DELIO OROZCO SOBRE LA VERDAD HISTÓRICA
Juan Antonio:
A mi amigo Ángel Velázquez, con quien más de una diferencia sostengo -sobre todo historiográfica-, le he llamado la atención sobre la relativización no fundamentalista, pero si extrema, de algunos sus juicios sobre la realidad y ello, en él, es una verdad ¿histórica?, cuestión que no es la razón de este debate pero que puede arrojar luz sobre los senderos de quienes se sienten atrapados por la obra de los hombres en tiempo y espacio.
Sostengo que la propuesta paradigmática de una “historia total” resulta una quimera; en tanto, cómo descubrir los miedos, los vicios no declarados, las pasiones oscuras, los pensamientos protervos, los demonios que alguna vez nos han asediado y que por muchas razones: convencionalismos, pudor, honor o intereses jamás haremos públicos; si ese intento resulta de todo punto imposible para el acercamiento historiográfico a un individuo (aquí vendría entonces la especulación, el tal vez, el quizás y una variedad de intentos que a lo mejor logran dar en el blanco pero que de nada le servirán a la ciencia pues esta necesita y necesitará aún de la prueba científica), qué decir de todo un conjunto, y aunque en ocasiones -cuando andamos en bandadas o en hordas-, mandamos a paseo los convencionalismos y nos mostramos tal cual somos porque nos sentimos amparados por la cultura o la opinión dominante, muchas aristas quedarán fuera del análisis historiográfico, porque la diversidad humana (verdad de la cual nadie duda), no puede ser apresada en texto o juicio alguno. No se equivocó Voltaire cuando sentenció: “Toda gran generalización constituye gran equivocación”.
Ahora bien, si la verdad histórica como totalidad resulta inalcanzable, una parte de ella siempre será puesta al descubierto; en tanto, no todo puede ser ocultado, no todo puede ser tergiversado, no todo puede ser borrado, no todo puede pasar inadvertido al ojo escrutador del investigador, a todos no nos pueden engañar; o mejor, no todos estamos dispuestos a ser engañados, y, en ese esfuerzo intelectual y ético, mi amigo Ángel y yo coincidimos. A ese segmento de la verdad histórica que sí puede ser descubierta o mostrada, debemos aplicarle la mayor cantidad de herramientas cognitivas, los más diversos abordajes teóricos y sobre todo, la mayor cuota posible de honradez intelectual, sólo así la haremos creíble, emotiva, objetiva, que no eterna; siendo posible entonces, suscribir junto con Juan Gualberto Gómez, un decir salvador: “Aquí no está toda la verdad, pero lo que se dice es verdad”.
Delio Orozco
Publicado el mayo 1, 2010 en POLÉMICAS. Añade a favoritos el enlace permanente. 2 comentarios.
Wow,¡qué bueno está esto!!!!!Lo voy a usar como introducción en una clase,pues tenemos esa discusión mis alumnos y yo (que me encanta eso de discutir con mis alumnos);es que las verdades históricas a través de, o con la investigación social,se hace difícil.Me ha fascinado…
No creo, estimado Delio, que el asunto en materia histórica sea engañar o ser engañado. Un texto histórico, paralelo a convenciones relativas a una “prueba científica”, se construye bajo preceptos retóricos, y estéticos en general. Es en este punto donde comienzan los artificios, artificios capaces de subvertir las estructuras de verdad y de mentira, al punto de convertir reveces en victorias y viceversa.
Por otra parte, bajo determinada circunstancia una verdad dicha y varias silenciadas puede ser más catastrófico que una mentira solapada. Además, los sucesos contados de determinada manera en una saturada lista de fuentes pueden construir una verdad absoluta de la mayor de las falacias, una “verdad construida”.
En ese sentido valdría la pena revisar las posibilidades de construir un texto según nos lo propone Barthes en El grado cero de la escritura, y extrapolarlos desde la ficción hasta el texto histórico, esto es, mirar la historia como una modalidad más de la ficción y reconstruirla de acuerdo a sus propias convenciones, con sus mismas herramientas. ¿O no es cierto que buena parte de la historia se nutre de metáforas y metonimias?
Si la objetividad está enfrentando una crisis como categoría filosófica, y se pone en tela de juicio en materias tan rígidas como la química o la física del átomo, ¿Qué decir a favor de las ciencias sociales?