ZONA DE SILENCIO (2007), de Karel Ducases

Uno de los documentales cubanos más estimulantes que he visto en los últimos tiempos es “Zona de silencio” (2007), del joven realizador Karel Ducases. Producido por la Facultad de Comunicación Audiovisual del ISA, se trata de una aproximación al siempre polémico tema de la censura, en este caso examinada desde la perspectiva de cinco intelectuales de la isla: dos escritores (Antón Arrufat, Pedro Juan Gutiérrez), un trovador (Frank Delgado), un cineasta (Fernando Pérez), y un crítico del audiovisual (Gustavo Arcos).

Lo que más agradezco de “Zona de silencio” es que se propuso ir más allá de la exposición “victimista” del tema, para proponernos una reflexión mesurada sobre un asunto que nunca terminará de poner de acuerdo a nadie. Hubiese sido fácil, tomando en cuenta “los nombres” de los entrevistados, dejar que la cámara registrara cada una de las ideas y pensamientos que estos expresan, y sobre esa base, sugerir la trascendencia del filme. Habríamos estado en presencia, entonces, de otro ejemplo más de esa modalidad documental que se caracteriza por concederle al entrevistado la condición de un Dios que juzga el fenómeno, y moraliza desde esa tribuna a la que hasta ese momento no había podido acceder. La víctima convertida en un imprevisto y (no menos) severo juez.

Este tipo de representación ya tiene en materiales como “En sus propias palabras” (1980), de Jorge Ulla, “Retrato inconcluso de René Ariza (1983), de Rubén Lavernia, “Conducta impropia” (1984), de Néstor Almendros y Orlando Jiménez Leal, “Nadie escuchaba” (1988), de Néstor Almendros y Jorge Ulla, o “Seres extravagantes” (2005), de Manuel Zayas, por mencionar algunos, todo un corpus a revisarse. Algunas de estas películas se ven limitadas en la misma medida que hacen suyas una retórica y una práctica que en principio están combatiendo (la retórica de la intolerancia), pero a su vez son importantes por aquello que gustaba repetir San Agustín: “Conviene, sin embargo, que haya herejes. Conviene, porque sin ellos, no habría discusión en qué fortalecer la fe”.

Lo interesante (y en buena medida, insólito) de “Zona de silencio” es que busca desmarcarse de esas posiciones extremas en que, por lo general, cae el debate de este asunto, sobre todo cuando está por medio Cuba. La censura no es patrimonio exclusivo de los medios de la isla, todos controlados por un Estado que no admite disensiones públicas por aquello de “no ofrecer armas al enemigo”, sino que puede detectarse también en aquellos espacios “liberales” en los que se ignora, reprime, o sencillamente insulta a aquellos que no encajan en el paradigma del luchador “anticastrista”.

Los entrevistados de “Zona de silencio” tienen percepciones diversas de la censura. También experiencias vitales que permiten que esas percepciones se complementen y ofrezcan una imagen mucho más compleja de lo que ha sido y es “el oficio de tachar” en Cuba, pues no es lo mismo lo que sucedió con Antón Arrufat en los setenta, que lo que viene aconteciendo con Pedro Juan Gutiérrez o Frank Delgado en lo que va de década. Los tres han sido objeto de una reprobación que los ha colocado, en diversas épocas, en situaciones precarias dentro de los circuitos normales de circulación artística. Arrufat sufrió los embates de la represión explícita; Pedro Juan Gutiérrez o Frank Delgado hoy enfrentan, en cambio, la indiferencia de un magistrado etéreo que recuerda la patética aventura de Joseph K en “El proceso”. Nada pueden reclamar porque nada hay escrito en su contra. No sé hasta qué punto esa censura no sea más inhumana, en tanto te hace invisible como sujeto, llegando a convertir a quienes la sufren en auténticos “Dead Man Walking”.

Sorprende que a pesar de esas contrariedades personales, los interpelados dejen a un lado (al menos por esta vez) la simple enunciación de anécdotas y lamentos, para plantearse enfoques más inquietantes. Cada uno de ellos exponen puntos de vistas muy dignos de tener en cuenta: para Gustavo Arcos, “si no hay libertad no hay creación artística de rigor”; para Fernando Pérez “todo acto represor es un acto reductor”; para Pedro Juan Gutiérrez, “la censura es inherente a la naturaleza humana”, mientras que para Arrufat, este acto tiene que ver con “el miedo que tiene el poder a dejar de ser poder”.

Esta última afirmación, no por evidente, sigue siendo toda una conjura de equívocos. ¿Qué es exactamente eso que llamamos “poder”? Desde luego, lo más cómodo sería asociar la definición a esa voluntad política que, mediante leyes y decretos, establece parámetros colectivos de obligatorio cumplimiento; pero, ¿qué tipo de poder es ese que no censura mediante leyes escritas, sino en todo caso (como en los ejemplos de Gutiérrez y Delgado) apelando a esa marginación silenciosa con la que condena al artista hereje?, ¿Cómo lidiar con esa suerte de “poder pastoral”, para decirlo como Foucault, que encarna el Estado moderno en cualquiera de sus variantes, y donde las pautas ciudadanas se van entrelazando con las altas y bajas pasiones del individuo?.

Creo que es por allí que uno comienza a advertir las complejidades del asunto. Invocaré un ejemplo prerrevolucionario que todos conocemos: la censura y confiscación de “El Mégano” en 1955. Sabemos que esta pequeña película simboliza el advenimiento de lo que sería el “nuevo cine cubano”, y que ello se asocia no solo a la denuncia social que en su momento hiciera, sino también al hecho de que fuera confiscada por las fuerzas represivas del gobierno de Fulgencio Batista. Es poco probable que el gobernante haya visto esta película, pues hasta donde sabemos, solo se interesó por el cine cubano en aquella ocasión en que le encargara a Emilio “El Indio” Fernández la filmación de “La Rosa blanca” (1953), a propósito del Centenario del nacimiento de José Martí; sin embargo, tanto se ha repetido este asunto, que uno tiene la impresión de que fue Batista en persona quien mandó a detener las proyecciones.

¿Quién, y por qué, decidió que “El Mégano” era una película “peligrosa”? Esa desmesura fue objeto de la burla del mismísimo Che, quien una vez que triunfa la Revolución y ve la cinta no puede entender que la gente de Batista “haya armado tanto ruido por eso”. El propio Julio García Espinosa ha contado esta simpática anécdota donde se pone en evidencia la lógica del ridículo que, por lo general, sostiene al censor. Dice García Espinosa: “Lo único que recuerdo de esa época entre risas es mi encuentro con Blanco Rico, el siniestro jefe de ese órgano represivo. Blanco Rico me dice: “Usted es el autor de esa peliculita”. Yo le digo: “Sí, señor”. “Usted sabe que esa película es una mierda”. Y yo, “¿Usted sabe qué cosa es el Neorrealismo italiano?”. Y le solté todo el rollo del Neorrealismo italiano. La verdad es que me oyó con mucha paciencia. Terminé mi perorata y me dijo: “Usted no solo hace películas que son una mierda, sino que, además, habla mucha mierda”. Yo me dije: Este hombre jamás entenderá lo que es el Neorrealismo italiano. Y desde ese mismo instante me dediqué a la lucha clandestina contra Batista”. (1)
Al margen del nombre de Blanco Rico (intrascendente para la historia del cine cubano), nunca sabremos cómo se originó la censura de “El Mégano”, pues ese censor invisible (el primero que puso reparos) actuaba en nombre de un orden social que supuestamente él representaba. Lo mismo puede decirse de la censura de “PM” (1961), de Sabá Cabrera Infante y Jiménez Leal, así como de otros filmes que no recibieron el visto bueno de la oficialidad. Claro, sabemos que “el orden” lo imponen las élites, y que cuando esa visión de grupo alcanza la dimensión de una ideología, termina configurando como algo natural ese estado de cosas en que se vive, alcanzando naturalidad de paso la represión de todo aquello que ponga en riesgo la estabilidad del sistema. Allí es donde alcanza éxito ese gris personaje nombrado “censor”, y por eso es que la censura (sin apellidos nacionalistas o ideológicos) ha existido y existirá lo mismo en los regímenes totalitarios, que en las sociedades más democráticas.

Admito que estas observaciones suenan demasiado pesimistas, cuando la vida misma nos da a diario ejemplos de artistas que no se dejan aplastar, para seguir con la terminología de Foucault, por las llamadas “enfermedades de poder” (sea el fascismo, el estalinismo, o cualquiera de sus derivaciones), sino que oponen a ese despliegue lunático de racionalidad política un discurso de resistencia que pone a salvo lo único que concede dignidad al hombre: el derecho natural a expresarnos de acuerdo a lo que uno piensa. Justo en el cine de Fernando Pérez, uno de los entrevistados del documental, puede encontrarse muestras de esa resistencia ética: recuérdese, por ejemplo, aquella secuencia de “La vida es silbar” donde la gente se desmaya con la sola mención de ciertas palabras que avisan del miedo a la verdad.

En una de sus reflexiones ante la cámara, Antón Arrufat llega a afirmar que “la obligación de cualquier artista es sobrevivir”. Ese imperativo implica sobre todo la autoconciencia de que el artista es, por naturaleza, un incomprendido. No importa que hoy lo censuren y mañana lo premien. O que hoy lo reconozcan, y mañana lo ignoren. Si se es un artista, o se pretende serlo, se ha de llevar en vena la convicción de que todo arte casi siempre está reñido con el orden de las cosas a las que alude. El verdadero arte, aún cuando festeja la realidad que nos rodea, desordena la percepción más común que tenemos de esta.

Ante esa fatalidad, al artista solo le quedan dos caminos: o defiende su derecho a la herejía, aunque eso implique el ostracismo más radical, o se desentiende de su naturaleza, y disfruta de una comodidad que a la larga contrae nupcias con el olvido. Las dos actitudes ya han sido descritas en la antigüedad: por un lado, cuando Sócrates recomendaba aquello de “Háblame para que yo te vea”; por el otro, cuando Joyce apuntaba con invicta ironía: “Ya que no podemos cambiar de país, mejor cambiemos de tema”. Dos modos de dar la cara a esas zonas de silencio que terminan por recordarle al artista la elección de un destino y sus consecuencias.

Juan Antonio García Borrero

(1) Víctor Fowler Calzada. Julio García Espinosa. Conversaciones con un cineasta incómodo. Ediciones ICAIC, 2004, p 43

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Publicado el junio 16, 2008 en DOCUMENTALES CUBANOS. Añade a favoritos el enlace permanente. 1 comentario.

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