OTRAS OBSERVACIONES DE GUSTAVO ARCOS

Juany

Respeto las observaciones y puntos de vista expuestos por estos días en el blog. Creo que en muchos aspectos y preocupaciones, coincidimos. Para unos es importante defender el ejercicio crítico, per se, atender el lenguaje, la forma, el estilo, sin prestar mucha atención al receptor de la crítica, colocándolo en un segundo plano de interés, porque a fin de cuentas no sabremos quiénes serán. Otros ven al crítico como ese lazarillo que ayudará al receptor a comprender la obra, a salir de las tinieblas de la ignorancia y al autor a no cometer nuevos errores. Aterrizando en nuestro contexto, el primero es un trabajador por cuenta propia y el segundo es un trabajador social. El primero es Narciso y el segundo Madre Teresa de Calcuta. Pudiera haber otros: el que saca la mano a ver por donde sopla el viento, el que no le importa el filme sino sus premios, el que espera paciente las opiniones del público para después decir todo lo contrario y llamar la atención, el que, como la canción, tiene un millón de amigos, o el psicópata compulsivo que con una lupa estudia cada plano o secuencia, señalando orgulloso las costuras que encuentra. Hay muchas formas de ejercer la crítica o lo que algunos, creen que hacen. No importa quién la haga, lo esencial es que se opere desde la honestidad y el rigor.

En lo personal me interesa mucho más el pensamiento crítico que la crítica en sí, puesto que, aunque hay muchas maneras de acercarse a un filme, a mí me interesa especialmente esa arista que conecta a las obras con el mundo que les rodea. Siento inútil hablar de los valores de una película en particular, colocarla en un pedestal o hundirla en el fango, es un ejercicio de arrogancia que para mí carece realmente de sentido. Siempre me he preguntado quién soy yo, para desmenuzar críticamente una obra y luego, a quién verdaderamente puede importarle lo que yo diga sobre ella. Es un ejercicio fútil, vacío, que no tendrá ninguna trascendencia. Muy pocos recuerdan hoy las opiniones de los más afamados críticos sobre una película o realizador. Lo que perdura es la obra, no que lo que se dijo acerca de ella. Los clásicos del cine están ahí y nadie, ni el mejor o más avezado de los críticos sabrá el valor que tendrá en cien años. Por tanto el mejor crítico es, el Tiempo. Lo demás es entretenimiento, conversación entre amigos, acto social, o forma ( respetable claro está) de subsistencia como cualquier otra. Nuestra memoria es selectiva y sería muy raro encontrar a alguien, que no sea un investigador, recordar lo que se escribió sobre el Ciudadano Kane, Potemkin o para no ir tan lejos, Havanastation.

Pero el pensamiento crítico es otra cosa. Es el que nos permite relacionar las cosas, que es en definitiva el acto intelectual de mayor envergadura. En nuestro país las películas existen para hablar de nosotros, de nuestras expectativas, sueños o fracasos. Documentales o ficciones, cortas o largas, oficiales o alternativas han sido en su gran mayoría un subterfugio de los cineastas para hablar y pensar su nación. Por eso los componentes del lenguaje del cine, su técnica o sus principios artísticos son para mí, solo un pretexto, un punto de partida para intentar encontrar ese magma interior que los conecta a su entorno, los relaciona con las ideas o el pulso de una época.

En cierta forma sublimo el diálogo, la interpretación de las obras desde su aspecto sociológico o antropológico. Por eso me interesa la enseñanza del cine o el audiovisual y creo que nuestro verdadero impacto no está en criticar, sino en participar de un ejercicio común e interactivo de pensamiento, donde fluyan las ideas y se establezcan consensos. Por otra parte sí, creo en el público, un actor que desgraciadamente nunca tenemos en cuenta. Por años nos hemos acostumbrado a la verticalidad, la imposición, la orden y… el cumplimiento del deber.

Es la dialéctica de la conversación, del diálogo la única posible, la que me interesa, la que encuentro válida en estos tiempos, la única que puede, para referirme al campo del cine,  rescatar al espectador. Puedes utilizar un blog, un programa de Tv, una emisión radial, un papel o una sala de conferencias, no importa el medio, ni siquiera especialmente las películas, lo que importa son las ideas, la angustia o la aventura del conocimiento.

No con críticos que se miren el ombligo, no con espacios donde se imponga un cine caducado, que tal vez funcionó para nosotros u otras generaciones pero que nada le dice a las del presente, llegaremos a los nuevos espectadores. Basta ya de críticos sin criterios, de críticas ORIENTADORAS, de críticas ESCLARECEDORAS, de cabezas parlantes que sermonean, o que tratan al espectador como un descerebrado al que hay que convertir. Porque además de la cultura, el conocimiento o la fascinación por el cine, el crítico debe tener el don de captar la atención, de llegar a los destinatarios, de comunicar sin imponer, de hablar y respetar, también de escuchar y de dar en definitiva, placer al espectador.

Gustavo Arcos

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Publicado el mayo 25, 2012 en POLÉMICAS, SOBRE LA CRITICA. Añade a favoritos el enlace permanente. 1 comentario.

  1. Gustavo estimado:
    Estoy de acuerdo. Por supuesto que todo crítico, periodista o escritor que tenga un milímetro de respeto por su oficio debe “defender el ejercicio crítico, per se, atender el lenguaje, la forma, el estilo”, y ello no implica que desatender las necesidades del receptor, sino todo lo contrario. Es cierto que el crítico pudiera ser, en el mejor de los casos, “ese lazarillo que ayudará al receptor a comprender la obra, a salir de las tinieblas de la ignorancia” pero jamás existió un crítico capaz de evitar los errores de un creador. La creación y la búsqueda, incluso en el acto crítico, llevan implícitos la prueba y el error, de modo que la equivocación es inevitable, forma parte del proceso de crecimiento, tanto en el creador como en el crítico. Ojalá que todos los críticos estuviéramos tan convencidos de la belleza de lo que hacemos como para ser considerados Narcisos. Ojalá todos tuviéramos un ápice de la generosidad y la capacidad de comprensión de Madre Teresa de Calcuta. Como no dispongo de un honestómetro, debo entender que quienes esperan pacientes “las opiniones del público para después decir todo lo contrario y llamar la atención” carecen de criterio propio, pero jamás condeno a algún colega porque su criterio no coincida con las mayorías. El crítico puede tener un millón de amigos, y perderlos ocasionalmente, y volver a recuperar algunos, y perder otros, pero eso sí, no tiene que convertirse en un eremita moralizador y solitario. Ojalá que por lo menos cinco, diez o quince de quienes hacen crítica de cine hoy en Cuba fueran capaces de estudiar “cada plano o secuencia” y señalar, con orgullo o modestia, da igual, “las costuras que encuentra”. El problema es otro, y tiene que ver, lamentablemente, con ignorancia, desinformación, frivolidad, falta de cultura, desconocimiento de la historia del cine y de su lenguaje… por mencionar algunos de los problemas más visibles.
    A mí me interesan la crítica de cine y el pensamiento crítico. No establezco una muralle inexpugnable entre ambos conceptos porque en ningún momento se contraponen. Pienso que hablando de los valores de “una película en particular” puedo y debo referirme al contexto que la generó, sin dejar de hablar nunca de la película y sin perder de vista las funciones que la crítica debe cumplir. Si analizar, estudiar y emitir un criterio razonado y responsable implica arrogancia, me considero culpable sin coartadas ni paliativos. Cuando uno expone los valores y problemas de una película NUNCA está hablando solo de cine, sino de tus ideas personales sobre la belleza, la creación y el progreso, y si esas ideas son escuchadas y compartidas, aunque sea parcialmente por alguien, pues habrá conseguido comunicarse con sus contemporáneos, con la época, con las ideas que alentamos y compartimos en tanto seres civilizados. La historia del cine es también la historia de la crítica, y es imposible desvincular la una de la otra. No hubiera habido cine de Octubre sin el estructuralismo, ni la idea que tenemos sobre el expresionismo alemán sería la misma sin Kracauer o Balasz, ni la nueva ola, por supuesto, hubiera existido sin Truffaut, Godard, Rohmer y Chabrol, todos ellos críticos. ¿Y para qué seguir? Si la crítica es “un ejercicio fútil, vacío” y sin trascendencia, qué hacemos con los miles de aportes teóricos, fragmentos poéticos, ilustradas especulaciones, iluminados avances que aportaron tantos y tantos… Barthes, Bazin, Metz, Sarris, Ebert, Cabrera Infante, Borges, Kael, Sontag… y otros y otras y otros y otras que ni siquiera los nombres conocemos?
    Los críticos fueron, también, los primeros en alumbrar ciertas obras que el público no comprendió en su momento. Y la lista es también interminable. Dentro de cien años habrá algunos clásicos que se mantendrán en pie, otros habrán retrocedido al olvido temporal, y luego los mismos críticos, los historiadores y estudiosos, salvarán aquí y hundirán allá. A eso le llaman ejercicio del pensamiento crítico, progreso, evolución. El Tiempo no garantiza nada. Es una categoría vacía de sentido a la hora de valorar algo. Las valoraciones las hacen personas, críticos, investigadores. Douglas Sirk y Max Ophuls, Nicolasito Guillén Landrián y Sara Gómez fueron rescatados como clásicos por un grupo de críticos que así lo decidieron, y el tiempo que había pasado desde el estreno de sus películas apenas influyó en el argumento de entronizar a los creadores.
    Totalmente de acuerdo con que “las películas existen para hablar de nosotros, de nuestras expectativas, sueños o fracasos”. Solo que ello no ocurre solo en Cuba ni solo con el cine. La literatura y la música, en Francia y Burkina Faso, ocurre más o menos lo mismo. Pero Gustavo, hay algo que no entiendo. En la mitad de tu texto hablabas de que para ti carece de importancia el signo, el criterio de una opinión, porque lo que importa es el nexo de la obra con el contexto, y al final dices textualmente “basta ya de críticos sin criterios, de críticas ORIENTADORAS, de críticas ESCLARECEDORAS”. Siento estas palabras casi como un ataque de iconoclasia, porque yo no aspiro a ser un pensador, estoy contento con mi oficio de crítico, e incluso perfectamente satisfecho con las funciones, mucho más humildes, del periodista. ¿Cómo hacer crítica sin el propósito de orientar, de esclarecer, de compartir una sensación o una idea, de comunicar? Si no tiene ninguna de esas funciones, para qué se hace, y sobre todo, para quién.
    Con afecto crítico,
    Joel

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