POST FRESA, CHOCOLATE Y VARIAS PUPILAS INSOMNES

Lo ocurrido el pasado viernes 20 de julio en el Centro Cultural Cinematográfico “Fresa y chocolate”, a propósito de la presentación del libro “Cine cubano, la pupila insomne” (Ediciones UNIÓN, 2012), superó todas las expectativas que me había construido antes de viajar a la capital.

De hecho, pude ver cumplido mi deseo más íntimo: se presentó un libro del cual apenas se habló lo que mínimamente se exige en estas situaciones: agradecimientos a la editorial que acogió al texto, y en especial al editor Ernesto Pérez Chang; agradecimientos a quienes posibilitaron el encuentro físico (concretamente a los directivos del ICAIC, en especial a su presidente Omar González); y no menos importante, agradecimientos a los amigos que esa tarde decidieron concederme el privilegio de sus cercanías. Eran muchos, así que no cometeré el error de nombrar a algunos y omitir a otros.

Lo que realmente me importaba, que era retomar algunas de las ideas discutidas en el blog con cierta sistematicidad, y entablar ya no un debate virtual, sino “real” (entre seres de carne y hueso, que además, es como único adquiere sentido un debate), creo que se cumplió. Al menos esa es mi impresión, si bien sé que esta consideración viene de muy cerca. Desde luego, nada de eso hubiese ocurrido sin las intervenciones iniciales de Alberto Ramos, Gustavo Arcos, y Víctor Fowler, quienes fueron los que verdaderamente animaron la tarde con sus agudas y polémicas exposiciones.

Como era de sospechar, tras el debate (que duró casi una hora y media) quedaron más interrogantes flotando en el ambiente, que respuestas satisfactorias. Alberto Ramos nos habló de esas nuevas modalidades que se vienen insertando en el ejercicio de la crítica fílmica, con estudiosos que ya hablan de las películas no desde el tradicional soporte de papel y con concepciones puramente literarias, sino desde el audiovisual mismo, mientras que Gustavo Arcos precisaba un poco mejor algunas de las ideas que en la reciente polémica sobre la crítica que sostuvimos en el sitio expuso, dejando en no pocos la impresión de que decretaba “la muerte del crítico tradicional”.

Con Víctor Fowler intenté repensar parte de las ideas encontradas que ambos expusimos a propósito de la controversia sobre el neoanalfabetismo funcional y tecnológico, y la urgencia que tenemos (desde mi punto de vista) de llevar a cabo una segunda Campaña de Alfabetización a lo largo y ancho del país. Fowler llamó la atención sobre algo que no deja de resultar interesante: el hecho de que la propia lógica del mercado de las nuevas tecnologías estén propiciando, por un lado, la creciente sofisticación de los programas que se venden para uso del ciudadano común, y al mismo tiempo, que esos programas sean cada vez más básicos, garantizando el empleo fácil de cada una de esas herramientas.

De haber seguido el debate me hubiese gustado preguntar qué significa exactamente eso: ¿acaso que la mencionada neoalfabetización ya está siendo impulsada por el propio capitalismo? Un hombre de la agudeza de Fowler, que ha sabido desmontar desde la sospecha los mecanismos que legitiman más de un discurso hegemónico, sabe que aquí lo fundamental estaría en inquirir qué se esconde detrás de tanta “generosidad” colectiva: no sería tan difícil encontrar el fomento de nuevas y sutiles relaciones de dependencia, en los cuales un grupo poderoso impone la tecnología que condicionará, sin el más mínimo estímulo crítico, nuestras maneras de ver y entender la vida, con la consecuente robotización del actuar cotidiano (en algún sitio de Buenos Aires leí en forma de grafitti este sarcástico comentario: “Ahora tenemos teléfonos inteligentes en manos de gente idiota”).

No es ese el tipo de Campaña de Neo-alfabetización a la que aspiro. En todo caso creo que lo más importante sería contribuir a formar un usuario que esté atento a las infinitas posibilidades de emancipación que brindan estas nuevas tecnologías. Emancipación para consumir lo que nos venga en gana, pero dejando a un lado la inocencia. Y ni siquiera estoy pensando en ese tipo de “fantasía socialista” que habla en nombre de las masas: en realidad me estoy refiriendo al individuo que somos, en cada caso, cada uno de nosotros.

Obviamente, para emprender un proyecto tan ambicioso se precisa examinar el fenómeno de las nuevas tecnologías desde los más diversos y desprejuiciados ángulos. En Cuba ese debate está muy lejos ni siquiera de imaginarse todavía, toda vez que hasta ahora lo único que se toma en cuenta públicamente entre nosotros es aquello que se asocia a lo bélico, a las guerras mediáticas. Y en un contexto así puede resultar peligroso ensayar miradas que vayan más allá de las estrechas trincheras, en tanto términos satanizadores como enemigo o mercenario podrían encargarse de cancelar cualquier tipo de aproximación y debate desprejuiciado.

Cuba ya se ha montado en el imparable e inevitable tren de la informática. Por ahora vamos ocupando uno de sus últimos vagones. Será largo el camino que nos permita ocupar puestos menos rezagados. Como el paisaje mismo que vemos a través de las ventanillas de un tren en movimiento, hay millones de matices que en medio del vértigo y el desplazamiento incesante no podemos percibir hoy.

Hemos adquirido un billete de ida con destino incierto. Pero ese viaje con itinerario trazado por otros puede ser un buen pretexto para encontrar lo más importante: la libertad interior.

Juan Antonio García Borrero

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Publicado el julio 23, 2012 en BLOGOSFERA, LIBROS SOBRE CINE CUBANO. Añade a favoritos el enlace permanente. Dejar un comentario.

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