TRENES EN LA NOCHE (2011), de Luciano Castillo

Leyendo el prólogo escrito por Luciano Castillo para su libro Trenes en la noche, no he podido evitar desplazarme en el tiempo. Como si de un viaje vertiginoso se tratara. Ha sido un viaje a la inversa que me ha llevado a los ya lejanos días en que estudié en la Escuela Vocacional “Máximo Gómez Báez”, de Camagüey (1976-1981).

Uno necesita mucha distancia para poder descubrir cuáles han sido, en verdad, los eventos que marcan de un modo concluyente el sentido de nuestras vidas, y nos llevan a defender una vocación con las garras (aunque fracasemos). Es imposible que podamos apreciar eso en la primera juventud, aún cuando se tenga un vago recuerdo de que, desde niño, se quería ser médico o abogado.

Yo ingresé a la Vocacional sin tener claro qué es lo que quería ser en la vida. Mi madre me había inculcado el amor a la lectura desde bien temprano, al igual que mi abuelo (que era músico y trabajaba en una tabaquería). El cine también me interesaba, pero al faltarme alguien que me guiara en ese laberinto de imágenes y sonidos, mi actitud hacia el mismo no se diferenciaba de la del más común de los cinéfilos. Iba al cine por ir. Y es allí donde surge Luciano Castillo en mi vida, para convertirse en uno de esos episodios cruciales que comentaba al principio, capaces de imponerle un punto de giro importante a nuestras tramas existenciales.

Luciano, sin saberlo, lo evoca en este prólogo cuando habla de su colaboración como crítico de cine en la sección Visión Cultural del periódico Adelante, entre los años 1979-1983. Yo todavía conservo un gran número de esas críticas, recortadas directamente del periódico. No sabría decir qué fue exactamente lo que me llevó a coleccionarlas, pues hay en esas pulsiones más enigmas que argumentos. Solo sé que me convertí en un vehemente mutilador del periódico agramontino.

Y un día ocurrió algo que escandalizó y al mismo tiempo hizo temblar de miedo a mi madre: comencé a fugarme todos los miércoles de la Vocacional, con el fin de ir a las tandas nocturnas de la Cinemateca, pues había leído los comentarios de Luciano en la prensa (no se va de mi mente aquel ciclo integrado por filmes como Gigante; El puente sobre el río Kwai; Rebelde sin causa).

Me recuerdo a mí mismo corriendo a campo traviesa por un costado de la beca, saltando una cerca, cruzando la circunvalación a toda prisa, para luego internarme y perderme entre las callejuelas de los repartos Buenos Aires y Villa Mariana. Mi madre no podía entender que yo pusiese en peligro mi carrera de estudiante con una medida disciplinaria, tan solo por ver películas. Me alegro de que nunca me sorprendieran, pues creo que los profesores de entonces tampoco lo habrían entendido mucho. Habrían pensado que era simple irresponsabilidad de un muchacho de quince años.

Hoy sé que defender la vocación de uno tiene mucho de irresponsabilidad y locura. Por lo general nos educan para que seamos personas sensatas y útiles, capaces de aportar bienes a la sociedad. Pero hay en ello más cálculo de los otros que convicción interior. Y la vocación tiene que ver con lo que uno experimenta, no con lo que los demás esperan que uno sea. Por eso se puede gozar de un gran éxito social y económico, y no percibir placer alguno con lo que se hace. De allí esa deuda impagable que contraje desde hace mucho con Luciano Castillo, mi maestro; ese que me hizo entender mejor eso que Truffaut deja escuchar en La noche americana: “Las películas son como trenes en la noche”.

Juan Antonio García Borrero


¿Por qué trenes en la noche? (Prólogo)

 Por Luciano Castillo

Mucho antes de que François Truffaut pusiera su definición de lo que eran las películas, en boca de uno de los personajes de La noche americana —una de las más hermosas declaraciones de amor al cine jamás filmadas—, mi vida ya estaba marcada por los trenes y las propias películas. Quizás todo comenzó con el desconocimiento de mi padre bostoniano, ingeniero de la compañía de locomotoras Diesel, quien solo me legó el nombre original, Luther Cooper, con el cual llegué a inscribirme enla Biblioteca Provincial «Julio Antonio Mella». Poco antes de «cubanizarlo», mi mamá, frente a la acera del cine Casablanca en mi natal Camagüey señaló que en ese lugar existía algo capaz de interesarme mucho. Y, como en todo, no le faltó razón. Tampoco al matricularme en una escuela primaria justamente al lado de las líneas del ferrocarril que circulaba a solo un par de cuadras de mi casa, no demasiado lejana a la estación. El sonido de los trenes integraba nuestra banda sonora las veinticuatro horas del día.

Ya adolescente, obsesionado por el cine desde la primera vez que entré a la sala oscura para ver una versión fílmica alemana de un clásico de la literatura infantil —que me condujo desde esa misma función a anotar cuanta película veía—, en no pocas ocasiones aprovechaba un viaje aLa Habanapara actualizarme en los estrenos que no siempre llegaban a nuestra capital provincial. Innumerables fueron los fines de semana en que bastaba una llamada del entrañable amigo Mario Naito para que me ausentara de los encuentros enla Universidad. Otrasocasiones me leía la programación Selma González, la incomparable secretaria de Héctor García Mesa, el fundador-director dela Cinematecade Cuba promovida por el ICAIC, con quien contraje una enorme deuda de gratitud por confirmarme que la única y mejor escuela de cine es ir al cine. El ferrocarril me permitía asistir a la proyección de alguna película cuya copia regresaría de inmediato a su país, a veces enla Alianza Francesao el cine Charles Chaplin. Regresaba al terminar, en algún tren nocturno que, a la mañana siguiente, posibilitaba incorporarme a la oficina en Camagüey.

Ante la imposibilidad de una carrera de Humanidades, cursaba entonces una Licenciatura en Contabilidad que nunca me interesó. Sin embargo, fue gracias a esos estudios que en la casa donde se reunía nuestro equipo —y yo hablaba siempre más de cine que de economía—, vivía entonces René del Risco, productor y director radial que me invitó cierto día de 1978 agrabar los comentarios que escuchaba en la sala para uno de sus programas en Radio Cadena Agramonte. A partir de ese momento, sometí a mis pacientes compañeras de oficina de la empresa constructiva conde laboraba, a la lectura de mis primeras críticas escritas en mi Robotron con la velocidad supersónica adquirida con la práctica. Poco después, Senel Paz, quien ejercía el servicio social como periodista en el periódico provincial Adelante, me alentó a publicar mis comentarios. Hasta entonces solo había sido un voraz cinéfilo que desde 1968 coleccionaba cuanta crítica, entrevista o artículo apareciera en la prensa sobre este arte que —a juicio de Danièle Heyman— «puede cambiarlo todo para los que lo aman».

Treinta años más tarde de publicar en la sección «Visión Cultural», del periódico Adelante, mi primera reseña crítica en torno a Todo para vender, del polaco Andrzej Wajda, otro hermosísimo canto al séptimo arte, decidí reunir en este volumen una selección de numerosos textos dispersos en diversas publicaciones. La sección «Trenes» abarca desde los primeros ejercicios críticos en Adelante en el período 1979-1983, hasta colaboraciones con las revistas Cine Cubano, Revolución y Cultura, Unión, El Caimán Barbudo y el Diario del Festival (Boletín en un principio). Incluye también algunas inéditas por distintas razones y otras escritas a partir de las notas elaboradas para mis presentaciones esporádicas en el popular espacio televisivo «Toma Uno», en ausencia del colega y amigo Tony Mazón, así como en «Cinema Europa», ese programa que en solo dos años (1997-1998) y con una periodicidad quincenal, significó un soplo de aire puro procedente del viejo continente en la programación de nuestra televisión, dominada por el cine norteamericano (gracias al bloqueo que impide el pago de derechos de exhibición).

Nadie hallará aquí ningún «mediometraje» de esos cineastas que conciben el cine como una forma de aburrimiento, tan ponderados hoy por la crítica y los jurados de los festivales (sobre todo europeos). Para algunos cinéfilos de las nuevas generaciones que limitan el nacimiento del cine a la irrupción de Quentin Tarantino, tal vez ciertos nombres o títulos representen descubrimientos o revelaciones porque, a fin de cuentas, ya lo advirtió Fellini: «por su verdadera naturaleza una película es indescriptible con palabras» y concluyó la implacable crítica Pauline Kael: «Son un pasado que todos compartimos».

Quedaron en el trayecto obras de autores que por su grandeza no tuve el valor siquiera de escribir sobre ellas, aunque sigo admirándolas una y otra vez; sobre otras opté por no hacerlo porque el mejor comentario es el silencio. Bergman, inigualable, lo sintetizó: «Las películas son como los seres humanos: o gustan, o no gustan, o inspiran indiferencia». Predomina, por supuesto, en este conjunto de textos el referido al cine europeo por cuanto aún le atribuyo una capacidad de sorpresa y de renovación perdidas ya por las películas Made in Hollywood. Excluyo el cine cubano, una de mis recurrencias, por ser objeto de otros acercamientos bibliográficos.

Titulé «Maquinistas» el apartado que incluye una docena de aproximaciones a la vida y la obra de importantes realizadores, esos conductores de las películas-trenes a sus estaciones-pantallas. Casi todos constituyen el fruto de invitaciones recibidas de la dirección de la prestigiosa revista colombiana Kinetoscopio, del Centro Colombo Americano de Medellín, ciudad donde no solo reside uno de los amigos y colegas más admirados, Orlando Mora, sino porque allí tuve el privilegio de conocer —aunque fuera fugazmente— a quien llegué a considerar mi auténtico mentor, el sacerdote y crítico de cine Luis Alberto Álvarez. Nunca he logrado coincidir con alguien tanto en tan poco tiempo. Faltan aquí textos sobre algunos de mis cineastas preferidos —ante todo Fellini, Buñuel y Truffaut, por apenas citar tres de estos—, entrevistos en otras secciones del libro, como también Luchino Visconti, consciente de que «siempre hay que arder de pasión cuando se enfrenta uno a cualquier cosa». Imposible por razones de espacio, aglutinar las entrevistas realizadas a varios de estos «maquinistas», susceptibles de figurar en un libro venidero, entre estas a Agnès Varda, para quien «no existe nada como esa magia que se produce en una sala oscura durante la proyección de una película. Mientras viva trabajaré por la supervivencia de esa magia»

«Estaciones» inserta seis artículos en torno a otros tantos temas en los cuales me he detenido con perseverancia, a veces pensando en libros futuros que por falta de tiempo —¡Esa espada de Damocles siempre amenazadora!—, no he podido acometer. La nuova ola en el cine italiano, la Quina Generación del cine chino (¡hasta llegué a entrevistar a Chen Kaige en el Festival de San Sebastián y luego alguien sustrajo el inapreciable cassette!), las traducciones de la literatura garciamarquiana al lenguaje cinematográfico, una suerte de toma panorámica incitada por la celebración de los quince años de Kinetoscopio y sin excluir la incitación por Reynaldo González a una «Página prestada», para integrarla a su fabuloso libro sobre Félix B. Caignet: El más humano de los autores.

Un tren puede ser conducido por los más diestros maquinistas a su destino, pero no se detendrá en medio del vapor entre el cual entrevemos a una contoneante Marilyn Monroe en una secuencia de la magistral Algunos prefieren quemarse, si no cuenta con pasajeros o viajeros dispuestos a tornar el viaje más placentero o memorable. Tal es el caso de las entrevistas —mi género periodístico predilecto lamentablemente no practicado con la frecuencia deseada— que me han concedido algunos relevantes intérpretes del cine, con la premura y el cuestionario improvisado impuestos por la vorágine de los Festivales Internacionales del Nuevo Cine Latinoamericano. Algunos desaparecieron ya (Paco Rabal, Delphine Seyrig, Alexandr Kaidanovski), mas su imperecedera impronta fue registrada en celuloide por pertenecer a la estirpe de aquellos que la cámara amó, a juicio de Howard Hawks.

Cierra el libro el texto/manifiesto «El cine en fuga», concebido originalmente como un tributo personal al centenario del cine.[1] Para arribar a ese «Andén» definitivo implicado por el viaje irrepetible que entraña cada película, compilé más de un centenar de frases definitorias del cine, concebidas a lo largo de más de un siglo de existencia del cine por disímiles personalidades, cuyos nombres relaciono por orden alfabético. Cineastas, políticos, fotógrafos, escritores, dramaturgos, filósofos, poetas, compositores, semiólogos, historiadores, críticos, sociólogos… y hasta un Papa, aportan su definición del arte de nuestro tiempo. Desde el prestidigitador Méliès hasta el no menos mágico Fellini; del infatigable Mesguich —operador de los Lumière— al catalán acriollado Néstor Almendros; de Riccioto Canudo —el primer crítico cinematográfico, quien lo bautizara como Séptimo Arte— a Christian Metz; de Tolstoi a Eco; desde Lenin al tristemente célebre Hays y su código de moralidad, del futurismo al cinema nôvo brasilero, recorriendo en el trayecto el neorrealismo italiano, el free cinema británico, la nouvelle vague y el Nuevo Cine Latinoamericano.

Nicolás Guillén rememoró los personajes y lugares de su infancia entre las calles adoquinadas: «…como en la sala de un cine, viendo mi vida pasar!…», en su «Elegía camagüeyana». Sin conocerla, la desbordante imaginación felliniana situó en el vagón-restaurante de un tren a todos los personajes entrecruzados en la vida de Guido, el alter ego protagonista de la genial Ocho y medio. La secuencia fue filmada, pero luego sustituida por la no menos delirante pasarela final en esta película faro, parteaguas, que no ceso de revisar periódicamente. Habría querido citar aquí todas aquellas películas significativas en torno a un vagón en un tren —¡cómo olvidar Cuentos de Budapest, de Szabó!—, pero la memoria puede fallar y el espacio no alcanza.

Como ejemplo de cómo una obsesión arrastra a la otra cito que en el curso del primer viaje que realicé al extranjero, en agosto de 1988, ala desaparecida República Demnocrática Alemana, invitado por la Asociación«hermanos Saíz», al carecer de dinero para ir al cine, esta desesperado. La única alternativa que hallé fue al llegar a Leipzig, visitar varias veces la estación ferroviaria (una de las más grandes del mundo) y verificar la asombrosa exactitud en horas y minutos con que partían los trenes para todos los destinos de Europa. En cuanto el avión aterrizó en La Habana, después de aquellos dieciséis interminables días en que me asfixiaba por la falta de los glóbulos negros del celuloide, corrí a refugiarme en una sala de cine donde se exhibía en calidad de estreno, El bebé de Rosemary, de Román Polanski, viente años después de su impacto internacional.

Como nunca llegaron a Cuba los ejemplares impresos en la Editorialde la Universidad NacionalAutónoma de Nicaragua destinados a la presentación y distribución de mi segundo libro Concierto en imágenes (1989) —apenas unos pocos que doné a un par de bibliotecas—, retomo aquí algunas de las críticas incluidas en ese volumen del cual aún me siento satisfecho y que fuera galardonado con el premio en su categoría en el desaparecido concurso «13 de marzo», convocado porla Universidad deLa Habana. Pero no solo eso, sino que deseo aprovechar la ocasión para reiterar la dedicatoria de entonces a las mismas personas: a mi mamá María Luisa Castillo, a Senel Paz y a René del Risco, por todo.

 

 


[1] Una primera versión fue publicada en Ser o no ser crítico de cine (1995), memorias de los Encuentros Nacionales de Críticos Cinematográficos, Pereira, Colombia.

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Publicado el abril 10, 2012 en LIBROS SOBRE CINE CUBANO. Añade a favoritos el enlace permanente. 1 Comentario.

  1. Juanu, fue de 1976 a 1982… Ya no te acuerdas??

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