MIGUEL COYULA SOBRE LA NACIÓN Y LA IDENTIDAD EN EL CINE CUBANO DE LA DIÁSPORA.
Es difícil para mí narrar la experiencia de hacer cine como cubano en otro país. ¿Cubano? Llevo años tratando de entender que es lo que tengo yo o mis películas de cubano. ¿La terquedad, tal vez? No sé. Tal vez un psicólogo lo pueda determinar mejor. Yo no puedo. Creo que soy un híbrido. Tomo lo que me gusta de aquí y allá, lo combino con mi visión pesimista, a veces irreal, añado personajes alienados y ahí está la receta para una de mis películas.
El mar, por ejemplo, ha tenido un gran impacto en mí. Desde pequeño solía soñar que el Malecón se desbordaba y olas gigantes inundaban La Habana, destruyéndolo todo hasta llegar al último piso de mi edificio, donde me despertaba. La pesadilla se repitió por años. Curiosamente al cabo de la tercera o cuarta vez, mientras sucedía, mientras contemplaba el océano acercándose, parte de mi cerebro empezó a comprender que era un sueño, y aunque terrible me empecé a sentir seguro y disfrutar el espectáculo con cierta morbosidad, descubriendo la belleza en lo terrible. ¿Tiene algo que ver con Cuba? Quién sabe. Pero el mar es universal. Para mí: “El amor, madre, a la patria SI ES el amor ridículo a la tierra, a la hierba que pisan nuestras plantas.” Un árbol, una vista del océano, un olor, una calle vacía.
Mi memoria es sensorial, visual. Mi sentido de la cultura se desprende a veces de elementos insignificantes que pueden evocarme un sentimiento determinado, a veces incompresible o injustificable. Pero cuando me preguntan, claro que digo que soy cubano. Hoy, en el 2005 puedo aún decir que he vivido en Cuba la mayor parte de mi vida. Sin embargo los elementos que me atraen de Cuba, no son precisamente los específicamente “cubanos”.
Pudiera hacer una larga lista de elementos intrascendentes. La cultura y la identidad para mi no son más que pequeños detalles y no me quiero poner a hacer caligrafías innecesarias, para tratar de entenderme. Me interesan más las preguntas interesantes que las respuestas definitivas, asesinas del misterio. Tengo muchas opiniones categóricas sobre mi posición pero prefiero no auto-analizar mis razones desde un punto de vista racional.
¿Y mi generación? No sé. Hablaré solo por mí: soy un fanático. La política, la religión y las drogas, las echo todas en la misma bolsa: al de la basura. Pero soy un fanático. No creo en lo material, en lo mundano, en mi apariencia personal, o el comportamiento en público, no bailo al compás de la salsa, o el rock, no fumo, ni me gusta el alcohol, ni siquiera el café. Al diablo las normas para encajar. No me interesa el mundo físico, el “real”, por eso construyo mi propio universo. Como un fanático apasionado: gastaré el último centavo en hacer mis películas con total libertad creadora, tal vez con el mismo fanatismo que hizo morir al Che en Bolivia.
”Memorias del Desarrollo” es algo que tengo que hacer. Tal vez sea una obligación sumergida de hacer una película sobre Cuba, que solo ha salido a flote con Edmundo Desnoes, con algo de la magnitud de la esperada segunda parte de “Memorias del subdesarrollo”. Y por otro lado “Memorias” es la película menos cubana, pero la más famosa. Voy a afirmar algo desde ahora, antes de hacer la película pero habiendo completado el guión: “Memorias del Desarrollo” no es una película sobre el exilio. Es una película sobre la imposibilidad del intelectual para identificarse con una sociedad, sea capitalista o socialista, es la imposibilidad de relacionarse con su gente. Una vez culminada la segunda parte, se podrá apreciar, cuan universal es la primera “Memorias”. Pero, por supuesto, de paso analizamos la sociedad en cuestión, en este caso la norteamericana. Aunque también tenemos unas escenas en París y Venecia: el mundo desarrollado.
De más esta decir que me identifico enormemente con el anti-héroe de “Memorias”. Tal vez la diferencia entre el personaje creado por Edmundo y los míos, es que el primero observa pasivamente, los otros también observan pero pueden explotar en cualquier momento. Sin embargo, ambos son pesimistas que sufren y hasta cierto punto disfrutan la alienación. “Memorias” no es una película política, es la historia de un personaje atrapado por la sociedad en general. Las posiciones políticas pueden envejecer. El drama humano siempre persistirá. El resto es maquillaje, un hermoso castillo de arena bajo la intemperie. Desde que se cayeron las torres, Nueva York se parece más a La Habana.
Pero “Memorias del desarrollo” es solo un paso en mi carrera. Después planeo terminar la trilogía que comienza con “Red Cockroaches”, y pienso seguir explorando lo bizarro, lo surreal, la oscuridad. Dije que tal vez un sicólogo pueda entenderme mejor. Yo no quiero. El día en que me comprenda habré muerto como creador. Prefiero cuestionar mi alrededor que tratar de comprenderme demasiado. El desgaste del tiempo no es físico, es mental. La vejez llega con la muerte de la curiosidad. Hay que lograr seguir siendo un niño por siempre. Y eso solo lo logro escribiendo el futuro. Me resulta imposible referirme al mundo contemporáneo, al menos en una forma realista. Me veo obligado a soñar, a crear mi propia “realidad”.
Una vez escribí sobre el estado del cine cubano y las vergonzosas coproducciones a las que el ICAIC se ha visto sometido para sobrevivir. Pero no voy a volver a hablar de exportar Cohibas, ron, playa, salsa y jineteras. De eso, creo que ya se ha dicho bastante. Voy a hablar de lo anecdótico. ¿Que ha sucedido con los géneros en Cuba? Cabe mencionar que rechazo los géneros en su estado más puro. Me interesa el mestizaje de los géneros. No me interesa copiar modelos por el simple hecho de que en Cuba “no es frecuente” un thriller, o un musical, o ciencia ficción. ¿Para qué copiar modelos vacíos que Hollywood siempre hará con mayores recursos? ¿Cuando podremos escapar de la mentalidad de la aldea?
Jamás viviría en Miami. Coral Gables se parece a Miramar pero sin buena arquitectura, sin aceras, y sin gente, pero mucha política. Y yo de la política estoy harto. Nueva York sin embargo es una ciudad fascinante por el movimiento, la variedad. En Nueva York todo sucede en profundidad de campo, múltiples capas en diferentes niveles de profundidad. No es una ciudad con una arquitectura homogénea, pero ese es también parte del atractivo. Manhattan despide un aire de suciedad variada, de cierta contaminación siempre energética. Lo nuevo y lo viejo. Pero también puede ser demasiado ruidosa, hiperpoblada y entonces se hace necesario un retiro a una cabaña en el bosque. La facilidad con que me he adaptado a Nueva York, me resulta a veces perturbadora. Me ha pasado también viajando con “Red Cockroaches” a Europa. Tengo cierta aptitud para adaptarme a los lugares, disfrutar ciertos aspectos pero de alguna forma también poder abandonarlos sin ataduras emocionales. Como si los guardara en un disco duro de una computadora.
El cine cubano siempre ha estado marginado en festivales internacionales como “A Cuban Film”, como un ave rara de zoológico, una curiosidad en extinción, dirigida a un público de izquierda “especializado en Cuba o America Latina”. Hay una diferencia entre ser elitista y universal. Por ejemplo Glauber Rocha y Andrei Tarkovsky, ambos son elitistas, pero solo Tarkovski es verdaderamente universal, y atemporal. Sus intereses son concernientes puramente a lo más sofisticado y relevante de la naturaleza humana. No es que trate de huir de la categorización de “cineasta cubano” porque nunca existió realmente. Lamentablemente ante los ojos del mundo fui un cubano raro mientras filmé en español. Ahora soy simplemente un cineasta. Por otro lado es cierto: si estoy en Cuba, filmo en español, si estoy en los EE.UU, en inglés, o si estoy en Francia, en francés. En ese sentido me considero un ciudadano del mundo, pues sé que mis películas jamás serán víctimas de la globalización.
No se hasta que punto sea cierto, pero me impulsó a decir que nacer y crecer en Cuba es un gran entrenamiento para vivir en otro país. Tengo entendido que el exilio resulta un bloqueo creativo para muchos artistas cubanos, pero en realidad no puedo comprender el fenómeno si no lo experimento en mi propia carne. Pero puedo afirmar que Cuba ha sido la mejor escuela para aprender a hacer mucho con nada en cualquier parte.
Y me siento extremadamente satisfecho de que mi primer largometraje “Red Cockroaches” (Cucarachas Rojas) siga obteniendo premios y reconocimientos por todo el mundo. Me ha dado fuerza para continuar en la dirección que siempre quise, sin rendirle cuentas a nadie. Hice una película por $2000 dólares, con total control creativo que acaba de obtener distribución en los Estados Unidos y Canadá (por ahora). Puedo darme el lujo de decir que no a productores e inversionistas cuando quieren hacer mi película “más vendible”.
Ahora sé que aunque pequeño, siempre tendré un público universal, de diversas latitudes. Estoy abogando por convertir al cine en un arte individual, de acercar a un realizador al poder total sin depender en recursos, como entre escritor y pluma, o mejor dicho la computadora, pues ahí esta la respuesta si la sabemos utilizar: la tecnología puede convertirnos en el hombre del renacimiento.
Por otro lado, vivimos en una época donde los realizadores se autocensuran para no ofender determinado público, o para que sus películas sean “más asequibles” a una audiencia general. El cine independiente ha desaparecido como un cine de ideas. Gracias a la tecnología digital casi todos pueden hacer películas. El problema es que muchos no son cineastas, otros son talentosos comerciantes sin nada que decir. ¿Dónde están el Bergman, el Tarkovsky, el Antonioni, el Godard del siglo 21? Hay equivalentes, pero falta el sentido de riesgo; el miedo al fracaso comercial está siempre presente.
¿Como es posible que el lenguaje cinematográfico haya involucionado tanto? Todo lo que entendemos por “modernidad” es cuando un realizador tiene la estética del video clip. Estamos en medio de una crisis seria del cine como un arte intelectual. Hemos involucionado. Los constantes aportes al lenguaje cinematográfico durante los años 60 y 70 se han simplificado para tratar de enganchar a un público con déficit de atención. Esto sucede en el mundo entero. Cierto es que todo parece estar inventado, pero siempre hay nuevas alternativas, mientras uno no se autocensure o se preocupe por el público.
MIGUEL COYULA (n. La Habana, 1977). Graduado de la Especialidad de Dirección en la Escuela Internacional de Cine y Televisión (EICTV), San Antonio de los Baños, Cuba. Gracias a su tesis de graduación le fue otorgada una beca en el Lee Strasberg Theatre Institute (New York) donde estudió por un año. Ha participado y obtenido mas de 50 premios en numerosos festivales nacionales con sus cortometrajes y ahora internacionalmente con su primer largo: “Red Cockroaches/ Cucarachas Rojas”, descrito por Variety como “Un triunfo de la tecnología en las manos de un visionario”. En la actualidad realiza “Memorias del Desarrollo”, basada en la nueva novela de Edmundo Desnoes. Vive en estos momentos en Nueva York.
Publicado el marzo 6, 2007 en CINEASTAS EN LA DIÁSPORA. Añade a favoritos el enlace permanente. Dejar un comentario.
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