determinadas lógicas disimuladas por las más diversas tramas y efectos visuales? ¿Será posible eso entre nosotros cuando términos como epistemología o semiótica devienen para algunos excentricidades idiomáticas? ¿Será posible esa renovación de la mirada que indaga si el que produce la interpretación se limita a opinar según lo que el humor o malhumor puntual le empuja a escribir? ¿No seguirá siendo eso otra muestra del oportunismo crítico al que aludía irritado Ambrosio Fornet?
En su respuesta a una de las preguntas que le hago a González Rojas en la misiva original (“¿por qué pasar por alto de modo olímpico el interés claramente herético de Pineda Barnet y Jorge Luis Sánchez en sus respectivos filmes, y descalificar ambas propuestas con el económico término de “panfletarios”?), el crítico responde, “Lo son por las flagrantes incapacidades de sus realizadores de sostener sus nobles propósitos. Las buenas intenciones no son suficientes en el arte cuando el resultado final naufraga y tergiversa las reales intenciones del creador”.
Pero esto no es un argumento, sino un prejuicio que reproduce la soberbia intelectual que en su momento Kant y otros ya supieron poner en su lugar. En principio, aquí el crítico (como personaje público) se está autoproclamando el ente trascendental a partir del cual habrá que leer la verdad definitiva, sin ofrecer mayores pruebas de ese don divino que una erudición heredada, la cual respalda el dictamen concluyente. ¿Cómo puede el crítico en este caso saber cuáles eran las reales intenciones del creador(esas que nunca saldrán más allá de las mentes de los creadores) si no es confundiendo la lógica objetiva del filme (que puede ser muy vulnerable) con su propia interpretación sicológica, que aunque legítima por particular, es falsa al pretenderse universal?, ¿no hubiese sido preferible explorar hasta la saciedad los múltiples niveles en que se mueven los diversos espectadores que tienen estas cintas, antes de llegar a esa descalificación tajante y unidimensional? Reitero que aquí no hablo de la calidad estética de los filmes evaluados, sino de la calidad de los pensamientos que se les han dedicado a sus respectivas valoraciones.
Lo cual me lleva a hacerme otra pregunta que pretendo sea una nueva provocación: ¿qué estamos leyendo de teoría fílmica los críticos cubanos ahora mismo?, ¿sobre qué base es que se forman en la actualidad nuestros criterios? Las personas que hablamos y escribimos sobre cine en este país por lo general estamos bastante actualizados con lo que se produce en términos audiovisuales, pero hemos atendido muy poco a lo que ha estado pasando en el campo de los estudios de cine. Habría que preguntarle a Desiderio Navarro cuántos críticos se interesan por las traducciones que hace de muchos de esos materiales. O a la presidencia de la ACPC por el uso de esa biblioteca digital que ha puesto a disposición de sus miembros. De allí que la reflexión de Pedro Noa me parezca pertinente, sobre todo cuando hace notar el surgimiento de una academia,
“en la cual se ha ido valorando todo lo que se produce en esa industria- arte, por medio de las muchas herramientas analíticas que fueron surgiendo y consolidándose desde esa propia década, y que han valorado el filme como texto, no solo desconstruible en sí mismo, sino también inmerso en una transtextualidad, que hace posible abordarlo desde diferentes enfoques teóricos, y que, por supuesto, abarca también a todo el proceso de producción, distribución y exhibición, así como a todos los sujetos que participan en él”.
En verdad, no deberíamos avergonzarnos de esas carencias gnoseológicas. En todo caso, se han de tomar en cuenta para, a partir de allí, proponernos nuevas metas, nuevas alturas, nuevas densidades. La adquisición del saber teorético va siempre por detrás del saber práctico. No puede renovarse la mirada allí donde las condiciones históricas todavía no estén creadas, y la ocupación cotidiana en que nos encontramos sumergidos en el día a día no nos propicie la ocasión de interesarnos por esos temas hasta entonces inútiles o nada prácticos. Y en Cuba las condiciones para esa revolución copernicana de la crítica audiovisual aún están por madurar, pues para ello se necesitaría naturalizar el diálogo con ese pensamiento que en otros lares ya va quedando atrás, luego de amplios debates. Nos faltaría un mayor acceso a la bibliografía especializada, a las conferencias que han dictado estos pensadores, a las guerras en las que se han ensalzado sus protagonistas.
El ICAIC, casi desde su inicio, propuso un valioso conjunto de libros y boletines que procuraban esa actualización teórica. Pero la renovación apenas se notó en el ejercicio de la crítica, que siguió apoyándose fundamentalmente en el modelo interpretativo importado de los estudios literarios. La culpa no fue de los críticos, que ya estaban formados dentro de una tradición que ahora nosotros hemos heredado con demasiada docilidad, sino en la ausencia de espacios alternativos a ese modo de leer las películas. Entre nosotros nunca existieron revistas que compitieran públicamente con sus puntos de vistas, sino que se vio a “Cine Cubano” prácticamente como el epítome de todo lo que pudiera pensarse sobre cine en el país. Por otro lado, cada crítico siguió ensimismado en su monólogo, porque después de todo, había un público (un lector de periódicos y revistas) que agradecía ese lenguaje convencional, sobre todo por la información que brindaba aunque discrepase en cuanto a los valores adjudicados. Hoy los tiempos, definitivamente, son otros, por lo que la crítica del audiovisual tendrá que reinventarse ella misma si de veras aspira a figurar en el mapa intelectual de la nación como algo más que el pretexto para la catarsis.
Pienso, sin embargo, que sería un error pasar ahora al otro extremo, y sustituir entonces la crítica con la críptica. Para mí Cabrera Infante seguirá siendo un modelo importante a tener en cuenta porque nos sigue demostrando que aquello que tenga un buen acabado literario es también eficaz para movilizar ideas. Lo mismo me pasa con Borges, que al hablar de The Informer (1935), de John Ford, en su fecha de estreno, apuntaba con delicioso desenfado: “lo juzgo demasiado memorable para no estimular una discusión y para no merecer un reproche”. O en un caso aún más personal, con Luciano Castillo, que con su “Trenes en la noche” me ha llevado de viaje al corazón de ese espectador virgen que alguna vez fui, permitiendo que examine en retrospectiva el periplo íntimo que me ha traído hasta aquí.
Sin embargo, el peligro mayor que podría traernos una indigestión esnobista de esas teorías por el momento ilustres en su novedad, es que, más que arrojarnos claridad nos multiplicaría las confusiones, las disputas que no llegan a ninguna parte porque no están hablando de los problemas en sí, sino del estado de humor que provoca lidiar con esos problemas actuales. Mucho ruido que, sin embargo, no pasaría del reino de las habladurías en su sentido heideggeriano.
Mirando desde este punto, Husserl sigue siendo un revolucionario intelectual que no pasa de moda, y que nos invita a poner los pies sobre la tierra en cada una de las cosas que escribimos y hablamos. Recuérdese aquel pasaje de sus “Investigaciones para la fenomenología y teoría del conocimiento”:
“No queremos de ninguna manera darnos por satisfechos con “meras palabras”, esto es, con una comprensión verbal meramente simbólica, como la que tenemos por de pronto en nuestras reflexiones acerca del sentido de las leyes establecidas en la lógica pura sobre “conceptos”, “juicios”, “verdades”, etc, con sus múltiples particularizaciones. No pueden satisfacernos significaciones que toman vida –cuando la toman- de intuiciones remotas, confusas, impropias. Queremos retroceder a las “cosas mismas”
A ello me refería cuando en la respuesta a Gustavo Arcos le mencionaba que necesitamos una crítica que hable menos y piense más. Necesitamos una crítica que, más allá de las teorías deslumbrantes que tal vez sirvan para entender el cine europeo pero no el cubano, más allá de las películas que hemos visto y nos han fascinado al extremo de que ya no queremos ver otras que no las recuerden, más allá de los lenguajes tradicionales que hablan a través de nosotros y modelan la realidad de acuerdo a esos intereses de antaño (casi siempre patriarcales y racistas), retroceda hasta “las cosas mismas”. O en el caso que nos ocupa, una crítica que retroceda hasta los filmes mismos, pero explorados en sus múltiples y complejas dimensiones.
Juan Antonio García Borrero
NOTA:
1) Temperatura del cine cubano. Revista Bohemia Nro. 29. 15 de julio de 1988, p 10.
Publicado el septiembre 25, 2012 en POLÉMICAS, SOBRE LA CRITICA. Añade a favoritos el enlace permanente. 1 comentario.
Pingback: DE GARCÍA BORRERO A LEYVA CABALLERO « cine cubano, la pupila insomne