DE GARCÍA BORRERO A CARLOS LUQUE (2)
Querido Luque:
No voy a extenderme demasiado, porque creo que lo interesante de un buen debate es dejar que las ideas expuestas circulen, sin que las argumentaciones de quienes han hecho públicas sus reflexiones iniciales, se conviertan en escollos para las nuevas contribuciones. Lo interesante y verdaderamente útil es que los demás construyan sus propias conclusiones, en vez de esperar a que un tercero, en teoría más calificado, se las entregue en bandeja.
Pienso que las visiones que ambos tenemos del asunto, aunque encontradas (o quizás gracias a que están encontradas), enriquece la interpretación que podamos hacer del tema. Desde luego que resulta legítimo tu reclamo de que los críticos “ayuden a la gente a ser mejores”, pero esto lo pudiera relacionar con lo que te comentaba con anterioridad. Entre nosotros hay una tendencia bastante marcada a delegar la responsabilidad individual (esa que demandaría la duplicación del esfuerzo del individuo por ir más allá de la grisura cotidiana) en terceros que serían los que al final habrían de garantizar la superación de los respectivos conflictos o carencias. Ese tercero puede ser el Estado, Dios, los padres, los mecenas, o en el caso que nos ocupa, los críticos. Si ese tercero no funcionara, pues el individuo tendría a mano la mejor de las justificaciones para explicarse por qué se encuentra donde se encuentra. Y el deber de esforzarse (que es personal e intransferible) quedaría en un segundo plano.
A esto tendríamos que añadir un no tan pequeño matiz en nuestras diferencias. Tú estás exigiendo a los críticos de cine que jueguen el mismo rol que tuvieron a lo largo del siglo XX; yo, en cambio, estoy aspirando a una revolución radical dentro de ese ejercicio crítico porque es evidente que los escenarios son otros, y aquel modo de orientar, de establecer jerarquías, ya resulta inoperante.
No es la vieja crítica, convertida en toda una institución respetable, la que debe mantenerse alejada de esta realidad “bastarda” en la que pareciera haberse cumplido para siempre la profecía orteguiana de la rebelión de las masas; es a la inversa, la nueva crítica tendrá que estudiar, sin prejuicios, todos estos fenómenos que invaden la vida cotidiana. Y desde allí, comenzar a diseñar las nuevas estrategias, ya que no es mirando por encima del hombro que se consigue entender qué es lo que está pasando en el fondo de la época. Porque, como siempre insisto, la cosa está en intentar llegar al fondo de los problemas, y no quedarnos en la retórica que se queja del mal gusto ajeno, sino en comprender qué es lo que está pasando y actuar.
En cuanto a mí, pues con todo y mis sombrías reflexiones, sigo conservando la esperanza de que lo que en su momento se consiguió con el cine en Cuba no se perderá del todo, y que ese espectador ilustrado que alguna vez tuvimos no será reemplazado por un adocenado consumidor de historias a la vez adocenadas (aunque jamás llegaría a censurar ninguno de estos materiales, pues no se trata de reprimir sino de estimular el pensamiento crítico de los individuos a través del debate transparente).
Por eso es que, entre otras cosas mantengo el blog, o me involucro en espacios como el Taller de la Crítica o La ciudad simbólica. Solo que la lucha contra “la hidra de la indiferencia” (la frase es de Cabrera Infante) en este caso burocrática, muchas veces me hace llamarme al orden, y repetir puntual aquello de Ambrose Bierce: “Si quieres hacer realidad tus sueños… ¡despierta!”.
Te abraza fuerte,
Juan Antonio García Borrero
Publicado el junio 1, 2012 en POLÉMICAS, SOBRE LA CRITICA. Añade a favoritos el enlace permanente. Dejar un comentario.
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