LUCIANO CASTILLO HABLA DE HECTOR GARCIA MESA
Cada vez que tengo oportunidad de denunciar en público que la culpa de mi actual adicción al cine se la debo a Luciano Castillo, lo hago, y además de eso, sin que me quede cargo alguno de conciencia.
Luciano me inició en este vicio a inicios de los ochenta. El principio de todo lo asocio al cine club “Glauber Rocha” que sesionaba los miércoles en la Biblioteca “Julio Antonio Mella”. Yo tendría apenas diecisiete años, y una afición patológica por las películas. Coleccionaba todo tipo de recortes relacionados con el séptimo arte (casi siempre asociado a Hollywood), y me creía “Funes, el memorioso”, hasta que alguien me presentó a “el hombre que más sabe de cine en Camaguey”.
Tengo muchas razones para admirar a Luciano Castillo en el plano profesional, pero prefiero evocarlo desde lo humano. No sé que habría pasado en mi caso si en vez de tenerlo como mentor y amigo, me hubiese tocado alguien con mucho talento, pero solo preocupado en su propio encumbramiento. Eso suele ocurrir: sobran las personas brillantes que se perciben como principio, centro y fin de la Historia, y miran en los jóvenes, o en cualquiera que comparta su oficio, una suerte de sombra o competencia.
A Luciano siempre le ha sobrado la seguridad en sí mismo, cualidad que es la que marca la diferencia con el mediocre. Es uno de esos aeronautas del espíritu de los que hablaba Nietzsche. Logró imponerse desde provincia, y hoy es uno de nuestros más reconocidos investigadores y críticos, con una obra impresionante. Sus libros son referencias insoslayables. Su programa televisivo “De cierta manera” ya está marcando un hito en nuestra historia cultural, como lo marcó su “Claqueta” en el Camaguey que vivo. Es director de la Mediateca de la Escuela de Cine de San Antonio de los Baños. Pero nada de eso le ha hecho perder ese vicio socrático de incentivar la corrupción de los jóvenes que se inician en la cinefilia, con la misma naturalidad que cuando, teniendo yo diecisiete años, me dio la posibilidad de acceder a sus archivos.
Para los camagüeyanos amantes del cine, su nombre es toda una institución. No importa donde se viva, como me lo confirma alguien que desde Miami cuenta que saca películas de su biblioteca más cercana, según “la tradición más lucianesca”. Ahora acabo de leer este artículo que escribiera sobre Héctor García Mesa, a propósito del reciente homenaje que se le hiciera a quien fue el primer director de la Cinemateca de Cuba, y no he podido evitar la nostalgia que me regresa a los días gloriosos del cine Guerrero, con aquellas tandas donde descubrí al James Dean de “Gigante”, por ejemplo.
Tampoco se piense que ha sido fácil nuestra relación. Las personas talentosas por lo general son excesivamente apasionadas, y seres humanos al fin, los errores no le resultan ajenos. En el caso de Luciano, yo creo que él es extremista como enemigo, pero también como amigo. Y testarudo a más no poder. Pongo un ejemplo: llevo como dos años intentando convencerlo para que se abra un blog que estoy seguro que se convertiría en el más consultado de cuantos puedan existir relacionados con el cine cubano. Pero nada.
Ahora mismo ha accedido a que cuelgue esta remembranza sobre García Mesa, pero al final de su mensaje me exige autoritario lo siguiente: “En mi caso pon que soy hasta ahora “enemigo” de la blogosfera, sigo en la etapa de Gutenberg”. Aún así lo quiero a morir, por aquello que ya nos recordaba Bocaza Brown: “Nobody is perfect”.
Juan Antonio García Borrero
MI CINEFILIA ANTES Y DESPUÉS DE HÉCTOR
POR LUCIANO CASTILLO
Bastó que en la bóveda de la Cinemateca trocaran una copia del “Week End” de Godard con destino a un ciclo sobre el color en el cine programado en la ciudad de Camagüey, y llegara otra película de idéntico título, de otra nacionalidad, ¡y en blanco y negro! para que yo, cocuyo de las funciones de la Cinemateca en el cine Guerrero, templo de la cinefilia local, escribiera de inmediato una carta a Héctor García Mesa para protestar por tal irregularidad y manifestarle otras preocupaciones. Confieso que nunca esperé respuesta, hasta que cierto día, de repente recibí una carta —que conservo celosamente— de varios pliegos mecanografiados en que el propio director de la Cinemateca de Cuba me explicaba detalladamente no solo el origen del error sino toda una serie de consideraciones. Entonces supe que era él quien, además de todas sus responsabilidades, elaboraba la totalidad de los ciclos tanto para la sede capitalina como para todas las ciudades del interior a las que había llegado ese museo del cine. Esa carta, y luego visitar La Habana e ir como en una peregrinación a la oficina de Héctor, siempre sonriente, selló el inicio de una sólida amistad apenas interrumpida por su desaparición física.
A partir de esa fecha, me convertí en el más estrecho colaborador de Héctor en relación con la programación de mi ciudad natal. Con toda la increíble frecuencia posibilitaba por mi avidez cinefilítica y la supersónica velocidad mecanográfica, lo bombardeaba con propuestas de ciclos y solicitudes de títulos en la historia del cine exhibidos antes a 572 kilómetros de La Habana. Aquello fue paradisíaco para todos los que asistíamos semanalmente los dos días fijados para la Cinemateca y, a veces, repetíamos la misma película de una a otra tanda. Héctor no se limitó a complacer mis abigarradas peticiones de películas (algunas que, en secreto, nunca había podido ver por no tener la edad requerida en el momento de su estreno), sino que, por si fuera poco, de una lista que conservaba en esa auténtica caja de sorpresas que eran su buró y su pequeña oficina, sacó, como del sombrero de un mago, sugerencias de filmes en calidad de estrenos en Cuba (“Vagas estrellas de la Osa”, de Visconti, por ejemplo) que, por primera vez, aún en la zona más llana de la isla, distante de las montañas de la Sierra , se proyectaron en Camagüey.
Nuestra amistad se estrechó durante varios años en que siempre que viajaba a La Habana —lo cual hacía con cierta asiduidad para no perderme películas y puestas de teatro que demorarían o nunca llegarían a nuestra provincia, escapando de los encuentros periódicos en la Universidad—, invariablemente pasaba por su oficina para saludarlo e intercambiar criterios. Selma, su muy eficiente secretaria, ya reconocía mi voz al atender alguna de mis innumerables llamadas. Recuerdo como si fuera hoy aquel día de 1979 en que mostré a Héctor, no sin cierta timidez, la primera crítica que había publicado en el diario “Adelante”, y sus eufóricas palabras de aliento para que se las enviara regularmente. Siempre me manifestó su deseo personal de que si alguna vez se creaba otra plaza en la oficina de la Cinemateca, sería ocupada por mí.
La mayor prueba de confianza y de respeto hacia mi sentido de la responsabilidad, recibida de Héctor, fue cuando me seleccionó para formar parte como asistente de su principal organizadora, la argentina Silvia Oroz, del comité de atención a los invitados especiales del revelador Seminario «El cine latinoamericano de los años ’30, ’40 y ‘50», programado en el onceno Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano.
Aquello fue la apoteosis pues, conscientemente, Héctor me permitió descubrir o redescubrir algunos clásicos, al tiempo de compartir —como si nos conociéramos de toda la vida— con figuras míticas que veía o leía sus nombres en «Cine del hogar», como Amelia Bence, Juan Carlos Torry, Ninón Sevilla, Tulio Dermicheli o Alejandro Galindo. A ellos se sumó ese genuino representante de la generación del nuevo argentino de los sesenta que es José Martínez Suárez quien, desde que lo recibí en el aeropuerto me soltó aquella frase final de Bogart y Claude Rains en Casablanca sobre el inicio de una amistad que, hasta la fecha, se mantiene. No olvido la sonrisa cómplice de Héctor las veces que montaba en el microbús que nos asignaron.
Cuando en el Congreso de la FIAF, celebrado años más tarde también en el Palacio de las Convenciones, y al que asistí invitado por el propio Héctor, admiré deslumbrado la proyección del cortometraje “Precious Images”, de ese artífice de la edición que es Chuck Workman, frente aquel desfile de planos antológicos que uno trata de identificar sin que apenas le alcance el tiempo, fue como si asistiera a una vertiginosa exhibición de la fraterna historia cinéfila vivida con Héctor García Mesa, a quien si bien la salud le impidió estar presente en ese otro acontecimiento del que fue el máximo inspirador, imaginé que lo tenía a mi lado. En su partida, como cada vez que ocurre con alguien que verdaderamente estimo, evoqué aquel verso de un célebre poeta ante el adiós de una persona entrañable: «…fue como si el tronco le dijera a las hojas: Me marcho».
Luciano Castillo
Crítico e investigador cinematográfico
Director Mediateca EICTV – Cuba
Nota: Este artículo ha sido tomado del folleto “Héctor García Mesa. Memorias de sus memorias”, publicado por la Cinemateca de Cuba. Agradecemos a Manolo Herrera, su director, la entrega de la publicación, y a Alicia García (una de sus compiladoras, junto a María Eulalia Douglas) el envío de su versión digital.
Publicado el abril 24, 2009 en CINEMATECA DE CUBA. Añade a favoritos el enlace permanente. 2 comentarios.
¨… hay dos hombre conversando
conviene acercarse, algo se puede aprender…:
(Más o menos asi, lo dijo Bertolt Brecht)
A propósito de los valiosos comentarios de Pucheaux y de Llufrio sobre Pedro Luis y su tremenda obra cinematográfica en toda la historia del ICAIC, aprovecho este post de JAGB sobre un fragmento del libro de Héctor García Mesa y su reconocimiento a Luciano Castillo, para destacar algo que he comentado a amigos, pero no he dejado escrito. Tampoco soy muy escribidor, querido Pucho.
Estoy convencido de que las obras se hacen haciendo. ¨Se hace camino al andar¨ dijo Machado y creo que ahora como nunca tenemos la oportunidad de contribuir a la compilación de la historia. Siempre escucho y no sólo en Cuba, quejas de que a fulano o mengano lo han olvidado y es verdad, la memoria y la historia son injustas. Pero no tenemos que esperar de los reconocimientos oficiales; con trabajos de hormiga como el que hace Lacosta, con blogs como este de JAGB, podemos dejar constancia del recuerdo y la obra de nuestros compañeros idos y presentes. He escuchado a muchos de los que se quejan del olvido institucional y oficial, criticando el trabajo de Lacosta o el de un historiador. Todo es perfectible, pero si todos aportamos, nos acercamos a la perfección y nos alejamos de la criticadera.
Esta reseña llena de anécdotas históricas sobre el trabajo de Héctor y su personalidad que hace Luciano, es una página de historia, que no sólo sirve para dar a conocer un trabajo bibliográfico como el libro que se menciona, sino también es un recordatorio, un homenaje. Y cualquier homenaje es bueno. No todos tienen que llevar bombos y platillos. Siempre que queramos recordar a álguien, siempre que queramos decir algo sobre nuestro cine, podemos regalar unos minutos a Lacosta ( también una sugerencia, una crítica amiga) y a cualquiera de los blog como éste.
Creo que no hace falta esperar el reconocimiento oficial, la estatua o el busto ( por suerte no habría espacio ni bronce para tantos), se puede levantar una columna que llegue a la luna, con pequeños homenajes como este de Luciano, el de Juan Antonio, el de Pucho y el de Llufrio.
Escribe, que algo queda.
Juan Antonio; estuve leyendo la referencia que haces a la conversación entre Marlon Brando y Cabrera Infante. Yo ciertamente ni me imagino cuando pudo haber sido aunque si recuerdo que Cain en una de sus lecturas (1961) se refirió a Marlon Brando como a un conocido. Ya por esta época “El Rebelde” , nombre con que los irrespetuosos nos referíamos a MB, era harto conocido en La Habana. Admiro la persistencia histórica de tus indagaciones y por este medio trato de darte un leve reflejo de lo poco que podemos confiar en las documentaciones de la prensa y ayudarnos más con el intercambio de crónicas personales (como las de Pucheaux y Llufrio) en lo concerniente a las cosas del cine. Para ello te adelanto algunos acontecimientos de las que he sido testigo presencial y que algunas veces relato pero sin la apropiada credencial cronológica debido a que no las consideraba (relativamente) importantes al momento de suceder. La visita de Jorge Negrete a Cuba (1942-43) cuando fue a bautizar a un niño en la barriada del Cerro. La visita en un avión privado que realizó Samuel Goldwyn jr. a la ciudad de Marianao, de la cual no encontré ninguna documentación a pesar de que SG mantuvo una conversación de diez minutos con el entonces alcalde de la ciudad, Francisco Orue, en el aeropuerto El Chico. La visita de una semana de Agnes Bardá durante cuyo tiempo presentó un documental en el salón de proyecciones del ICAIC. Durante una conversación en Las Vegas me relató Mauricio Garcés que había visitado La Habana tres veces, dos de ellas después de la revolución y que la prensa lo había ignorado completamente. Lilo Oyarsun (o Yarson), estuvo mucho tiempo viviendo cerca de 23 y 12 y a nadie se le ocurrió entrevistarlo. Más reciente, en el año 2000 tuve una ligera conversación en el hotel Cohiba, el que da para el Malecón, nada menos que con Brad Pitt y nunca he visto nada sobre su visita. Ah! y en ese mismo viaje un famoso e importante personaje de la administración de Bush envió al hermano y esposa en una visita a La Habana donde me consta no fue recibido oficialmente porque viajamos juntos desde México y los acompañé hasta el hotel (Central Park) donde me despedí de ellos y les desee una grata estancia en nombre de los cubanos. Es posible que muchos casos como esos hayan pasado antes y después.. No me imagino cuantos no identificados nos habremos tropezado por el camino.