CINE PORNO EN CUBA

En “La tienda negra”, ese libro imprescindible de la investigadora María Eulalia Douglas, puede leerse la siguiente observación: “Paradójicamente, en los años’ 50 se desarrolló en Cuba un tipo de producción que sí tuvo éxito económico y ganó mercados en América Latina: el cine pornográfico que llegó a realizar películas en colores, con relativa calidad técnica, asegurándose un eficaz flujo de producción y distribución” (1).

Una anotación como esa, en países como Estados Unidos, Francia, o España, hubiese bastado para desatar raudales de páginas interesadas en indagar en el meollo de ese asunto, no desde el enfoque meramente “moral” (moralistoide, diría yo), sino desde los ángulos que puede propiciar, por decir algo, la antropología, o los estudios culturales. Pero en Cuba el estudioso tropieza con un problema insoslayable: la pornografía es considerada una figura delictiva, por lo que estudiar el fenómeno (tanto su producción como su consumo), puede devenir una herejía bastante peligrosa. Amen de que poco creíble en cuanto a resultados, toda vez que no se puede discutir críticamente sobre algo que no se puede ver, o que no se ha estudiado a fondo.

Dicho de otro modo: si en otras latitudes, estudiosos como Román Gubern han sabido escrutar en tales prácticas, revelándonos un mundo mucho más complejo que la simple componenda económica, o el ajetreo onanista de los involucrados en pantalla, entre cubanos este asunto tal vez no se investigue jamás, pues ¿alguien garantiza que esas “películas en colores” mencionadas por Mayuya todavía existan?

Sabemos que la definición misma de lo “pornográfico” es bastante discutible, en tanto lo que para unos es excitante, para otros resulta un paradigma inmejorable de tedio: todo está en la mirada de quien observa. Y en el placer íntimo que se obtenga en ese acto. Mirado desde esa perspectiva, para algunos ver “La rodilla de Clara”, de Rohmer, puede devenir mucho más sensual y placentero que el sexo explícito que popularizara “Garganta profunda”.

Ahora, las preguntas que estimulan en mí la nota citada al principio de este post tienen otro alcance. De veras que me quedo intrigado, y es el valor que le veo al libro en sentido general: nos estimula a pensar. Anoto algunas de las preguntas que se acumulan dentro de mí: ¿existía entonces en Cuba una industria de cine pornográfico, toda vez que se nos habla de “éxito económico” y “mercados en América Latina”?, ¿existían modos organizados de producción?, ¿canales de distribución y exhibición?, ¿quiénes consumían ese producto?, ¿quiénes lo vendían?, ¿dónde se exhibían?, ¿qué equipamiento se utilizaba?, ¿quiénes eran los “pornostars”?, ¿cómo llegaban al medio?, ¿cómo conseguían hacer llegar esos filmes más allá de Cuba?.

Hasta ahora no recuerdo haber leído nada que explore en profundidad esta otra zona del cine cubano. Como existe en nuestro imaginario público una arraigada tendencia a asociar esas prácticas (y todo lo que tenga que ver con el placer “no ilustrado”) con lo bárbaro, con lo primario, o con lo obsceno, pues hablar de “pornografía” en el cine cubano suena a blasfemia intelectual.

Sin embargo, tengo la impresión de que aquí también han existido otras variantes de existencia nacional. Y otros modos de representar ese “estar aquí”: ya no en la isla, sino en el mundo de las pasiones, ese que con su lenguaje universal, ajeno a los idiomas particulares que suelen crear los grupos humanos, describen la perfecta finitud del ser.

Juan Antonio García Borrero

(1) María Eulalia Douglas. La tienda negra. El cine en Cuba (1897-1990). Cinemateca de Cuba, La Habana, 1996, p 232.

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Publicado el agosto 2, 2009 en REFLEXIONES. Añade a favoritos el enlace permanente. 1 Comentario.

  1. Es una pena Juan Antonio que nadie haya comentado sobre este post y refleja lo que dices que hablar de “pornografía” en el cine cubano suena a blasfemia intelectual.
    Incluso en los Estados Unidos muchos consideran esa categoría de “cine” como algo despreciable, aunque es una de las primeras industrias en cuanto a utilidades, sin contar que es también la más subterránea: muchos la ven a escondidas. Y creo eso pasa en cualquier parte del mundo, excepto en Amsterdan. En la Cuba revolucionaria de los 70 vi a escondidas mis primeras revisticas pornográficas a todo color traidas por algún funcionario y que su hijo(amigo y condiscípulo de la infancia) pudo robarse por 30 minutos para asombro, deleite y sofocón de los amiguitos que la devoramos con ojos, cerebros y fantasías desbocadas.
    Durante años todo lo relacionado o asociado al término porno y sin mucha distinción del término “erótico”, fue prohibido y desterrado legalmente del país, pero subterráneamente circulaban los más inimaginados productos nacionales e internacionales del género. recuerdo que trabajando en la distribuidora de cine nacional, ciertos funcionarios atesoraban clandestinamente todo tipo de material en oficinas o videotecas privadas y se prestaban entre “socios” consumidores del reducido “club”.
    Aunque sigue siendo legalmente punible en la isla, hoy se pueden disfrutar en el extranjero muchos filmes pornográficos producidos en Cuba con artistas cubanos, aficionados o semiprofesionales y otros producidos por reconocidas figuras del cine porno mundial sobre todo español que han viajado a Cuba, uno de ellos el actor y productor de cine porno Nacho Vidal un amigo cercano de Miguel Bosé y que, aparentemente, compartieron juntos ideas y proyectos en La Habana cuando el Concierto por la Paz, organizado por Juanes.
    Por otra parte algunas cubanas y algunos cubanos ya tienen su lugar en Play Boy, en Hustler y otras publicaciones importantes.
    Aquí en Estados Unidos se pueden rentar o comprar algunas de esas películas producidas en Cuba con sugestivos nombres como CUBANITAS CALIENTES” parte 1, 2 3 y no se cuántas más o ” CHICAS CALIENTES DEL VEDADO ó CUBANOS DE EBANO, etc, estos títulos son aproximaciones mías, no soy un amante de ese tipo de cine, a veces para informarme, he entrado en las tiendas de videos donde se rentan películas de todo tipo y que tienen una sección especial que le llaman: “Over 18″ y donde solo pueden pasar los mayores de 18, es generalmente un local separado con puerta cerrada que solo se habre a pedido del cliente para proteger a los menores de esa edad como regulación federal del país, en esas ocasiones me asombré de ver en los estantes películas cubanas de las que te hablo con fotos en las carátulas de lugares conocidos de la Habana y actores que se me antojan parecidos a mis coterráneos, no creo que sea nada falso, aunque no he rentado ninguna me atrevería a confirmarte los datos y porque por otro lado en Miami se habla mucho acerca del tema de si la isla es un mercado clandestino o premitido de este tipo de evento.
    Finalmente, no creo que Mayuya haya escrito algo de su imaginario o sin posibilidad de confirmación, Siempre oí a los mayores decir que el cine Shangay y/o el barrio chino era uno de los lugares preferidos para este tipo de “industria”, aunque el témino para esa época anterior a 1959 es quizás exagerado. Un profesor mío de teatro era productor confeso de ese tipo de cine y conversamos mucho sobre el tema, aunque desgraciadamente ya murió aquí, sin que dejara constancia documental de sus testimonios.
    Hay mucha gente dentro del cine cubano, decanos y directores de experiencia que estoy seguro podrían hablar del tema y sería interesante entrevistarlos.
    No más muela.
    Un abrazo.

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