OTRA MIRADA A LA VIRGEN DE LA CARIDAD (1930), DE RAMÓN PEÓN
Lo bueno que tiene el blog es que permite visibilizar esos diálogos que no pueden escucharse en medio de la prisa cotidiana. La ensayista María Antonia Borroto Trujillo leyó el post anterior sobre el filme La Virgen de la Caridad, de Ramón Peón, y tuvo la gentileza de enviarme un texto que había escrito y publicado hace un año en la revista Verdad y esperanza. Como podrán ver, pareciera que ambos escritos polemizan entre sí, sobre todo porque para María Antonia, la historia del filme no es tan ingenua como parece.
Por otro lado, la ensayista está aludiendo a esa ocasión que yo no pude disfrutar, por no encontrarme entonces en el país. Me refiero a la vez en que, en el marco del XVI Taller Nacional de la Crítica Cinematográfica celebrado en Camagüey, se exhibió la cinta con un acompañamiento musical en vivo. Agradezco a María Antonia Borroto Trujillo la posibilidad que nos brinda de disfrutar su texto.
JAGB
LA VIRGEN DE LA CARIDAD: UN MILAGRO SILENTE Y EN BLANCO Y NEGRO*
Por María Antonia Borroto Trujillo
Pocas noches recuerdo con tanto entusiasmo como una, acompañada por cariciosa llovizna, en el patio de la casa natal de Ignacio Agramonte. El patio, frecuente en esta ciudad, tiene una curiosa intemperie, o mejor, una intemperie muy bien resguardada por los recios muros, el ingenioso sistema de canales y un pozo de brocal que, junto a las arecas, dan una incomparable sensación de frescor: sabiduría antigua, ya irremediablemente perdida, élan de un tiempo que persiste y nos sorprende desde un edificio, un daguerrotipo, un gesto, una mirada… Por eso no podía haber espacio mejor para la presentación, con música en vivo, de La Virgen de la Caridad, de Ramón Peón.
Siempre he perseguido esos “experimentos” que de vez en vez dan su sal y pimienta a los Festivales de Cine. Los Nibelungos, de Fritz Lang, proyectada en dos partes enLa Rampa, fue, al menos para mí, un suceso. Y quien escribe suceso no es la periodista a la caza de hechos “que den de que hablar” sino la muchacha apresada en la sala de un cine de pueblo, fascinada aún con el prodigio de luz que es el cine: prodigio acaso más nítido cuando, por escasas horas, vemos —y escuchamos— a la usanza de aquellos lejanos tiempos.
Sin embargo, respecto a mi entusiasmo por La Virgen de la Caridad pueden ser argüidas otras muchas razones, casi nunca repasadas por los críticos que con la soberbia tan propia del gremio (1) suelen olvidar que ninguna obra de arte yace en el vacío, y que un detalle tan superfluo como las “condiciones de su recepción” ayudan, a su modo, a construir su significado, y muy en particular a garantizarle un sitio en la biografía espiritual de ese a quien llamamos receptor. Porque —vaya cosa— el receptor es el ser humano, o mejor, un ser humano con su historia, sueños y frustraciones. O lo que es igual: hablar de la obra “pura” es como pretender hablar, genéricamente, del amor, como si de asuntos así pudiera hablarse en calma y con el corazón frío. Además, tales generalizaciones casi siempre sirven para, una vez leídas, afianzarnos en nuestras verdades: son necesarias en tanto ratifican su inutilidad y mantienen, intocada, la esencia misma de aquel que es su objeto.
Decía que muy bien puedo argüir otras razones. Digamos, como quien penetra en sagrado recinto y hasta el más mínimo cuchicheo le parece excesivo, digamos, pues, que mi generación supo un poco tarde del cine prerrevolucionario. Que cuando era más joven escuchaba hablar del cine cubano como de una creación posterior al 59. Ya ese es un detalle a tener en cuenta: incluso, aunque asumamos su existencia y valores, nuestra relación respecto a tales obras suele ser la del arqueólogo que en lo examinado ve una suerte de protohistoria o proto-obra, fuerza germinativa, nunca creación en sí misma, de cuanto vendría después, o, por el contrario, parte del pasado que nos empeñamos en borrar en nombre del futuro, ese espejismo.
Así que la referida noche fue, para mí, noche de primicias, de develamiento: sorpresa de espectadora y no de historiadora, de gourmet y no de crítico. Sobre todo, porque aun con su silencio —“No es que le falte el sonido, es que tiene el silencio”: genial definición de Fina García Marruz a propósito del cine silente—, con su cierta ingenuidad y con su trama un tanto previsible aunque de resortes insospechados, la película me pareció atractiva aun para espectadores actuales.
Disfruté como pocos las secuencias del periódico “El Mundo”. Como pocos porque, al decidir mi profesión, la imagen que de ella tenía era en buena medida la del vértigo de esa forma de hacer, ya tan lejana y apenas reconocible en las despoetizadas maneras del periodismo de hoy. Mas no solo por eso: la inclusión de las imágenes documentales tiene su explicación: la obra que da origen a la película ha sido premiada en un concurso convocado por la publicación, e incluso, como más pertinaz justificación, se muestra el artículo en el que se da cuenta del hecho “real”. El contraste entre lo escueto del texto y su conversión en otra cosa, o lo que es igual, el diálogo entre una y otra forma, el intento de dotar de verismo a lo narrado, aun cuando pueda estar asentado en un recurso que a la luz de hoy, repito, a la luz de hoy, puede parecernos ingenuo, es en sí mismo un hallazgo y da cuenta de miras más altas: de la vocación documental que anima a la obra y de un sutil contrapunteo con la modernidad. Mas vayamos despacio.
La dirección de arte es fascinante. Yo conocí en mi infancia comoditas como la vista allí, y aun el ambiente que se muestra. Mas cuidado: no es afán folklorista el que anima a la obra, sino la recreación del sano espíritu de la vida campesina, incluida su fiesta —folkloristas y desnaturalizados me parecen nuestros televisados guateques de hoy—, el espíritu de la vida familiar y la amistad como algo entrañable, como de familia, tiempo en que ser elegido compadre o comadre —palabras tan sabrosas y ya en desuso— era un blasón, marca del linaje espiritual adquirido frente a los ojos ajenos. Sorprende el poder de penetración del filme, no en los grandes sucesos, sino en las menudencias, cualquiera diría que sin importancia, pero que, muy bien elegidas, recomponen el rostro de la época.
Igualmente merece al menos dos palabras el supuesto de la ingenuidad. Cualquiera podría tildar la obra, y los personajes, de ingenuos. Mas, ¿puede alguien discutirme que las muchachas casaderas de entonces, y aun algunas de hoy, no asumían con tal rubor la vida? ¿Que no primaba una cierta moral caballeresca en el trato? ¿Qué la época no era en grado sumo romántica, como de inspiración romántica es el mejor modernismo, una de cuyas vertientes condujo a la canción trovadoresca, también de aliento medieval? No debemos olvidar que —tal como dijera Hauser— “toda obra de arte, incluso la más naturalista, es una idealización de la realidad, una leyenda, una especie de utopía”. (2) Puede existir por tanto una idealización, de signo positivo, con sus acentos en la elevación del ser humano, y otra, empeñada solo en mostrar las flaquezas humanas. Toda obra por tanto, a la vez que atajo para llegar a una época determinada, deviene ruta para descubrir la imagen de sí mismos de quienes la concibieron, los que ellos creen límites humanos, las que creen sus posibilidades.
Mas no hemos llegado a un asunto esencial: el título. Apenas hay indicios hasta bien entrada la historia del porqué de su elección. Hemos visto, eso sí, la imagen dela Virgen, presidiendo la sala del hogar, incluso del que la familia ha tenido que improvisar una vez comenzado el litigio por las tierras. La historia sería quizás intrascendente de no ser la forma misma en que es resuelta, la forma del milagro. Un grupo de acciones al azar —dígase que el dueño ha clavado algo en la misma pared pero del lado contrario— sirven de detonante.
Nada de ingenuo hay en el asunto: lo que se quiere colocar del otro lado es precisamente un cuadro de Murillo, pintor sevillano cuyas recreaciones de temas religiosos tuvieron una naturalidad y gracia ajenas a la teatralidad de ciertas zonas del barroco: un pintor que acercó la religiosidad, y la representación de los santos, a las realidades del hombre común. O sea, una misma pared de maderas machihembradas, pared campesina, acoge de un lado la imagen religiosa que se vuelve íntima y cariñosa, humana y posible, y del otro, la representación artesanal dela Virgenmestiza, también cercana y entrañable, elegida por Cuba y sus familias. De un lado, la representación llegada desde el arte castizo, del otro la nacida en la isla, acaso uno de los primeros momentos de nuestra rebeldía nacional, afirmación de la diferencia cultural. Se establece entre ambas imágenes una sutil relación de causalidad: es queriendo poner a la una como la otra cae y se rompe su vidrio, mostrando las ansiadas escrituras.
Hay un momento verdaderamente enternecedor: ante la justa ira del joven, impotente frente al despojo de sus bienes, la abuela le recomienda orar ala Virgen, pidiendo no la devolución de las tierras, sino la calma en su espíritu para obrar justamente: “Hijo, arrodíllate frente ala Virgeny pídele que calme esa tormenta que hay en tu alma”. He ahí la médula de la eticidad del filme: no se propone el abandono de las potencialidades y responsabilidades propias, sino la activa confianza en un saber más alto, en una justicia más plena. Llega el milagro, o lo que queremos apreciar como milagro, no a través de la aparición de deidad alguna sino de la causalidad más simple o del azar más persistente. Sea dicho, de pasada, que el cine de Tom Tykwer, a mi entender uno de los autores más importantes de la hora actual, se asienta en una similar comprensión de la presencia de lo divino en la vida corriente.
Mas volvamos al filme cuyo aniversario ochenta conmemoramos este año. El padre del protagonista, muerto en el campo insurrecto, había decidido guardar los documentos en el cuadro, ala Virgenclama por la protección de su madre y vástago. He ahí otras curiosas claves. Primero, la presencia del mambisado: la afrenta que se ha querido cometer es, nada más y nada menos, contra un fundador de la patria, y se ha querido menoscabar aquello que le es más querido: su tierra y familiares allegados. La justicia triunfante no lo es solo respecto a un hombre despojado: tiene alcances más trascendentales y adquiere visos de justicia histórica, de reordenamiento o mejor, de búsqueda del Orden cabal y pleno, humano, en un mundo desquiciado por las ambiciones y el rencor.
La abuela es un personaje delicioso. Es ella quien guarda celosamente la imagen, quien invoca ala Virgeny pide amparo para su nieto; es representación de ese saber orgánico y abisal, muy femenino, que comprende sin comprender ciertas razones ocultas. No puedo dejar de recordar la presencia de las abuelas en su vínculo con lo sagrado en algunas páginas modernistas, presencia que casi siempre implica la contraposición a la modernidad triunfante en lo que esta tiene de soberbia y de confianza ciega en el progreso civilizatorio. Las abuelas y su devoción doméstica son, en aquellas páginas y creo que en ciertos momentos de la vida cubana (3), la muestra palpitante de que, en su seno, la modernidad alentó contratendecias y que en ciertas zonas de su producción espiritual hay una suerte de vuelta sobre sí misma que la conecta con el Medioevo. Con su proverbial erudición, Gustavo Pittaluga da fe del especial sentido de la devoción mariana enla Edad Media, denominada por él “gran época de las mujeres”. (4) El culto a la Virgen adquiere, desde el siglo VII, “una extraña intensidad sentimental”, la que será revestida, más adelante, por “romántica admiración por el misterio femenino”. (5) Y explica Pittaluga los resortes de la adoración mariana con palabras que bien pueden corresponder a otras épocas: “En ese mundo apasionado y violento, la imagen dela Virgeny su poder espiritual como Madre del Señor alcanzan una virtud de sugestión que se difunde enla Edad Mediacomo bálsamo y al propio tiempo como un ejemplo y un estímulo para la vida moral y para la conducta.” (6) El asunto es cardinal en el modernismo hispanoamericano, asunto al que debo un ensayo. En cuanto al filme,la Virgenmambisa, imagen protectora en la barbarie de la guerra, lo es también en la paz, momento en que tiene otras misiones: la vuelta a un orden de cosas con profundas raíces morales, eticidad que no es la del dinero y la conquista.
Esta es apenas una lectura, nacida de la unión de gourmet y crítica: cada una afianzada por la actitud de la otra. Una de las tantas lecturas de un filme que debemos ver no con actitud distraída, la típica de los turistas en un museo. Por el contrario, con la emoción de quien, al recorrer salas con objetos añosos, se reencuentra consigo mismo. Es, además, una lección, dolorosa si se quiere, de la sutileza con que ciertos temas pueden ser tratados, de la autenticidad de ciertas miradas, de la humildad del trabajo. Frente a los enfáticos gestos de cierta zona del cine cubano contemporáneo, La Virgen de la Caridad es una suerte de rara avis. Como rara avis fue esa noche camagüeyana, de llovizna leve, en que esa ilusión que todavía, por suerte, sigue siendo el cine, fue más real. Lo merecía la obra, y acaso más aún nosotros, quizás demasiado modernos ya y necesitados, por eso mismo, de aire y llovizna, y de una mirada que está en la simiente de cuanto somos.
NOTAS:
*Publicado en revista Verdad y esperanza. Unión Católica de Prensa de Cuba. Segunda época, año 2, No.2. 2010, pp.44-46.
(1) No es mía la feliz expresión. La tomo en préstamo de Cintio Vitier, quien la usara, quizás no literalmente, en uno de sus trabajos sobre la crítica literaria cubana en el siglo XIX.
(2) Arnold Hauser: Historia social de la literatura y el arte. La Habana, Edición Revolucionaria, [s.a.], t.II., p.247.
(3) Mi abuela, acaso contemporánea de los personajes más jóvenes del filme, tenía una muy parecida, en el reverso de una de las puertas de su escaparate, ilustración que era parte de una campaña publicitaria del Mejoral, “contra todo tipo de resfriados y dolores de cabeza”. En mi ingenuidad infantil ambos conceptos se superponían, y la Virgen terminaba por ser un mejoral, nombre que me parecía lindo pues, por supuesto, nunca conocí el medicamento. De hecho,la Virgen era también, en mi cabecita, una protección contra resfríos y jaquecas. No creo ser irreverente si aseguro que aun hoy lo sigue siendo, aunque claro, la noción de jaqueca ha de ser entendida no como simple dolor del cuerpo.
(4) Gustavo Pittaluga: Grandeza y servidumbre de la mujer, p.295.
(5) Ibíd., pp.298 y 299.
(6) Ibíd., p.301.
Sobre la autora:
María Antonia Borroto Trujillo. Periodista. Autora de los libros La novia de Martí, Lectura en dos orillas, Palpitación de lo diario: un costumbrista llamado José Martí, Imagen múltiple de la ciudad. Tres cronistas miran La Habana y Páginas volanderas. Ha obtenido los premios Dador, Razón de Ser, Calendario y Eliseo Diego. Premio Nacional de Investigación y Crítica Cinematográfica 2009, en la modalidad de crítica, por su libro “Imágenes fragmentadas o el sueño posible”. Actualmente se desempeña como profesora en la filial camagüeyana del Instituto Superior de Arte.
Publicado el septiembre 9, 2011 en LAS MEJORES PELICULAS DEL CINE CUBANO. Añade a favoritos el enlace permanente. Dejar un comentario.
Dejar un comentario