SUITE CAMAGUEY

Para Fernando Pérez,

por la película,

y para Joel e Ileana,

por los cuadros.

Desperté asustado. La televisión se había quedado prendida desde la noche anterior, y ahora, como si formaran parte del caos onírico que recién dejaba atrás, dos locutores reiteraban hasta el infinito los buenos días, antes de asegurar como un cliché que toda Cuba se mostraba en esos instantes alegre, dispuesta a vivir otra jornada inmejorable de bienestar. Hablaban con verdadera convicción, como si desde ese set iluminado y aséptico pudieran, en efecto, entrar en cada uno de los hogares del país y hacer un censo general de nuestras tristezas y regocijos. Me pregunté asombrado cómo podían conservar esa sonrisa tan ecuánime mientras se dirigían a la cámara, si según ellos mismos las noticias llegadas del extranjero más espeluznantes no podían ser. Guerras catastróficas en diversas partes del planeta. Enfermedades por el momento sin cura en Asia. Crisis financieras en Europa y América del Sur. Atentados del ETA en Fuengirola. El mundo, en efecto, parecía caerse a pedazos, aunque  por suerte la vida en la isla, era todavía un catálogo envidiable de alegrías y victorias. Mirándolos con  atención, aquellos locutores corrían el riesgo de parecerse a los míticos músicos del Titanic, empeñados en seguir la cantaleta no obstante la inminencia del desastre.

Apuré el café de  la mañana intentando pensar en otra cosa. No pude. Soy un tipo jodidamente complejo. Feliz, a  mi manera, pero complejo. Mi problema, lo sé, es que soy adicto a complicarlo todo. No tengo nada contra el optimismo, siempre que este no se convierta en otro velo enajenador de la realidad: la cruda realidad. De allí mi desinterés por todo lo que huela a simplificaciones televisivas. Alguien muy querido hace poco alcanzó a observar que mi fobia a las pantallas pequeñas es demasiado ingenua, pues la televisión, aclaró, no está para contrariar ese modo “ligero” de leer la vida. En sentido general, me dijo, la gente no está interesada en hablar de sus problemas. Como no me convenció, entiendo que se haya marchado pregonando que soy un extremista. Seguro me expresé mal, pero tampoco se anima a discutir mi punto de vista alguna vez en la misma televisión. Y yo contento.

Contento porque más que mirar la televisión, prefiero espiar la vida. Y gozarla con toda intensidad. De allí que aquella mañana, lo recuerdo, yo despertara con unas ganas inmensas de hacerle el amor a una ciudad que desde hace cinco siglos se conoce como Camaguey. Si me preguntan qué tiene de especial esa ciudad no sabría estructurar una respuesta medianamente coherente: a Camagüey le faltan las luces de neón de Broadway y Madison Square Garden, y la risa  equívoca de los travestis en Río de Janeiro cuando van llegando a Lapa, y el tráfico interminable de la Gran Vía en Madrid, y las casas de Valparaíso con vista al mar, y el hotel boliviano Los Tajibos en Santa Cruz de la Sierra, y el paseo bullicioso por las playas de Málaga, Torremolinos o Benalmádena, y el “Juan Sebastián Bar” en que se mata la añoranza en Huesca, cuando ya está por amanecer. En verdad, si Nueva York es la ciudad que nunca duerme, Camaguey podría ser la Bella Durmiente tomándose muy a pecho su papel. Camaguey tiene mil defectos, pero me gusta con carajo, y aún no sé por qué.

Quizás sea el no saber de dónde viene la atracción lo que todavía mantiene vivo el idilio. Sí, tal vez descubrir que uno nunca conoce del todo la ciudad donde vive, funcione como el mejor antídoto a la indiferencia. Ninguna ciudad es perfecta, y yo no he podido eludir el derecho de ejercer la sospecha ante lo que prometen con tanto énfasis los publicistas urbanos, desde que tropecé con aquella reflexión de Martí: “las ciudades son como los cuerpos, que tienen vísceras nobles, e inmundas vísceras”. Y es cierto: las ciudades son como las personas, que muestran una cara en la calle y otra en el baño, por lo que debiéramos prestar atención tanto a lo que murmuran sus putas en los rincones, como a lo que dicen en los noticieros los locutores, estos últimos casi siempre despistados con el precio más reciente de la carne en el mercado.

Como dije: aquella mañana amanecí tan excitado que quise hacerle el amor a Camaguey a la vista de todos. Observarla primero como el voyeur que planifica sus fantasías desde la intimidad perversa de su mente. Medir sus laberínticas curvas con la punta de unos dedos ebrios de ilusión y nerviosismo. Acercarme a ella como se acude a una cita donde un par de adolescentes prueban a explorar sus virtudes y defectos a la luz de una lámpara indiscreta. Y en efecto, allí estaba  esperándome todo lo noble que yo conocía de ella (sus plazas  atestadas de gente, sus iglesias semiderruidas, sus monumentos, sus  calles enigmáticas), pero también sus vendedores sigilosos, pregonando con cautela productos que nadie quiere averiguar de dónde salen. Allá la aprendiz por cuenta propia de italiano, que con el ojo derecho vigila al policía y con el izquierdo al turista que acaba de bajar de un taxi. Sentada a la salida de un cine donde ya no quedan capacidades para acomodar los recuerdos de tiempos mejores, una abuela aguarda a que alguien le compre un cucurucho de maní.

De pronto, no sé de dónde, cientos de congueros desembocan por una calle, pues la ciudad anda de fiesta  o algo así. Llegan improvisando, con los cuerpos movidos en trance, al compás de la trepidante percusión. Jolgorio colectivo donde no importa la militancia política o sexual. Cuerpos que jamás han imaginado el olor de Christian Dior. Cuerpos sudorosos que se desarman al son de unos tambores empeñados en arruinar un clásico de la música popular cubana. Se sabe que en casos así, la música es apenas el pretexto para rozar con lascivia las pelvis excitadas,  y subvertir hasta el frenesí cualquier tipo de regla. Uno de ellos (un negro desdentado y parlachín) debió notar mi indiscreta fascinación, y preguntó obsequioso si quería “un toque”. Lo preguntó con esa escandalosa solidaridad que emana de todo festejo común, solo que en sus manos, fuera del tambor que agredía sin clemencia, no alcancé a vislumbrar botella alguna. Dije no al “toque”, aunque agradecí la invitación. “Tal vez mañana”, añadí. El negrón se encogió de hombros. Luego volvió con prisa a sus tambores y me dio a observar una espalda desnuda donde podía leerse, entre otros tatuajes, el siguiente: “Dios no ahoga, pero como aprieta”.

Visto sin mucha reflexión, es fácil adivinar que toda esa gente era, en esos instantes, feliz. Allá en Nueva York, cuando hice el cuento, cuatro tipos con corbata me miraron indulgentes, mientras despachábamos la quinta ronda de un “whiskie on the rock”. No me importa si me creyeron o no, pero yo sé que ese día esa gente fue feliz. Al fin y al cabo, todos los hombres somos adictos a esa droga inefable nombrada felicidad. Lo de menos es el mejunje que en cada caso se usa para ser temporalmente feliz: lo más grave es el precio que cada cual paga para dejar satisfecha la adicción.

En mi caso, la droga que ahora mismo me está matando se llama Camaguey. Y cuando en mi melancolía me empujo un trago, casi siempre en un callejón nombrado Soledad, y me da por ponerme afectado y todo eso, concluyo jurándole al vecino de mesa que en la universidad del olvido, esta jodida ciudad es la asignatura que nunca he podido vencer.

Juan Antonio García Borrero (En Bembeta 723, el 27 de diciembre del 2003).

Publicado originalmente en la revista La Gaceta de Cuba Nro. 2, Marzo-Abril 2004, p 64.

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Publicado el marzo 19, 2012 en CAMAGÜEY: LO QUE EL CINE SE LLEVÓ. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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