VARIACIONES DE CAPERUCITA FRENTE A LOS MEDIOS
Variaciones de Caperucita frente a los medios
Por María Antonia Borroto Trujillo
Hace unos años, en una de esas maratónicas sesiones en los Festivales de Cine deLa Habanaen las que demostraba mis dotes de corredora de largo aliento –en los predios cinematográficos, por supuesto, sólo en ellos–, se repitió, en varios filmes, hasta el punto de ser recurrente, la imagen de un televisor encendido. No recuerdo los títulos, mas sí una de las obras. La pantalla siempre iluminada acompañaba a un chico violento, a quien un asesino a sueldo quería como legatario de su negocio. El joven, con otras maneras para encarar el asunto, termina por convencernos de que, incluso para algo tan universal y eterno como la muerte, los tiempos han cambiado. Seguimos muriendo mas no de la misma forma. Aun cuando el final sea el resultado de una transacción comercial –nunca solicitada por quien deviene cadáver—, el instante del paso a la otra dimensión es más abrupto y menos elegante. Y como parte de esa transformación general, quizás como causa o al menos como acompañamiento, está la televisión, realidad enajenante, desquiciante, agobiante, entre otros adjetivos, sonoros y espectaculares, que le endilgamos.
Ciertos estudios bastante añosos la comparaban con una tía que viene de visita, mientras que el cine era el amigo a quien se iba a ver. Para algunos, entre ellos Picasso, era un mueble más de la casa. Cualquiera de nosotros lograría recordar, sin mucho esfuerzo, otras lindezas, más o menos ingeniosas, que, como toda frase chispeante, simulan profundidad donde sólo hay ligereza.
Hagamos un poquito de historia. El cine y la radio demandaron estudios para los cuales ninguno de los instrumentales teóricos existentes en ese entonces resultaba valedero. Una nueva realidad siempre demanda una nueva mirada, o ajustar la graduación de esos más o menos potentes lentes que son las teorías que nos aseguran una paz relativa respecto a cuanto nos rodea. Y para hacerlo todo aún más complicado, los medios, realidad proteica como pocas, siempre han tenido la rara virtud de sacudirse de cualquier paradigma teórico.
Ortega y Gasset no comprendió de qué se trataba: su categoría del hombre masa, seductora en una prosa de suyo sugestiva, fue un primer intento, entre muchos otros denominados posteriormente enfoques apocalípticos por Umberto Eco. Theodor W. Adorno tampoco entendió muy bien el asunto: en su estética recomendaba que el arte verdadero debía mantenerse alejado de esos artilugios. La posición de Walter Benjamin fue diametralmente opuesta: a él debemos agradecer una de las primeras y más serias comprensiones acerca de la mediación tecnológica que obliga a analizar las relaciones entre arte y cine, o mejor, las posibilidades artísticas del cine, como ninguna otra manifestación lo había requerido. Sus búsquedas en torno a la relación entre cine y realidad, entre las posibilidades artísticas de lo que él llamó reproducción tecnológica y la magnífica y tan esclarecedora noción de aura de la obra de arte, noción también aplicable a la realidad en sus relaciones con el arte, sobreviven al paso de los años e invitan a ser reformuladas y aplicadas a nuevos contextos y nuevos medios. De hecho, este asuntico del arte y la realidad ha sido uno de los más atendidos y polémicos dela Estética.¿Es el arte imitación de la realidad? ¿O esta, por el contrario, llega a imitar al arte? Son posiciones extremas que, sin siquiera darnos cuenta, permanecen en muchos de nuestros debates actuales. O ni siquiera en nuestros debates, pues rara vez estos ocurren, sino en nuestras cuitas personales y en decisiones institucionales.
A los impacientes que creen que me muevo en un terreno de abstracciones, alejado de la sustancia de la vida, les pido retener esta idea, pues a ella volveremos, aunque desde otro ángulo: desde la reflexión generada a propósito de los medios, ya no entendidos como posibilidades para el arte, sino como constructores de la realidad, o de nuestras nociones de la realidad. Por allí andan los estudios actuales, díganse los esclarecedores de Jean Baudrillard y los no menos enfáticos de Frederic Jameson. De éstas y de otras precisiones conceptuales se desprende la idea, compartida por mí, de que la posmodernidad es inseparable de una noción que no dé cuenta de la omnipresencia de los medios.
Pero no ya la posmodernidad, tan escurridiza y camaleónica: la modernidad fue posible en buena medida gracias a la prensa. No quiero establecer una fácil y al mismo tiempo complicada causalidad entre ambas: la modernidad y la prensa deben ser vistas en el contexto de una honda y profundísima transformación cultural, transformación en primerísimo lugar de las nociones de tiempo y espacio. Las invenciones tecnológicas ocurren por oleadas, que se anuncian entre sí, se preparan y se hacen deseables. El afán modernizador es, ante todo, un afán por acortar las distancias físicas y temporales. Uno de los grandes sucesos asociados a su inicio es el llamado Descubrimiento de América, como lo son el Renacimiento yla Reforma.Lomismo, aunque en un sentido diferente y complementario, puede ser dicho de la invención de la imprenta de tipos de móviles. ¿Acaso tales acontecimientos pueden ser separados sin que se produzca una fractura en sus esencias y en el rostro de la cultura, no ya de la época en sí misma sino de nuestros tiempos? Pero también es muy moderno y perturbador el hecho de que la velocidad de seis millas por hora, propia del paseante, fuese sustituida por la celerísima, según parámetros de la época, de treinta millas por hora, vértigo propiciado por el tren y los tranvías eléctricos. Moderna es la escritura contra reloj típica de la redacción periodística, sabrosa angustia que tensa los nervios y conduce a una escritura quizás imperfecta pero con la palpitación de la vida.
La Ilustraciónnecesitó de la prensa. El proyecto ilustrador era, ante todo, un proyecto vulgarizador que no se podía circunscribir a la Enciclopedia. Obedecióa un impulso muy parecido al que en su momento tuvo la Biblia Pauperum de Gutemberg, en la que Eco aprecia una de las formas prototípicas de lo que luego sería conocido como cultura de masas; forma parte, de suyo, del afán democratizador del conocimiento tan caro a la modernidad, tan caro y tan necesario. La prensa es inseparable de la Revolución Francesa. Apenas hay formulación sobre la sociedad humana redactada en la modernidad que no implique una determinada posición respecto a la prensa. Esos primeros textos contienen la aurora de muchas de las ideologías profesionales que aún nos acompañan: el derecho del pueblo a saber, la libertad de expresión, la prensa como contrapoder avizor –el perro guardián–, la prensa buscadora de escándalos –el periodista como muckraker–, el gatekeeper, polémicas y diversas maneras de encarar los contenidos y funciones de una profesión moderna.
Y siempre el contrapunteo entre la prensa y su versión de la realidad, y la realidad misma: el comienzo del mito de la objetividad como premisa del periodismo, la preeminencia de la verdad, la que, aun enfrentada a la mentira en un hipotético campo de batalla –según opiniones de John Milton– habría de salir triunfadora. Añádase la confianza en la preeminencia de los hechos: gran triunfo de John Stuart Mill y el pragmatismo, de la filosofía de aliento cientificista en las polémicas sobre qué entender por periodismo.
Por eso el televisor siempre encendido como metáfora de la sociedad contemporánea de que hablé al principio puede parecer exacta, no así como metáfora de una posible relación de causalidad entre su omnipresencia y el comportamiento humano. Aún nos falta mucho para lograr una comprensión más abarcadora del fenómeno. Los estudios de efectos siempre me han parecido tentativas pálidas para el entendimiento de un asunto de profunda raíz ontológica: lo que está en juego es la noción de lo humano: o nos consideramos seres pasivos, maleables y manipulables, o personas, en toda la extensión de la palabra, capaces de sostener una relación humana y enriquecedora con algo que, no le demos más vueltas, son simples medios técnicos, extensiones humanas, que realizan en el plano simbólico lo que los medios de transporte.
Aún no hemos comprendido la naturaleza de la prensa escrita y sus pautas de lectura, su ser y estar en el mundo y su relación con el ser y el estar en el mundo de los lectores; menos aún tenemos ideas cabales y fundadas de la audiovisualidad. Con tales carencias debemos asomarnos a un panorama aún más perturbador: la red, esa tela de araña que parece atraparnos cual incautas mosquitas. Y junto con ella una subversión sin precedentes de muchos de nuestros paradigmas profesionales. De algunos, no de todos, porque, en buena medida seguimos siendo conductistas, temerosos como Ortega de los medios y sus nefastas consecuencias, y al mismo tiempo poseídos por la ingenua confianza en su poder. ¿Cuántas políticas de información o de silenciamiento no parten de tal reconocimiento?
Respecto a Internet y a los medios prima lo que muy bien puede ser una versión de Caperucita Roja. El lobo… supongan ustedes qué es el lobo. Tampoco debo decir quién deviene cándida Caperucita. Muchas son las combinaciones posibles. Analicemos primeramente el tópico de la inocencia. Caperucita puede serlo, lo que la condena a las garras lobunas. Pero puede no serlo, y ser su inocencia un mito inventado por el lobo: supongamos que el muy bellaco se lo ha hecho creer, tanto a ella como a la mamá y a la abuelita, y hasta al leñador. Tercera versión: el lobo se siente fuerte, manipulador, seductor. Y lo es, que para algo es el lobo, pero no tiene en cuenta las astucias, congénitas y muy femeninas, de esa chiquilla de roja caperuza. Quizás ella ha querido que todo sea así y contribuye, con la inteligencia de sus rubios rizos, al fin previsto para la fábula. Sé que las feministas y ciertos enfoques actuales sobre la violencia de género lanzarán sobre mí sus anatemas, lo propio harán las excelentes personas que creen de buena fe que los medios son malos y que también de muy buena fe confían en la original bondad y beatitud humanas. De muy buena fe simplifican las cosas y casi puedo decir que se equivocan.
La teoría va por otro camino. Al paradigma de la recepción activa debemos una importante certidumbre: consumir lo mismo no nos hace iguales. Pero el asunto, originalmente asociado a los efectos, tiene otras derivaciones. Hagamos un alto y varias precisiones. La primera: la noción de televerdad. O sea, la creciente tendencia a ignorar la mediación tecnológica entre la realidad y su aparición en los medios, dígase reality shows de segunda generación. Veamos, en segunda instancia, los juegos propuestos por los medios: la espectacularización de la noticia y la asunción de lo espectacular como parte de la vida, dialéctica descrita por Edgar Morin. La tendencia a una cámara indiscreta, que penetra en íntimos recintos y nos brinda una imagen, supuestamente transparente respecto a la realidad, y otra que, en cambio, acerca el set televisivo a la vida, dialéctica que hace de las estrellas seres cercanos y entrañables y que, al mismo tiempo, permite que un ser humano común y corriente viva la gloria de ser estrella por un día. Aclaro que me sirvo de los términos estrella y ser común y corriente a la usanza de lo impuesto por los propios medios.
Estos esfuerzos deben ser entendidos como parte de ese contrapunteo entre medios y realidad que hace tan sabrosa toda disquisición al respecto. Pero no sólo en esa dirección: la supuesta transparencia y la alta referencialidad de los medios respecto a la vida los hace ideales para ciertas campañas y ciertos temas. Pero también resulta tendenciosa: la discusión sobre un serial televisivo rara vez es sobre el serial en sí mismo, pues fácilmente se traslada hacia el contenido. No abogo por la asepsia en las discusiones sobre los medios y sobre el arte: los valores estéticos no se realizan en el vacío, forman parte de una compleja red de condicionamientos culturales, donde el marco más general de los valores éticos resulta ineludible. Mas renunciar a la discusión estética en aras de apreciar sólo las implicaciones morales del contenido o la supuesta fidelidad de lo mostrado a la realidad, es aceptar tácitamente el mito de la transparencia y restarle autonomía a la propuesta audiovisual. Me explico con un ejemplo bien cercano. ¿Cuántos de los debates televisados a propósito de la telenovela Aquí estamos —y casi ahora mismo sobre Bajo el mismo sol— tuvieron en cuenta la dimensión ideoestética? ¿Acaso prácticamente todas las opiniones no han sido del tipo perdonavidas porque, a fin de cuentas, en la realidad existen fenómenos como los allí descritos? Quienes la condenaron, ¿no lo hicieron llevados por el mito de la imitación, de la conversión de lo mostrado en modelos de comportamiento? ¿La condena, casi siempre con castigos reales para los infractores, de ciertos productos audiovisuales, no parte de una simplificación como ésa y de la excusa de que lo mostrado no es la norma sino lo excepcional que se habrá de convertir, por obra y gracia de la imitación, en norma? Henos de vuelta a la historia de Caperucita en su versión más clásica.
Pero las cosas no son tan sencillas: otras evidencias se abren paso. El enfoque que ha visto en los espectadores seres pasivos es denostado por el paradigma de la recepción activa, según ya expliqué, y también por las realidades de los medios. Los estudios de agenda setting demuestran que nuestras agendas personales –dígase los temas sobre los cuales discutimos y nos pronunciamos– están marcadas por la agenda propia de los medios. Vistas así las cosas, los medios son en buena medida responsables de nuestro silencio sobre ciertos temas. Mas, cuidado: se dice que el fenómeno se ha invertido: que los foros de discusión, generados en Tweeter, Facebook, Youtube, entre otras plataformas, reordenan las agendas de los medios. Ya desde antes, al reconocer la importancia de la comunicación institucional y de ciertas concertaciones y compromisos interinstitucionales en los contenidos de los medios, se había hablado de algo así. Pero ahora se trata de ciudadanos comunes –distinción que no me gusta, reitero, pero que nos permite entendernos– que logran estados de opinión y de discusión que exigen seguimiento desde los medios. Tenemos, por tanto, a una Caperucita no tan mansa y a un lobo que, aunque de dientes afilados, elige otras astucias y se reacomoda a las nuevas reglas del juego.
En ciertos círculos se habla de crisis de los paradigmas asociados al periodismo. Ignacio Ramonet lo considera una profesión en crisis, mientras a otros autores nos les quedan dudas de la crisis de los grandes medios y de nuestros modelos de representación. No solo Tweeter y Facebook hacen lo suyo, sino la blogosfera que, bien entendida, y no editorializada desde los propios medios, deviene plataforma más dinámica y participativa. A esta luz habrá que estudiar el impacto de Wikileaks, de esas revelaciones perturbadoras que obligan a los medios a tornar la mirada y a la inclusión en sus agendas de lo denunciado. El fenómeno Wikileaks demanda el replanteo de lo relacionado con las nociones propias del periodismo –dígase la libertad de expresión, el derecho del pueblo a saber, la legitimidad de ciertas formas de rastreo para llegar a los hechos y el triunfo de la verdad, entre otros. Pero no sólo eso: ¿Qué decir de los hackers unidos en franco boicot a las páginas web de las instituciones representativas del poder? ¿De esos jovencitos que con una computadora y acceso a la red son más temibles que todos los Bin Laden que en el mundo han sido? ¿Y de los grandes medios a los que no queda otro remedio que secundarlos y que preguntarse en la calma de ciertas noches cómo diablos reajustarse y no perder preponderancia en un mundo aparentemente desquiciado?
Está claro que debemos modificar nuestros andamiajes teóricos sobre los medios. En Cuba nunca fueron muy afilados y precisos, menos lo son ahora para una realidad que poco a poco va siendo también la nuestra. Debemos ser más finos en nuestras aproximaciones al respecto y en los necesarios deslindes sobre la naturaleza de lo artístico en su relación con lo tecnológico. Cito un ejemplo: en esta ciudad escuché decir a un avezado teórico que la distinción entre video arte y documental es sencilla: el primero debe ser explicado con los presupuestos del arte y el segundo, con los del periodismo. Este individuo, tan avant-garde, no sólo le ha pasado por arriba a un montón de cosas, sino que en realidad no ha dicho nada, pues en el supuesto de que sea ése el camino para la indagación teórica en ambos universos, nada hemos avanzado si no se precisa de qué arte estamos hablando y de qué periodismo. Tales términos, en cualquier momento de su evolución, pero hoy más que nunca, exigen marcos teóricos y conceptuales muy precisos: de lo contrario devienen palabras vacías de todo significado.
La realidad es compleja. Vaya descubrimiento, dirán ustedes. ¿Qué decir entonces de la realidad de los medios y de los nexos de éstos con la realidad? No es un juego de palabras, como no lo es tampoco el viejo tema de los efectos. ¿Cómo encarar estos fenómenos si apenas hemos dejado de tener una mirada simplista y aniquiladora de tantas complejidades? ¿Si creemos que basta la metáfora de un televisor siempre encendido para mostrar la sociedad contemporánea y nos gusta, por cómodo y de previsible final, el cuento de Caperucita? Además, siempre consuela saber que hay un Lobo a quien culpar de todo lo malo que pasa.
Publicado el julio 4, 2012 en BLOGOSFERA. Añade a favoritos el enlace permanente. Dejar un comentario.
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