LA VERDAD
Algunas veces he padecido la angustia de saberme una simple isla, rodeada de infinitas verdades impropias. Es difícil como individuo vivir escuchando a todo el mundo mientras grita al unísono sus verdades: cada cual con sus razones, sus argumentos; cada cual defendiendo las convicciones que le han tocado en esta vida.
Sin embargo, lo peor es que un día descubres que la Verdad, con mayúscula, es otra cosa: algo tan temible y paradojico que son escasos los seres humanos que se atreven a buscarla, pues quien se asoma a la Verdad más profunda se sabe incurablemente solo.
A mí el texto que más me ha hecho pensar esto es el ensayo “Cinco obstáculos para escribir la verdad”, de Bertolt Brecht. Me gusta leerlo alejado de quienes utilizan esas reflexiones con el fin de hacer pasar sus parciales, pero ruidosas verdades, como si fueran las verdades de todos. Por el contrario: trato de encontrarle sentido a lo que allí está escrito conforme a lo que va siendo mi vida, la cual, para bien o para mal, es única, personal, e intransferible.
Como a veces las pérdidas no me han sido ajenas, yo también me he descubierto esgrimiendo las verdades de aquel que demanda compasión. Y me he visto a mi mismo como una víctima que no comprende su desenlace: como un perseguido de la mala leche del destino.
Entonces llega Bretch para sacudirme con rudeza. Me dice: “Muchos de los que son perseguidos pierden la capacidad de reconocer sus errores. La persecución les parece la mayor injusticia. Los perseguidores son, puesto que persiguen, los malos; ellos, los perseguidos, lo son a causa de su bondad”. Y acto seguido suelta esta sentencia lapidaria: “Para decir que los buenos no fueron vencidos porque eran buenos, sino porque eran débiles, hace falta valor”.
¿Cuántas veces, frente al espejo y a solas, no me ha faltado ese coraje para desenmascarar mi debilidad disfrazada de bondad? Es cosa terrible la Verdad cuando se usa para examinarnos por dentro, y sin embargo, es más terrible aún sentir que la obligación de mirar de frente a la Verdad solo le concierne a los otros.
Juan Antonio García Borrero
Publicado el mayo 1, 2009 en REFLEXIONES. Añade a favoritos el enlace permanente. Dejar un comentario.
Dejar un comentario