LOS VAIVENES DE LA FE

El Papa Benedicto XVI acaba de ofrecer una  santa misa en Cuba. Es la segunda vez que vivo un evento de ese tipo (la primera en 1998, con Juan Pablo II), y en esta ocasión ha habido en mí menos entusiasmo que curiosidad.

Claro que yo también tengo fe en que las cosas serán mejores mañana. Que la reconciliación entre cubanos al fin nos permitirá sentarnos a pensar entre todos qué puede ser mejor para nuestra nación, y sobre todo para sus ciudadanos como individuos. Pero algo me dice que los excesos de la fe (como se ha puesto de manifiesto a la largo de la historia de los humanos) puede ser demoledor. Hablo de la fe ciega en la llegada de un Hombre Nuevo, o la fe alucinada en el encuentro final con un Dios que, al tiempo que nos promete libertad, nos impone una disciplina que paraliza, que nos convoca a lo gregario.

No faltará quien me llame descreído y hasta hereje, lo cual sería a todas luces una interpretación superficial, pues ¿por qué se tiene que creer solamente de una manera?, ¿por qué una sola manera de tener fe? ¿Quién concede esa jerarquía excluyente? Además, sigo encontrando en aquella hermosa reflexión de San Agustín un espléndido estimulo al pensamiento por cabeza propia: “Conviene, sin embargo, que haya herejes. Conviene, porque sin ellos, no habría discusión en qué fortalecer la fe”.

De cualquier forma, mi supuesta irreverencia tiene su explicación más remota en el hecho de que fui formado de acuerdo a aquella tajante convicción marxista que aún asegura que “la religión es el opio de los pueblos”. Eso me enseñaron desde que era un adolescente. Y es obvio que una enseñanza tan sistemática y vehemente no pueda olvidarse con tanta facilidad.

Pasar por alto que las relaciones entre las diversas religiones que se profesan en Cuba y el Estado ateo surgido a raíz de la Revolución de 1959 han estado signadas por las tensiones, y no pocas veces por las descalificaciones mutuas, me parece un acto hipócrita. De hecho, una parte del cine producido por el ICAIC se ha encargado de poner en pantalla, desde la perspectiva estatal, el saldo de esas colisiones, las cuales comenzaron bien temprano, como nos recuerdan varias de las polémicas fundacionales de los sesenta.

Cineastas como Tomás Gutiérrez Alea se enfrentaron a aquellas posiciones de intolerancia que comenzaban a configurarse por ese período. No en balde en uno de esos debates públicos, Titón se dispuso atacar a “los dogmáticos de este lado de la trinchera (desgraciadamente)” objetando con firmeza lo expresado por el profesor Sergio Benvenuto, quien había comentado en la controversia que “el verdadero enemigo es el idealismo, no el dogmatismo”.

Entonces Titón se mostraría alarmado con tal argumento, preguntando en la réplica, “¿quién puede negar que entre nosotros, formando parte de la Revolución, también hay católicos, por ejemplo?”, lo que le hace afirmar con energía: “Nosotros somos marxistas o aspiramos a serlo. En el plano de la lucha ideológica no podemos asumir posiciones idealistas, por razones naturales de principio. Pero en el plano de la lucha ideológica no vamos jamás a tomar posiciones de fuerza para suprimir a aquellos que no compartan nuestro punto de vista”. (1)

Sabemos que en la práctica esa aspiración al consenso platónico nunca funcionó ni tendrá lugar (me afilio a aquello que afirmaba Heidegger: en la vida cotidiana “tras la máscara del uno para otro actúa un uno contra otro”). Y por supuesto que la Cuba revolucionaria no ha estado excluida de esa cruel regla existencial. La hegemonía del credo marxista implicó, durante un buen tiempo, que se viera al creyente como alguien hostil al proyecto socialista. Y llegaron las exclusiones, las tragedias de gente que por defender su fe en Dios debieron abandonar hasta el país.

Hoy vivimos otra época. Una época donde la crisis espiritual parece impregnarlo todo. Y es obvio que en medio de tanto pesimismo, renazca la Fe. Y a lo mejor ahora serán los ateos los que, durante un tiempo, resulten silenciados. Por fortuna, serán los hijos de nuestros hijos los que podrán hacer un balance un poco más equilibrado de lo que ha sido ir construyendo (y destruyendo) en nombre de la Fe, con mayúscula.

Juan Antonio García Borrero

NOTA:

(1)     Tomás Gutiérrez Alea. Notas sobre una discusión de un documento sobre una discusión (de otros documentos). En “Polémicas culturales de los 60”. Editorial Letras Cubanas, La Habana, 2006, p 97.

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Publicado el marzo 27, 2012 en REFLEXIONES. Añade a favoritos el enlace permanente. Dejar un comentario.

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