ROLANDO LEYVA CABALLERO SOBRE LA CRÍTICA JOVEN EN CUBA

Juan Antonio:

¿Qué decirte? Resulta en extremo difícil escribir, opinar, desde el comprometimiento personal de un individuo, es mi caso, que se desplaza de un extremo al otro de la cuerda floja que enlaza la docencia universitaria con la crítica de arte, específicamente audiovisual. Lo más difícil es precisamente eso, predicar con el ejemplo, enseñar si acaso es posible,      entrenar a mis estudiantes universitarios, para ver, pensar el cine y luego argumentarlo, explicando desde una forzosa perspectiva académica que contamina, para bien o para mal, todo acto hermenéutico de reinterpretación de la realidad que nos rodea como individuos, prolongando al infinito el sentido profundo del acto intransferible de ejercer el criterio.

¿Existe una crítica joven en Cuba? Por supuesto, si nos adscribimos a un reduccionista criterio generacional, de presuponer que joven es aquel individuo menor de treinta y cinco años con la suficiente lucidez y valor como para exponer públicamente un criterio personal. No creo en aquello de que es joven el que lo desea ser. No funciona así para mí. Uno es el producto de sus experiencias vitales acumulativas, sedimentadas, y consecuentemente, resulta imposible desprendernos de toda esa carga emocional, espiritual, existencial que nos caracteriza y describe desde el punto de vista generacional. Somos el resultado de nuestro tiempo, de lo vivido vívido en carne propia.

No comparto con Gustavo el criterio que supone que la muy poco estimulante producción fílmica nacional, imagino que se refiere en todo caso a la gestión institucional del ICAIC que cataloga de mediocre, y que de hecho lo es, le corresponda necesariamente, una crítica similar. En primer lugar porque no solo, como espectadores informados que somos los que nos movemos profesionalmente en el medio, consumimos cine cubano contemporáneo, mucho más abarcador, al incluir las propuestas artísticas de realizadores no adscritos a las disfuncionales estéticas y estrategias de producción típicas de la industria fílmica nacional, si acaso aún existe, en esos términos. Es notable el nivel de actualización periódica referida al consumo sociocultural, consciente y voluntario, de todo tipo de filmes y producciones audiovisuales, provenientes de contextos muy diversos. Aun si no ocurriera de ese modo,   no considero correcto correlacionar una producción fílmica nacional, decadente y estática,    ni homologar como tal a la crítica que se acerca a su estudio.

De una película cubana perfectamente mediocre puede emanar una crítica lúcida, corrosiva, sin llegar a ser correctiva, correcta en el sentido más convencional de la expresión. No creo que exista apatía en el ejercicio del oficio. Simplemente somos unos pocos sediciosos que nos dedicamos al acto romántico de la contemplación, por momentos diletante, del arte,     del cine, como si acaso este desempeñara la función mesiánica de transformar el mundo. Tenemos que estar conscientes que somos una minoría, por no decir una élite privilegiada, que tiene el tiempo, la vocación, la potestad, el oficio adquirido, la preparación suficiente, yo diría la arrogancia intelectual, de opinar sobre un objeto de estudio cada más complejo, dinámico y escurridizo.  Me refiero, otra vez, al ARTE, al CINE, en mayúsculas.

Si partimos de ese criterio simple no hay porque alarmarse. Es decir, somos pocos, y lo que hacemos, siendo completamente honestos, no creo que importe a muchas personas, a no ser los propios colegas del medio, un nosotros mismos, en primera persona del plural, tal vez algunos estudiantes universitarios, sus profesores, los gestores y promotores culturales más entusiastas y los censores, sensores ocultos, que revisan nuestros textos en busca de algún indicio de resquebrajamiento de la moral revolucionaria.

Por otro lado me cansa el hecho banal, la diatriba bizantina, mezquina, sin sentido,   de insistir en establecer e imponer jerarquías duales, ambivalentes, por tanto, reversibles. ¿Por qué hablar en compartimentos cerrados, enfrentados, de joven y viejo, conservador y liberal (hasta el libertinaje), de lógicos ortodoxos y exquisitos voluptuosos, epígonos y originales? ¿Por qué no hablar de ser y estar, sin distingos innecesarios, implementados para reforzar una visión muy particular, dígase personal, sobre un determinado fenómeno? Cuando la crítica de cine en Cuba, cuando los críticos, me incluyo, rompamos el espejo en que nos observamos de un modo egocéntrico y narcisista cada día, seremos mejores profesionales y escribiremos más y mejor, aunque esto en sí no sé si sea una ambición sana, por lo menos la de escribir más, que no mejor. ¿Por qué relacionar la apatía con el ritmo natural desde el cual se escribe? Pregunto.

Pienso y escribo sobre cine todas las semanas, pero publico tan solo, con suerte, tres o cuatro artículos al año, cuando se apiadan de mí los editores. Me explico. Quisiera tener un blog personal, el acceso constante a internet que me permita no solo actualizarme, estudiar, sino también visibilizar mejor lo que tengo que decir. Resulta imposible, entre otras razones de índole técnica (la conectividad deplorable a partir de un ancho de banda milimétrico) porque me encuentro atrapado en un conflicto de intereses que me imposibilita decir en el blog de Juan Antonio lo que después me veré imposibilitado de incluir en mis textos para las escasas publicaciones donde cuelo mis escritos. A lo mejor lo único que establece y declaro es mi incapacidad o esterilidad creativa, pero también una limitante objetiva de tipo académica. En lo profesional me exigen, como parte de mi evaluación profesional anual de docente universitario, publicar al menos dos artículos en revistas refrendadas, inscritas, indexadas en bases de prestigio internacional, y sinceramente no puedo quemar cartuchos, ideas y textos cuando no se perciben recompensas de ningún tipo, ni siquiera curriculares, por no hablar de la reticencia o demora del pago de los derechos de autor, que para lo que me resuelven, prefiero no cobrarlos, por cortesía ante la amabilidad de los editores.

Creo en el alcance e impacto inmediato de las nuevas tecnologías de la informática y las comunicaciones, que a su forma, en condiciones ideales, podrían suplir las limitaciones de espacio y tiempo para publicar en revistas especializadas cuya frecuencia irregular limita en muchos sentidos la generación de un corpus crítico oxigenado por la actualización cíclica, constante, de lo que se piensa y escribe, pero sabemos que no funciona así. No recuerdo ninguna publicación cubana digital de corte artístico, estético, sociocultural, en resumen, que no mera y netamente informativa, que renueve periódicamente, una vez al mes,           digamos, los textos en red. Si a eso le sumas las limitaciones reales para crear un blog personal sin generar suspicacias institucionales infundidas por exigir esa posibilidad elemental de mantenerse conectado con el mundo, no hay mucho que hacer sin meterse en problemas.

En algún momento me pareció que le comenté a Juan Antonio que en Cuba había que llevar adelante una segunda campaña de alfabetización, en este caso informática, que erradicaría, con suerte, al menos en parte, la ignorancia muchas veces supina que padecemos en todo lo relacionado con el caos y dinamismo propio de la interacción diaria en las redes sociales,             en nuestro caso esclavizado o limitado el acceso real por criterios ideológicos anacrónicos,        en extremo sectarios y excluyentes de toda posibilidad de rebatirlos. No tengo acceso,    para que me entiendan, a Facebook, por ejemplo, desde el Festival de Cine de La Habana, sin hablar de mis cuentas de correo no adscritas al servidor central de la Universidad de Oriente. Así no hay forma de ser un ciudadano del Planeta Tierra en el Siglo XXI.

En lo concerniente al estilo. Soy partidario de la afiliación metodológica o teórica que el crítico de cine estime conveniente, por acomodaticia, a su forma particular de ver el mundo. Creo también en la coexistencia armónica, al menos pacífica, de varias generaciones y escuelas de críticos, a veces más entretenidos en sacarse los ojos mutuamente, por celos profesionales y personales, que interesados en parir o arrojar luz sobre la oscuridad de la ignorancia. También creo que existen niveles, que no una escala competente, competitiva, en el ejercicio del criterio, en dependencia no del talento literario del escritor, sino de las peculiaridades editoriales del medio o la publicación para la cual trabaja.

Hablando de la censura programática. Más allá del mutis u ostracismo selectivo personal sobre algunos temas específicos, del partidismo declamatorio de algunos críticos, respetable su actitud, pluralista al fin que soy, que no condescendiente, otro asunto es lidiar con los editores, más bien, con los criterios que conforman la política editorial de las publicaciones. Todos sabemos lo difícil que resulta integrarse a la dinámica del mundo editorial cubano (no me refiero a la publicación en tiempo y forma de los libros de ensayo) sino del acceso a los espacios de publicación en las revistas especializadas cubanas, permeadas aun por esa visión típica y habitualmente habano- céntrica, en esencia, excluyente, que publica casi siempre tan solo el corpus escrito que se genera desde La Habana nunca desde las áreas verdes que conforman la periferia del mundo intelectual cubano.

(Aclaro, para que no haya confusiones ni desavenencias sin necesidad. Nunca he intentado publicar ni en Arte Cubano, ni en Cine Cubano, ni en La Gaceta de Cuba, ni en Unión o Temas, por mencionar solo las más prestigiosas o antiguas, que no las únicas. No menciono      El Caimán Barbudo porque Rafael Grillo, su editor, tuvo la deferencia reciente e imposible de gratificar, de publicar un artículo mío sobre Verde Verde).

Fuera de la capital cubana la situación simplemente no mejora. Los criterios ufanamente provincianos que determinan la política editorial de las revistas asentadas en las cabeceras y las limitaciones materiales conocidas, imposibilitan la inclusión, a tiempo, de los artículos, críticas, notas o reseñas que mantendrían actualizado el ejercicio del criterio, que se desfasa habitualmente, apareciendo los textos, cuando lo hacen, meses, incluso un año después del estreno del filme, sin hablar de que en los semanarios provinciales no existen ni se potencian espacios para el ejercicio de la crítica. Tan solo hablar de crítica ya inflama los corazones de los directores y editores de este tipo de publicaciones, acostumbrados a ser alimentados verticalmente con lo que debe y puede ser publicado, y lo que no.

Por otro lado no me siento un autor joven, a pesar de mis treinta años, si eso quiere decir que debo ser una adicto o fanático de la tecnología puesta en función de la incomunicación humana, y de las posturas esnobistas de simular una afectación teórica y metodológica, posmodernista a consciencia. Me siento más cómodo en el mundo del papel y la tinta fresca que en la dimensión virtual del mundo digital, pero esa es ya una decisión personal basada en el simple hecho de no poder acceder como quisiera a internet. Definitivamente soy un individuo anacrónico, decimonónico, atrapado en su adicción al papel impreso.

Por otro lado, mi realización personal no depende de la publicación, del ejercicio público, conocido, del oficio crítico, en alguna revista visible. Me satisfago, soy feliz, cuando en el aula universitaria practico la crítica didáctica docente, esa que se concreta en el plano de la oralidad discursiva, que no trasciende los límites claustrales de la educación superior cubana, que se diluye pero al final fragua en la psiquis del estudiante interesado. Para ellos trabajo, son mi público natural, el único verdaderamente motivado en escucharme.

Si en los demás, los pocos que leen lo que escribo, causo algún afecto parecido al estupor, pues agradecido, pero no me preocupa, de veras. Al final me consta que soy un provocador, no más. En cuanto a sí la crítica cubana camina en la dirección correcta no creo que valga la pena detenernos a pensar en ello. Para eso están los críticos de los críticos, y también,    en su momento, a posteriori, los historiadores. Por ahora si estoy seguro de algo. Existe una crítica joven en Cuba, en estado larval (¿insectos?), interesada en crecer, en desarrollar un estilo propio, reconocible, en hacerse de una reputación de terribles, en publicar, en hacerse notar y reconocer, en resumen, en existir y brillar con luz propia, en nombre de sí.

Que no seamos tantos ni supuestamente tan originales tampoco es preocupante porque simplemente hacemos por lo que muchas veces ni siquiera nos pagan. En todo caso, digo, seguiremos informando a nuestro pueblo.

Msc. Rolando Leyva Caballero.

Departamento de Historia del Arte.

Facultad de Humanidades.

Universidad de Oriente.

Santiago de Cuba.

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Publicado el septiembre 19, 2012 en POLÉMICAS, SOBRE LA CRITICA. Añade a favoritos el enlace permanente. Dejar un comentario.

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