BARTLEBY A LA CUBANA

Hace unos seis años, en medio de uno de esos períodos críticos que suelen pasar todos los seres humanos, el cineasta Fernando Pérez me recomendó leyera el cuento “Bartleby, el escribiente”, de Herman Melville. Su generosidad llegó a tanto que puso en mis manos el ejemplar único que atesoraba en su biblioteca.

Entonces yo me encontraba en medio de una situación límite personal. Debía tomar una decisión que podía cambiar para siempre el sentido de lo que hasta entonces había sido mi “cómoda” vida, o dejarme aplastar por el miedo a “lo mucho que podía perder”. Recuerdo el tono entre sereno e imperativo de Fernando Pérez al entregarme el libro. “Léelo, y después haz lo que quieras”, me dijo, dejándome a solas con el montón de fantasmas y contradicciones que todo el tiempo me habitan y acosan.

Si aquel cuento lo hubiese leído en otra circunstancia tal vez no me hubiese llegado igual. Bartleby es uno de los personajes más extravagantes (y al mismo tiempo humanos) que he conocido en mis lecturas. Su historia me conmueve porque consigo percibirlo como uno de esos raros sujetos que logran evadir el pantagruélico lugar común que es nacer, vivir un rato, y morir a desgana. Esa famosa frase que el personaje reitera una y otra vez a lo largo del cuento (“preferiría no hacerlo”), encierra tanta voluntad ética que corremos el riesgo de que en ésta época pocos la comprendan o aprecien. Porque nuestra época, con tanto egoísmo puesto en subasta, corre el riesgo de convertir en una frase costumbrista aquella observación de Martí: “(…) y hasta de mal gusto está ya pareciendo ser honrado”.

La explicación pública que Fernando Pérez ha dado a su decisión de no seguir al frente de la Muestra de Jóvenes Realizadores, inevitablemente me ha recordado a Bartleby. “Preferiría no hacerlo”, pareciera que dijera este intelectual que apuesta todo el tiempo por la complejidad, antes que por la concesión simplificadora. El incidente, como era de esperar, ya ha suscitado más de un comentario. Gustavo Arcos ha llamado la atención sobre la supuesta falta de solidaridad de esa generación a la que se le dedica la Muestra. Y el cineasta Pavel Giroud ha reaccionado de manera no menos vehemente, anotando, entre otras cosas, algo que me ha estremecido: “No nos pidas motivación con lo que no nos motiva”.

Entre lo que Arcos comenta y Giroud riposta hay un mundo de cosas que corremos el peligro de perder de vista. O de jamás imaginarnos. Pero aunque el planteamiento de ambos contendientes nos empuje a la interpretación dicotómica (que siempre será una reducción), no deja de tener utilidad la controversia, en tanto saca a la luz  algunos de los rasgos fundamentales de ese escenario real en que nos movemos. Un escenario mundial que desde hace poco más de un siglo parece estremecido por jóvenes airados en todas partes, lo cual provocaría reflexiones como ésta de Ortega y Gasset: “Mi entusiasmo por el cariz juvenil que la vida ha adoptado no se detiene más que ante este temor. ¿Qué van a hacer a los cuarenta años los europeos futbolistas? Porque el mundo es ciertamente un balón, pero con algo más que aire dentro”.

La Muestra nació con una vocación inclusiva. Y es justo enfatizarlo: fue el ICAIC la institución que desde un principio la auspició. Esto se podrá interpretar de la manera que se quiera, como decir que con ello se pretendía controlar institucionalmente aquello que iba por su cuenta. Toda interpretación es legítima, y variará de acuerdo a la cabeza que la genere. Pero los hechos son los hechos, más allá de lo interpretativo, y en estos diez años lo que a mi juicio se ha puesto en evidencia es que para esta generación el sentido de grupo es algo diferente a lo que conciben sus mayores. ¿Cuál es ese nuevo sentido? No lo sé, y en realidad es a ellos a quienes les corresponde discutirlo, legitimarlo.

Por eso en el fondo veo como algo positivo la renuncia de Fernando Pérez, sea voluntaria o condicionada por los factores de la censura. Primero, porque me hace evocar la dignidad de un Bartleby que se niega a sumarse a aquello que no le aprueba su conciencia, sin importar cuánto pueda acarrearle en lo personal ese gesto. Y luego, porque tal vez con esa actitud esté contribuyendo a que, por fin, esa generación de nuevos creadores tome una mejor conciencia de que es a ellos a quienes les corresponde diseñar su futuro grupal. Y no esperar a que se lo esbocen los otros, por mucha autoridad o buena voluntad que tengan quienes mandan.

En su réplica, Pavel Giroud apunta algo interesante:

“Recuerda siempre que los grandes movimientos cinematográficos han partido de una base conceptual muy sólida y esa debilidad y perspectiva provinciana de los que deben estructurar las teorías,  también hace que las películas Cubanas sean pequeñas islas apartadas y no un núcleo en sí mismo”.

Es cierto, pero Pável olvida que casi siempre han sido los nuevos creadores los que han pensado y discutido en términos teóricos sus modernas propuestas. Así pasó con la Nueva Ola Francesa. O con el Free Cinema. O con los que defendían el “cine directo”. La vitalidad de esos movimientos se ponía de manifiesto en que quedaban borradas de un plumazo esas estériles distinciones entre críticos y creadores. Acá en Cuba nada de eso se siente con la nueva creación.  En lo personal pienso que algunos de los nuevos realizadores tienen un talento extraordinario, pero que se han conformado con eso: con tener talento para filmar.

De cualquier forma, la renuncia de Fernando Pérez al cargo no ha significado, como él mismo apunta, que se distancie del espacio. Y eso me recuerda aquella hermosa leyenda en torno a la inmortalidad que tanto fascinaba a Titón (que primero pensó en utilizar en Hasta cierto punto, y finalmente introdujo en Guantanamera). Los que hemos dirigido esa Muestra compartimos hábitos y prejuicios que nada tienen que ver con el horizonte de expectativas de estos jóvenes. No importa cuán abiertas hayan estado las mentes rectoras. Para bien o para mal, somos hijos de un proyecto de Ilustración que condiciona nuestra mirada hacia el mundo, y hoy esa Ilustración ya ha conocido de críticas profundas que demuestran que también allí hay historicidad.

No sé si será por fin un joven el que a partir de ahora dirija la Muestra, pero sé que en lo profundo de su espíritu Fernando Pérez ha estado trabajando para que ello suceda.

Juan Antonio García Borrero

PD: Aquí les dejo, ya que la menciono, la leyenda utilizada por Titón en Guantanamera.

“Al principio del Mundo, Olofin llamó a Odduá y le pidió que hiciera la vida. Odduá llamó a Obbatalá y le dijo: “Ya está hecho el Mundo. Está hecho lo bueno y lo malo, lo bonito y lo feo, lo chiquito y lo grande; ahora hay que hacer el Hombre y la Mujer”. Obbatalá hizo el Hombre y la Mujer, pero se olvidó hacer la muerte. Pasaban los años, y los hombres y las mujeres cada vez se ponían más viejos, pero no se morían. Eran tan viejos que tenían que reunirse como hormigas para cargar entre todos una ramita de árbol, y se necesitaban más de ochenta brazos para cortar una calabaza. La tierra se llenó de viejos que tenían miles de años y que seguían mandando de acuerdo con sus viejas leyes; los jóvenes tenían que obedecerlos y cargar con ellos, porque siempre habían sido así las cosas. Pero cada día, la carga se hacía más pesada. Tanto clamaron los más jóvenes que un día sus clamores llegaron a oídos de Olofin, y Olofin vio que el Mundo no era tan bueno como él lo había planeado. Y vio que el dolor se había adueñado de la tierra, y que todo se iba cayendo bajo el peso de tanto tiempo, y sintió que él también estaba viejo y cansado para volver a empezar lo que tan mal le había salido. Entonces Olofin le dijo a Odduá que llamara a Ikú para que se encargara del asunto. Y vio Ikú que había que acabar con el tiempo en que la gente no se moría. Hizo Ikú entonces que lloviera y lloviera sobre la tierra durante treinta días y treinta noches sin parar, y todo fue quedando bajo el agua. Sólo los niños y los más jóvenes pudieron treparse en los árboles gigantes y subir a las montañas más altas. Y la tierra entera se convirtió en un gran río sin orillas. Hasta que en la mañana del día treinta y uno para de llover. Los jóvenes vieron entonces que la tierra estaba más limpia y más bella, y corrieron a darle gracias a Ikú, porque había acabado con la inmortalidad”. (Citado por Paul A. Schroeder en Tomás Gutiérrez Alea. The Dialectics of a Filmaker. Routledge, 2002, p 151).

 

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Publicado el marzo 23, 2012 en AUDIOVISUAL JOVEN EN CUBA, POLÉMICAS. Añade a favoritos el enlace permanente. 2 comentarios.

  1. Juan Antonio, muy necesario este post, y aplaudo tus reflexiones. La falta de solidaridad, de sentido gremial, entre los creadores de las distintas artes, no sólo es descorazonadora en sí misma, sino que frustra la posibilidad de que muchos gestos individuales de inconformidad, de rebeldía, puedan convertirse en chispa para cambios positivos.
    un abrazo,
    RAFA

  2. Queridos:

    YO ME OPERÉ DEL ODIO. hace años, en un libro de iniciación incitaba a mi generación a un suicidio colectivo “porque lo mejor hubiera sido no haber nacido”, y luego rectifiqué con lo que “no pudo ser mejor”. Y así, durante tres siglos (el xix en una jícara mambisa de mi abuelo; el xx con todas mis pasiones que culminaron “subiendo a las montañas libremente”. El xxi se agotó de soñar y de caer, el aprendizaje de desprenderse, de prescindir, fue de lo agónico hasta la liviandad.Y me operé de la voz, y del corazón y de los ojos. Intenté Soplar como Dios y creo tener una mejor visión. Pero tomé una nueva decisión me operé del odio. ME OPERÉ DEL RENCOR, DE LA IRA, DE LA ROÑA, DE LA DECEPCIÓN. Y en ese torrente se van las frustraciones, porque uno puede ganarse el derecho a guardarse los sueños.

    El derecho a respetar hasta las decisiones no compartidas, sin ser exactamente cómplices.
    No pertenezco ni a un partido de pelota, lo único que preservo es una esencia de Humanidad, de Patria, de Soñador, -hasta de cursi ¿y qué?-.

    Si ya me sé, SABEMOS, de cuál “arriba” viene el aguacero, y que es inevitable, que sólo me quedan dos caminos: abrir “el paraguas” o abrir las compuertas para que arrase EL DILUVIO. Tengo que preservar lo escaso que me queda.

    Enrique Pineda Barnet

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