CARTA ABIERTA A ANTONIO ENRIQUE GONZÁLEZ ROJAS
Estimado Antonio Enrique:
Desde hace algún tiempo vengo meditando en torno a estas ideas que ahora decido hacer públicas en el blog, sobre todo porque tienen que ver con ese asunto que pretendemos discutir en el venidero Taller Nacional de la Crítica Cinematográfica. Me refiero a la existencia o inexistencia de una “crítica joven” o una “crítica nueva” entre nosotros, y al examen de lo que, en caso de existir, pudieran ser sus caracteres más renovadores.
Si esta misiva la dirijo a tu persona es porque, desde el blog, has sido el que de manera más sistemática ha estado pendiente de la producción audiovisual de nuestros coterráneos. No conozco otro crítico cubano que ahora mismo haya mostrado similar prisa a la hora de evaluar las producciones del patio, y lo que es mejor aún, lo mismo para hablar de las ficciones del ICAIC que de los animados que se hacen más allá de la capital.
Creo haberte comentado alguna vez que si algo me impresiona aún de tu estilo crítico, es la tremenda capacidad que tienes para detectar influencias en las obras que examinas. Ya apenas se ven críticas donde el autor (mucho menos si es tan joven como tú) saca a relucir la huella que antecedió al creador. Eso me parece importante porque contribuye a recordarnos a todos que en realidad “nada nuevo hay bajo el sol”: en esta época donde pareciera que el retozo con la tecnología es el fin único, hemos visto azorados cómo queda oculto el legado de esta tradición fílmica que rebasa la respetable suma de cien años, y cualquiera con una cámara, sin importarle averiguar quién fue Griffith, Eisenstein, Welles, o Glauber Rocha, se hace llamar “cineasta”. Desenmascarar esos equívocos, en estos tiempos, se impone como deber del estudioso.
Sin embargo, como abogado del diablo, quisiera insertar ahora algunas provocaciones, en tanto creo que es un error insistir en separar al crítico del creador. Ambos viven inmersos en un mismo mundo de ocupaciones humanas que condiciona sus respectivos horizontes de expectativas. Ambos ponen sus pertinentes capacidades intelectuales en función de darle sentido a aquello que perciben como “lo real”, y sobre esa base se pronuncian públicamente, a favor o en contra.
Que determinadas convenciones permitan que en sociedad se les reconozca como críticos o creadores es apenas un gesto de ridícula trascendencia cuya persistencia sólo lo justifica el espejismo de la vanidad y el afán de protagonismo que busca el ego de estos tiempos, tan ajeno al espíritu de los anónimos artistas rupestres. Pero a la larga, tales pretensiones carecen de importancia. De allí mi insistencia en que entre todos los que compartimos en el blog pensemos en cómo contribuir a fomentar entre nosotros verdaderamente una nueva crítica, un nuevo pensamiento crítico.
Esto me obliga a intercalar un par de aclaraciones en cuanto a lo que persigo como rector del sitio. Parece innecesario, toda vez que al ser “Cine cubano, la pupila insomne” un blog de carácter personal (no institucional), pudiera apelar a la cómoda coartada de que todo lo que aquí se lee es de absoluta responsabilidad de los contribuyentes. Pero es que en realidad en el blog aspiro a conseguir algo más. Se trata de un espacio donde defiendo la libertad de pensamiento, y tan importante como lo anterior, la libertad de expresión de ese pensamiento, por irreverente que pueda ser. Pero no aludo a esa libertad que confunde el debate de las ideas con el ataque festinado a las personas.
Para mí queda muy claro que una cosa son las obras (sean películas, libros, o este mismo blog, que con seguridad es vapuleable en más de un sentido), y otra el individuo que crea esas obras, que merece el máximo de respeto. De allí que, a diferencia de los que se han mostrado irritados con algunas de las demoledoras críticas que has hecho a películas cubanas recientes (Sumbe; Marina; Fábula; Verde Verde, o Irremediablemente juntos, por mencionar las que ahora recuerdo), yo piense que como espectador (más que como crítico, que insisto, es una ficción) te asiste el derecho a exponer tu inconformidad ante esos filmes. En ninguno de esos casos encontré ofensa alguna a los realizadores; sí duros ataques a las obras, que es otra cosa.
Creo haber dejado claro que con lo único que no transigiré en el blog es con la vulgaridad crítica (o con la chusmería, para decirlo en buen cubano). Esto lo he asumido como una suerte de principio, no porque con ello piense que consigo evadirme de un mundo donde la vulgaridad forma parte de lo humano, y que por tanto, no me resultaría ajena. Pero es preciso tomar conciencia de esa indigencia existencial para proponernos ataques de mayor realeza, de verdadera altura y alcance. En lo personal, tengo al menos dos referentes que me ayudan a no perder el rumbo. Uno es ese artista del martillear intelectual que fue Nietzsche, y en especial aquello que alguna vez anotó:
“Hay algo más difícil de aceptar que el hecho de que la vida conlleve hostilidad, muerte y crucifixión. Me refiero a aquello que dije una vez, faltándome poco para que se me atragantara la pregunta: “¿Pero cómo? ¿Es que la vida necesita incluso de la chusma?”.
El otro es Lezama, con aquel balance que hacía de “Orígenes” en 1947:
“Hemos procurado que la diversidad sea nuestro balance y nuestra euforia. Todo podrá tener acogida en nuestras páginas, menos lo chusma, lo frío informe, lo apresurado, y el rezagado que quiere ahora pasarse de listo, cuando todos saben que llegó tarde a la fiesta y no tiene alegría ni expresión para hacer otras fiestas”.
Dicho lo anterior, y esclarecida cuál es mi posición, quisiera exponer ahora el par de ideas que comentaba al principio, y que tiene que ver con el sentido de esa nueva crítica a la que en el fondo estamos aspirando. Porque creo que de eso se trata. De que ahora mismo no existe en Cuba un corpus crítico que se distinga de las prácticas que desde el pasado siglo se han fomentado entre nosotros. Y esto no deja de ser preocupante, porque vivimos en medio de un escenario absolutamente distinto a los anteriores, lo cual nos obligaría, por lo menos, a experimentar nuevas miradas, nuevos enfoques. Pero aquí, entre nosotros, la observación de David Bordwell sigue funcionando con absoluta transparencia:
“Dejemos a un lado las escuelas, doctrinas, nomenclaturas y procedimientos; ignoremos las historias oficiales que muestran la coronación de una teoría crítica y su posterior derrocamiento a manos de otra que afortunadamente responde a aquellas preguntas que su predecesora ignoraba; por encima de todo, prestemos menos atención a lo que los críticos dicen que hacen y más atención a sus métodos reales de pensamiento y escritura: hagamos todo esto y obtendremos nada menos que un conjunto de convenciones tan poderoso como las premisas de un estilo académico en pintura o música”.
¿Hasta qué punto la crítica que ejercemos los que ahora hablamos del cine cubano (o de cualquier cine) se aparta de lo convencional, de lo pre-establecido, de lo rutinario? ¿Hasta qué punto estamos contribuyendo a desautomatizar la mirada colectiva que tenemos de las películas que se hacen? ¿Hasta qué punto hacemos uso de la empatía (que no simpatía) para intentar entender la propuesta originaria del cineasta, y desde allí, informar sobre los aciertos y fracasos de la operación artística?, ¿hasta qué punto no estamos hablando de la película que hubiésemos querido ver, y no de la que llegó a nuestros sentidos?
Como abogado del diablo, pongo de ejemplo el peligro que tiene esa virtud que antes le señalaba a tu estilo crítico: cuando haces gala de toda esa indiscutible erudición fílmica, y opones a la película que estudias un sinnúmero de ilustres antecedentes, ¿no estás condenando a la simple condición de epígonos del canon ya consolidado a los cineastas del patio?, ¿por qué pasar por alto de modo olímpico el interés claramente herético de Pineda Barnet y Jorge Luis Sánchez en sus respectivos filmes, y descalificar ambas propuestas con el económico término de “panfletarios”? ¿No hay en esas cintas propuestas ideológicas que se pueden desmontar (y cuestionar de modo visceral) desde una perspectiva que apele a la complejidad que ellos mismos sugieren?
Verás que no hay en esta carta demasiadas respuestas a las preguntas que desde hace un rato nos estamos haciendo en el blog un grupo de amigos (recordemos la reciente polémica sobre “la nueva crítica”). No quisieras que la interpretes como un llamado al elusivo “ne quid nimis” (nada con demasía), ese arte de pasar la mano que tanto abunda en nuestras publicaciones. Sobra decir que tus contribuciones seguirán siendo bien recibidas, sobre todo si sirven para mover ideas. En todo caso esta carta es una invitación a vigilar con similar vehemencia nuestra propia gestión interpretativa.
Un abrazo,
Juan Antonio García Borrero
Publicado el septiembre 11, 2012 en SOBRE LA CRITICA. Añade a favoritos el enlace permanente. 1 comentario.
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