EN LAS REDES DE LAS PALABRAS
Es tan fácil enamorarse de las palabras, y tan difícil deshacerse de sus efectos paralizantes.
Uno se deslumbra con la habilidad que les ha sido concedida a ciertas personas para construir universos fabulosos con unos pocos vocablos. Nos cautiva el modo en que se erigen imponentes, ante nosotros, esas regias catedrales hechas apenas con el misterio de las voces en lontananza. Y una vez que accedemos a adentrarnos en ellas, corremos el riesgo de perdernos para siempre, secuestrados por los innúmeros fantasmas que las habitan.
Si uno ama la lectura, entonces corre el doble de peligro. Porque la buena literatura (como el buen cine), existe para que uno renuncie a la sensatez, y se entregue a la aventura de descubrir realidades insospechadas. ¿Qué hacer entonces para no terminar enredado en lo que, a la larga, pudiera ser una variante amable del narcotráfico (el tráfico con los sueños, quiero decir)?, ¿qué hacer para no quitarles legitimidad a esos pensamientos propios que nos habitan y hacen vivir en lo cotidiano?
Nietzsche tenía clara la condición de cárcel que tienen las palabras para los pensamientos, una vez que han sido escritas. No puedo evitar la tentación de citarlo en extenso:
“¡Ay! ¿Qué sois ahora, pensamientos míos, una vez que os he escrito y coloreado? Hace poco erais tan multicolores, tan jóvenes y maliciosos, tan llenos de aromas picantes y secretos, que me hacíais reír y estornudar. ¿Y ahora? Habéis perdido vuestra novedad, y temo que algunos de vosotros estés dispuestos a convertiros en verdades. Ofrecéis un aspecto tan inmortal, tan honesto y tan enojoso, que parte el corazón. Pero, ¿es que alguna vez ha sido de otro modo? Porque, ¿qué es lo único que somos capaces de escribir y de pintar con nuestros pinceles de mandarines chinos quienes eternizamos lo que se deja escribir? ¡Ay! ¡Sólo lo que está empezando a marchitarse y a perder su perfume! ¡Sólo tormentas que se alejan y se disipan, y sentimientos que el otoño ha tornado amarillos! ¡Sólo pájaros perdidos y cansados de volar, que se dejan coger por nuestras manos! Eternizamos todo lo que ya no puede vivir ni volar, lo que ya está cansado y reblandecido. Para pintar tan sólo vuestro atardecer, pensamientos míos escritos y coloreados, mi paleta dispone de colores –de múltiples colores de infinitos matices y delicados tonos amarillos, grises, verdes y rojos-, pero nadie es capaz de adivinar, viendo mi pintura, cuál fue el esplendor de vuestra mañana, súbitas centellas, maravillas de mi soledad, viejos y queridos… malos pensamientos míos¡
Pero no veo otra alternativa que entregarse, sin prejuicios, a esa gran fantasía báquica que es la buena literatura. Aprender a vivir en un ensueño ilustrado donde la prepotente Razón ya no sería la que dicta el modo mezquino en que tenemos que comportarnos. Y agradecer hasta el infinito la libertad que nos reporta experimentar la vida, por fin, como un todo.
Juan Antonio García Borrero
Publicado el abril 9, 2012 en REFLEXIONES. Añade a favoritos el enlace permanente. Dejar un comentario.
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