CONTRA EL MESIANISMO CRÍTICO

Sólo una minoría  está capacitada para interesarse por las cosas del espíritu. He aquí donde se produce la división fundamental de la humanidad, escisión infinitamente más profunda que la división de clases”, anotó Berdiáiev en uno de sus textos.

A veces a mí también me ha acosado esa sensación de que, por encima de los rangos sociales, las riquezas materiales, las clases entendidas en el sentido que Marx expuso, existe la aristocracia espiritual, y que es esta la que termina por definir la posición que ocupemos, ya no en la sociedad, sino en el mundo.

De allí que me parezca cada vez más censurable la actitud del crítico que pretende imponer su gusto, apelando a la coartada de que hasta él han llegado los valores supremos del Creador. Como si saber quién es Bergman o Renoir lo convirtiera en alguien espiritualmente superior. Como si eso bastase para establecer jerarquías y excluir o silenciar a quienes tengan otros puntos de vista.

Recuerdo que alguna vez escribí un texto que titulé “Sobre el espectador-masa y el placer fílmico”, que generó bastante controversia en el evento en que fue leído. Cuando aquello, la llamada “masificación de la cultura” estaba en su máximo apogeo. Era la gran prioridad. Y a mí me alarmaba que, en el fondo, se estuviese violentando lo que, a la larga, es natural. Otra vez entraba a escena la eterna porfía: Dictadura de los críticos vs. Democracia del placer.

¿Significa esto que no crea en el papel de los críticos como formadores de un gusto superior? Desde luego que sí, sobre todo en estos tiempos en que la democratización de las más diversas e insospechadas prácticas que propician las nuevas tecnologías, consiguen imponer en el mercado efímeros productos que se venden y consumen como “arte”.

En realidad en lo que no creo es en el rol mesiánico que muchos de estos expertos se autoadjudican, imponiéndoles a aquellos que le escuchan modelos inflexibles de recepción. Como si el mundo no estuviese cambiando a diario, y no fuera nuestro deber aguzar los oídos y estar al tanto de esas constantes mutaciones.

Para este tipo de crítico que no busca las verdades, sino impone lo que la tradición ya dictó (porque ya se ve a sí mismo encaramado en el pedestal del buen gusto), podría resultarle inquietante la observación intempestiva que Nietzsche hacía a propósito de Schopenhauer:

Quien entiende su vida únicamente como un punto en el desarrollo de una estirpe, de un Estado, de una ciencia, y de este modo enclavada por entero en el curso del devenir, en la historia, no ha comprendido la lección que le imparte la existencia y tendrá que aprenderla de nuevo. Este eterno devenir es un guiñol embustero que logra que el hombre se olvide de sí mismo, es la verdadera distracción que dispersa al individuo a los cuatro vientos, el juego absurdo y sin fin que «el gran niño-tiempo» juega ante y con nosotros. El heroísmo de la veracidad consiste en dejar de ser algún día su juguete. En el devenir todo es vacío, engañoso, superficial y digno de nuestro desprecio; el enigma que debe resolver el hombre sólo puede resolverlo desde y en el ser y no en otra cosa, no en lo imperecedero”.

Juan Antonio García Borrero

About these ads

Publicado el julio 9, 2012 en REFLEXIONES, SOBRE LA CRITICA. Añade a favoritos el enlace permanente. Dejar un comentario.

Deja un comentario

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

Seguir

Recibe cada nueva publicación en tu buzón de correo electrónico.

Únete a otros 596 seguidores

%d bloggers like this: