CONTRAPUNTEANDO

Ayer, en su blog “La furia de los vientos”, el escritor camagüeyano Pedro Armando Junco escribió algunas reflexiones que dialogan críticamente con las que expuse en mi post “Vanguardia intelectual, siglo XXI y nuevas tecnologías”.

En lo personal, percibo esa voluntad de debate como algo estimulante. Junco es uno de los pocos miembros de la UNEAC en Camagüey que se ha creado un espacio para defender a capa y espada su voz más propia, escribiendo artículos incómodos sobre asuntos que la prensa oficial suele soslayar. Lejos de reprender tal actitud, soy de los que lo apoyo y apoyaré siempre, pues me parece que una de las cosas que con más urgencia hay que subsanar en este país es lo que llamo el nihilismo cívico.

Pero una cosa es el ciberpataleo de los ahorcados que ambos podamos armar en nuestras respectivas bitácoras (y que habría que respetar como parte del derecho a la libertad de expresión que en teoría tiene todo ciudadano), y otra exponer nuestros argumentos en un foro donde se supone que se han reunido los intelectuales más lúcidos del territorio para discutir problemas que aluden directamente a la cosa pública.

En casos así, el intelectual tiene  que renunciar temporalmente a esos comentarios más bien epidérmicos que hablan de la calidad del pan, o de lo pésimo que puede estar el transporte, para entre todos contribuir a una crítica que de veras se encamine a examinar los males esenciales, esos que están en la estructura misma del sistema, y que solo discutiendo sin prejuicios y cierta serenidad, puede sacar a la luz esa verdad que tanta opinión volátil en ambas orillas de nuestro drama, se encargan de secuestrar en función de los intereses de determinados grupos que dicen hablar en nombre de todos.

Dicho, pues, por lo claro. Mi insatisfacción con esa Asamblea, a diferencia de la anterior, está en que sentí que ésta vez aquello parecía una pasarela de egos desbocados. Y donde a pesar de que se hablaba mucho sobre temas que sonaban importantes, sobraba la improvisación, y lo peor aún, nadie ofrecía alternativas concretas a esos fenómenos y problemas que se denunciaban (lo cual no digo que no sea la regla entre humanos, si recordamos aquello que observaba Chesterton: “La crítica y la acción son fáciles; el pensamiento no”).

De modo involuntario Junco pone sobre la mesa algo que entre nosotros ya viene siendo sintomático: el descreimiento en las instituciones. Como en realidad, antes que intelectual me siento ciudadano común, y como ciudadano común tengo un montón de inconformidades y carencias personales, puedo ponerme en la piel de aquellos que han dejado de creer en lo que le prometen los políticos, y comprenderlos. Entre nosotros va a ser difícil cambiar esa mentalidad burocrática que se resiste al cambio porque ello implicaría pérdida de privilegios personales, como también será complejo ponerle freno a la creciente corrupción a través de la cual ya algunos comienzan a garantizar un futuro control de la vida nacional mediante el nada sutil dominio económico.

En un cubano de a pie ese descreimiento puedo entenderlo, pero en un intelectual al cual le han concedido la posibilidad de criticar directamente a esos funcionarios que implementan o dejan de implementar las políticas de convivencia ciudadana entre nosotros, no, porque desde el momento en que asumo formar parte de esas asociaciones “oficialistas” me sé deudor de un rol que tiene que ver ante todo, repito, con la cosa pública. De lo contrario, si el descreimiento se apoderara por completo de mí, ¿qué justificaría no renunciar de inmediato a la membresía?, ¿acaso garantizar que me publiquen un libro?, ¿Qué me permitan gestionar la compra de un carro?, ¿Qué me concedan migajas del acceso a Internet?, ¿Qué me tramiten un viaje al exterior? ¿Qué me den la posibilidad de vivir alguna vez en una casa decorosa?, ¿Qué me ofrezcan un salario que esté acorde a la contribución que estoy haciendo?

No soy ingenuo, aún cuando pueda clasificar con cierta facilidad en eso que los enemigos de la idea socialista han etiquetado como “tonto útil”, en tanto sigue creyendo que se puede criticar duramente al socialismo sin que ello implique destruirlo. En realidad, sé que existen miembros de la UNEAC que disimulan sus verdaderos sentimientos, o lo que es peor, que por no buscarse problemas, se abstienen de plantear sus argumentos críticos en el foro público, que es donde valdría el gesto. Hay que entender esa decisión porque eso forma parte de la vida (la simulación también existe en las sociedades capitalistas, y muchas veces de un modo más marcado, porque allá conquistar a través de las apariencias es la regla número uno del pacto social y del mercado), pero creo que un intelectual que termine resignándose a no creer en nada (ya sea de izquierda o de derecha) terminará dándole la razón a Pessoa con aquello que anotaba: “Sin ilusiones vivimos apenas del sueño, que es la ilusión de quien no puede tener ilusiones”.

Y para terminar. No me parece justo que quede en el aire que los acuerdos tomados con el proyecto de la calle de los cines a estas alturas son solo acuerdos que dormirán el sueño eterno en una gaveta. Junco no tiene por qué estar al tanto de lo que en la práctica ya se ha iniciado, y del seguimiento que se ha estado haciendo semanalmente (como cuando se hizo lo de la calle Maceo).

No todo está siendo platónico en este asunto, y de hecho, ya he tenido mis desencuentros y decepciones. Pero eso sería un asunto absolutamente personal, y a lo que me estoy refiriendo desde el principio es que lo que vale, en estos casos, es la cosa pública. El deber que tenemos de contribuir con nuestras ideas, por incómodas que sean y vapuleos que nos traigan, al mejoramiento de algo que es colectivo, y que ha de beneficiar a la comunidad. La satisfacción de la Asamblea anterior a la última llegaría, pues, por esa vertiente ajena al beneficio personal, porque por lo demás, mi cuartico está igualito, con las mismas goteras y el mismo polvo, y no me quejo.

Juan Antonio García Borrero

PD: En su post Junco anima a otros blogueros e intelectuales a que sumen sus puntos de vista, lo cual me parece bien. Por lo pronto, cuelgo la intervención que el excelente poeta Manuel García Verdecia leyó en la Asamblea de la UNEAC de Holguín, y agradezco su gentileza de autorizarme su publicación.

 

SOBRE EL CAMBIO DE MENTALIDAD

Por Manuel García Verdecia

La dirección del país nos ha convocado a un cambio de mentalidad. Casi todo el mundo lo repite pero pocos lo analizan y, menos aún, lo interiorizan. Además, cada quien lo enuncia como si fuera el otro y no todos, absolutamente todos, los que debemos atemperar nuestro pensamiento a los tiempos y sus exigencias. Tal convocatoria implica dinamitar los modos de pensar estereotipados y disfuncionales para intensificar los procesos económico-sociales que nos permitan ser más eficaces en el desarrollo de un proyecto social humanamente provechoso, viable y sustentable.

Necesitamos llevarnos menos por el documento escrito y más por los dictados de la vida. O sea, leyes y reglamentaciones deben corresponderse a las necesidades vitales de la cambiante existencia. Esto significa, por tanto, obrar para sustituir inmediatamente inercia por dinamismo, cerrazón por apertura, indolencia por eficacia, formalidad por funcionalidad, dogma por conciencia, desvalorización por incorporación de los valores del humanismo revolucionario. Es así que podremos construir un país donde la economía sustente el espíritu, el espíritu dinamice la economía y, juntos, economía y espíritu potencien el equilibrio humano, pues ambos son correspondientes dialécticos.

Decimos cambio de mentalidad. Esta tiene que ver con el contenido y el modo de operar de la mente, la mente que potencia el intelecto y el intelecto que es la base de toda acción creativa. Por ende, la transformación que el país exige a gritos, más que a otros, involucra a los intelectuales.

En estos momentos, la honradez y la responsabilidad crítica deben ser los más altos principios de cada hombre de progreso. Los revolucionarios no son los modositos, disciplinaditos, sinflictivos, sino los que arremeten contra toda estructura o norma que impida la justicia y la equidad. Pensemos en Céspedes, Martí, Mella, Villena, José Antonio, Frank,la Generación del Moncada, todos fueron problemáticos en su tiempo porque se propusieron mejorarlo. Por tanto el intelectual, con su pensamiento y su obra, tiene que estar en la primera línea de esta revolución de la mentalidad. Solo así se podrá vencer a los dos enemigos más poderosos que tiene la patria hoy: el primero, la burocracia, que es fosilización del pensamiento y necrosis de la creatividad, y, el segundo, la corrupción que es el daño colateral de la burocracia pues esta genera el mar de estancamiento y el laberinto de ineficacia que lleva aguas al río revuelto donde pescan los arribistas.

Ser intelectual implica la gran responsabilidad de oxigenarla Revoluciónpara conquistar el decoro material y la calidad ética que definitivamente exige nuestra patria «Con todos y para el bien de todos».

No tengo la menor duda de que esta es ahora la tarea cardinal dela UNEAC.

01-05-2012

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Publicado el julio 4, 2012 en POLÉMICAS. Añade a favoritos el enlace permanente. Dejar un comentario.

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