ESPLENDOR Y DECADENCIA DE LA CULTURA AUDIVISUAL EN CUBA
Hubo un tiempo en que la cultura audiovisual en Cuba mostró índices dignos de cualquier país del Primer Mundo. Hablo de esa época en que la eficacia de un sistema donde producción, distribución, recepción, y debate de aquello que se consumía, funcionaba como una respiración, como un todo inspirador.
En esas fechas, que abarcaría el arco que va desde principios de los sesenta hasta mitad de los noventa, el ICAIC ostentaba el papel rector. Luego, la llegada de las nuevas tecnologías, la democratización de las prácticas fílmicas, la hegemonía de soportes móviles, la entronización de la cultura televisiva, combinado con la incapacidad de la institución ICAIC de sumarse a esa trepidante carrera de relevo, propició que arribásemos a esa suerte de páramo donde ahora mismo circula y se consume más audiovisual que antes, pero se le piensa menos.
¿Qué consecuencias ha traído para la cultura audiovisual del país esa conjura de circunstancias donde en la actualidad brilla por su ausencia una estrategia institucional? Ante todo, la decadencia cada vez más alarmante de un gusto colectivo que, gracias al anterior desempeño dela Cinematecade Cuba, del ICAIC con su programación semanal, del Festival de Cine de La Habana, del Taller Nacional de la Crítica Cinematográfica en Camagüey, del Cine Pobre de Gibara, por mencionar apenas cinco instancias, había conseguido naturalizar en la isla el consumo y debate de un cine plural, alternativo al modelo de representación hegemónico, y sobre todo, movilizador de ideas.
Detrás del deterioro de la calidad de ese consumo lo que se detecta es una pérdida del público de masas que antes tenía el cine, a favor de la televisión. El problema no es exclusivo de Cuba, y ha generado abundante reflexión, incluso desde las instancias públicas. Podríamos recordar aquel Coloquio sobre el Cine y el Estado, organizado en la ciudad de Lisboa en 1978, y en el cual se examinó de un modo crítico las causas de la crisis, y el saldo negativo de indiferencia. Muchas de esas reflexiones conservan su valor profético, como la del italiano Luigi Comencini:
En mi opinión, una película únicamente emitida por la televisión no forma parte de la cultura, porque falta el “debate cultural”. La cultura no está solamente compuesta por obras; está sobre todo compuesta por la historia de las obras, por su crítica, por su confrontación. La cultura cinematográfica no empezó casualmente con el nacimiento de las cinematecas. La vida, aún siendo corta, de una película en los cines, permite escribir artículos sobre esta película, hablar de ella, volver a verla, y tal vez cambiar de opinión sobre ella, o simplemente irla a ver porque se ha oído hablar de ella; esto es lo que yo llamo el “debate cultural”. Todo esto falta en la película emitida por televisión, manifestación única que desaparece en el momento mismo en que se realiza.
Desde el punto de vista de los valores culturales, más vale proyectar una película más o menos tiempo en los cines, que mostrarla una sola vez a un gran número de personas, cada una de ellas encerrada en su casa, por el canal de la televisión.
Sería útil retener los dos términos que marcaban la relación del antiguo espectador con las propuestas que le hacían desde lo público: consumo y debate. El consumo de audiovisual se ha multiplicado, y la tendencia a incrementarse será aún mayor en la misma medida en que el ingenio humano lleve al competitivo mercado variantes cada vez más sofisticadas de apreciar imágenes en movimiento acompañadas de sonido. Ir contra esa tendencia acusaría una falta de realismo imperdonable, pero intentar crearle cercos a través de la censura solo pondría en evidencia una falta de imaginación política que al final se paga con la indiferencia, si no la repulsa de los ciudadanos de a pie.
Cuando aludo al ciudadano de a pie no hablo de ese sujeto abstracto que en nuestra manida retórica se suele identificar como un integrante más de “el público nacional”. En lo adelante habrá que evitar el uso de esos lugares comunes, por anacrónicos e inútiles, pues, ¿no es embarazoso llamar “público nacional” a ese conjunto de personas que en la actualidad consume audiovisual por vía privada, mucho más de lo que producen las industrias transnacionales que de lo programado institucionalmente?; ¿dónde están los estudios capaces de ofrecernos una descripción seria de ese espectador de nuevo tipo que tiene en casa sus propios canales de exhibición y recepción, y que, al margen de cualquier política cultural, experimenta un sentimiento post-nacional como consumidor?
Sospecho que nuestros problemas actuales con la cultura audiovisual en Cuba tienen que ver, en gran medida, con nuestra reticencia a examinar de un modo integral y desprejuiciado, los nuevos escenarios en que se construye y circula ésta en nuestros tiempos. La fidelidad más romántica que racional al concepto “cine” (entendido como eso artístico que se distingue de la plebeya televisión y todo lo que no tenga que ver con el celuloide), nos empuja a pensar que sería de mal gusto legitimar con nuestros debates la existencia real de esas “invasiones bárbaras” que vendrían a ser todo lo que ha traído la revolución electrónica. Por eso, no obstante las evidencias, el implacable éxodo de público, el anacronismo de esas grandes salas que jamás podrán liquidar sus gastos, se sigue esperando que una suerte de milagro permita que los cines, tal como los hemos conocido hasta ahora (no importa cuán incongruentes luzcan con la época moderna), nos sobrevivan.
Que yo conozca, hasta ahora no se ha originado entre nosotros ningún debate estimulante (y llamo estimulante a aquello que devuelve la mirada a la realidad, y se pone en función de enriquecerla). Todo se ha reducido a pensar lo pensado por otros con anterioridad, cuando lo recomendable sería ponerse a pensar, como hubiese sugerido Heidegger, aquello que da que pensar y permanece intocado. Por eso tendríamos que comenzar por ponernos al día, por ejemplo, con lo que está ocurriendo en un contexto más general: en el contexto de la cultura visual, digamos.
Cuando en los sesenta comenzó a vivirse en Cuba ese esplendor de la cultura audiovisual a la que aludimos en un principio, las circunstancias eran otras. A Alfredo Guevara, líder indiscutible de ese proceso que supo revolucionar nuestras vidas en lo que al cine se refiere, habrá que agradecerle siempre la densidad de un pensamiento que buscaba nutrirse del espíritu de la época en que vivía. Es cierto que contó con el respaldo personal de Fidel, pero si el diseño de lo que proyectaba edificar no hubiese estado atento a lo que ocurría en el mundo de la cinematografía entonces, nuestra cultura audiovisual no habría pasado de ser otro exponente más de la dependencia neocolonial presente en el grueso de los países de la región. Guevara se empeñó en pensar lo no pensado en Cuba hasta en ese instante, y en vez de retomar las ideas que hasta ese momento predominaban en la isla (imitar de modo dócil lo puesto en práctica por la industria mexicana) se impuso su propio camino, su propia meta. Ese es un mérito que hasta sus detractores más empedernidos no le pueden escamotear.
A quienes vivimos en esta época en la que el cine ya no ostenta el liderazgo del ocio y debe competir ferozmente con nuevas maneras de combinar imagen y sonido, nos toca pensar ahora lo no pensado. Quiero decir, pensar al cine en el reino de la imagen electrónica. Eso si no queremos que lo ganado en términos de espectador crítico se diluya en un maremágnum de trivialidades que, tras la coartada de la (falsa) libertad de producción y recepción, termina por domesticar del modo más obsceno a ese público para el cual sostener una postura crítica ante la vida, en lo adelante sonará a anacronismo. Por tanto, lo primero que urge pensar es cómo devolverle a ese espectador su libertad para que se enfrente críticamente a aquello que le ofrecen. Pero no sólo devolverle ese derecho, sino estimularlo a que haga uso del mismo.
Para ello será preciso repensar las estrategias que desde las instituciones se están trazando (o dejando de trazar), con el fin de salvaguardar los logros de la cultura audiovisual en Cuba. Hasta un ayer ya algo remoto esa cultura florecía sobre todo en los cines. Las personas acudían a esos lugares porque era uno de los modos más atractivos de sociabilizar. Estaba la película, que podía ser atrayente, pero también estaba la posibilidad de compartir los criterios, debatir las consideraciones propias, aprender de lo que los otros nos podían aportar.
Lo que se registra en el mundo ahora es, para decirlo como García Canclini, un “repliegue familiar en la cultura electrónica a domicilio”. También en Cuba, aunque por razones bien diferentes. Fuera del país, las nuevas tecnologías van marcando lo inédito del rumbo; dentro de la isla es sobre todo el estado desastroso de las salas cinematográficas lo que lógicamente más estimula la fuga. Pero en sentido general se aprecia una evidencia común: el cine ya no es líder del entretenimiento colectivo. Lo que no significa que el legado artístico del llamado séptimo arte pierda importancia en este nuevo contexto: el legado del cine como arte no va a desaparecer (como no ha desaparecido los de la literatura, la pintura, o el teatro), pero sí corre el riesgo de convertirse en algo invisible a los ojos de los ciudadanos, debido a la poca atención intelectual que se le ha concedido a la crisis de consumo que actualmente vive.
Es preciso pues, que de la mera administración de los bienes fílmicos se pase a la renovación intelectual de las estrategias que permitirían la reinserción de estos bienes en el horizonte de expectativas del público moderno. Para ello, se tendrá que pensar más en la imprevista autonomía de ese espectador de nuevo tipo que consume audiovisual por vía privada, dejando a un lado los prejuicios que nos impiden mirar de frente al consumo mismo, con todas sus luces y sus sombras.
Dicho de otro modo: en vez de pensar de modo superficial en la recuperación física de los cines, tal como eran antes, tendremos que empeñarnos en recuperar al espectador creándole espacios atractivos y novedosos. Ello supone una revolución copernicana en nuestro punto de vista más habitual, pues si el consumo por vía privada va siendo lo determinante, entonces será preciso que el espacio público se adapte a las nuevas características de la época, no para entregarse de modo dócil a las leyes del mercado, sino para influir en este, y salvaguardar lo esencial: la memoria de una actividad cultural que no en balde fue formadora de varias generaciones a lo largo del siglo XX.
Por supuesto que no bastará con lo que hagan las instituciones responsabilizadas ahora mismo con esa actividad. En algún momento se tendrá que exigir, por ejemplo, que el conocimiento de la historia del cine sea algo obligatorio en los programas educativos básicos. Si queremos formar un espectador culto, resulta imprescindible que esa instrucción comience en fechas tempranas. Aprender a ver cine es otro modo de aprender a leer críticamente el mundo.
Pero sin imposiciones, pues entender al actual consumo audiovisual como algo que hay que regular de modo autoritario, apenas promoverá un mayor divorcio entre quienes diseñan las políticas culturales y los que la evaden, justo porque les atrae eso que está más allá de las normas. De allí la lucidez de la observación de Canclini: “Solo mediante la reconquista imaginativa de los espacios públicos, del interés por lo público, podrá ser el consumo un lugar de valor cognitivo, útil para pensar y actuar significativa, renovadoramente, en la vida social”.
Juan Antonio García Borrero (En Bembeta 723, Camagüey, el 25 de julio de 2011)
NOTAS:
1) El cine y el Estado. Ministerio de Cultura, España, 1979, p 187.
2) Néstor García Canclini. El consumo sirve para pensar. Distribuido en formato digital por el Centro Teórico-Cultural Criterios, p 6.
Texto publicado originalmente enLa Gacetade Cuba Nro. 5, Septiembre-Octubre del 2011, como parte del dossier “Cultura y consumo del audiovisual en Cuba”.
Publicado el marzo 6, 2012 en REFLEXIONES. Añade a favoritos el enlace permanente. Dejar un comentario.
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