VIVIR

He vuelto a ver al menos tres de aquellas películas que en las postrimerías de 1963, desataron la célebre polémica entre Blas Roca y Alfredo Guevara: La dulce vida, de Fellini, Accatone, de Pasolini, y El ángel exterminador, de Luis Buñuel. Desde mi punto de vista, ninguna de las tres ha envejecido; al contrario, es posible que sobrevivan a cinco o seis generaciones más de espectadores.

Como seguramente recordarán quienes han estado al tanto de aquel diferendo, al ICAIC se le reprochaba desde el periódico “Hoy” (entonces órgano oficial del Partido Unido de la Revolución Socialista) la programación de películas que nada tenían que ver con el espíritu y la euforia revolucionaria que en aquellos instantes predominaba en la sociedad cubana. El individuo, en aquel contexto histórico, era algo que quedaba para siempre oculto entre el cero y el infinito.

Guevara supo defender con inteligencia su posición (la posición de un intelectual que no le da la espalda a la complejidad de la vida), y gracias a ello, en Cuba se siguió viendo cine que hablaba de la existencia como es (como algo agónico), y no como lo que quisiéramos que fuera, por mucha buena voluntad que exista en esa querencia de armonía global.

Lo irónico es que ahora mismo corremos el peligro de que finalmente se haga hegemónica en el planeta la recepción de un audiovisual que vende el “optimismo inútil” como su mayor logro estético. Justo cuando reparo en ello es que comienza a asediarme la impresión de que la mayoría de los seres humanos nos conformamos con haber nacido, y renunciamos a vivir, que es otra cosa.

Tomar conciencia de que vivir significa “oír llorar a la viuda mientras en la boda de al lado cantan”, como reza algún refrán, puede resultar paralizante. E inocularnos en las venas una sobredosis de eso que se indica en el subtítulo de Plaff, la película de Juan Carlos Tabío: “demasiado miedo a la vida”.

Los versos del poeta matancero Luis Marimón consiguen expresar mucho mejor que yo lo que va implicando para mí la impredecible aventura de existir durante un tiempo (o lo que es lo mismo, vivir en el desgastante día a día): “Veo, palpo como pasan las horas y sé que nacer es llegar a un sitio/ desconocido y oscuro de uno mismo”.

Lo de la oscuridad siempre será relativo. Todavía no he alcanzado a conocer esa oscuridad absoluta que, en nuestros peores momentos existenciales, pareciera que nos sumerge para siempre en las sombras imperecederas. Sombras que han llevado a varios a lanzarse desde la cima de su desesperación al fondo de lo que interpretan como un abismo redentor (o dicho sin eufemismo: a suicidarse).

Como el más común de los mortales algunas veces me las he visto negras. Y he cerrado los ojos en medio de una habitación donde ya no quedan luces encendidas, intentando representarme ese apagón total, y a pesar de la tenacidad del esfuerzo, sigo viendo cosas. Y por más que me empeño, gracias a Dios o a la Naturaleza (en cualquier caso, gracias a “algo” que está más allá del conjunto de entes que parecieran conformar el mundo, según la socorrida “metafísica de la presencia”) nunca consigo experimentar esa ausencia absoluta de luz. Como si alguna irradiación interior se encargara de fastidiarme de modo testarudo la voluntad de escribir mi ensayo más particular sobre la ceguera.

Puedo asumir que los más jóvenes no consigan entender del todo de qué hablamos los de mi generación cuando nos referimos al “cine” como sitio de aprendizaje.  Pero en mi caso, interpreto que es esa luz interior (tan parecida a la de un proyector dibujando inefables imágenes sobre una pantalla que todo el tiempo nos ofrece dolorosas lecciones de vida, al estilo de las de Fellini, Buñuel, o Pasolini) la que me sigue impulsando a abrir los ojos, y ratificarme en voz alta que la película todavía no ha terminado.

No mientras esté vivo, y me siga sintiendo un optimista trágico.

Juan Antonio García Borrero

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Publicado el julio 16, 2012 en REFLEXIONES. Añade a favoritos el enlace permanente. 1 comentario.

  1. Me dejas mucho para reflexionar, Juani. ¡Como siempre!

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